ADMINISTRAR EL DESCONTENTO
El Gobierno de José Antonio Kast descubrió en sólo 115 días una verdad elemental de la política: ganar una elección no convierte a nadie en estadista. A veces sólo convierte un eslogan en Presidente.
La derecha celebró el triunfo como si hubiese llegado Winston Churchill en un tanque a rescatar Occidente de las garras del marxismo leninismo vegano interseccional. El problema es que, una vez apagados los cánticos, apareció la realidad. Y la realidad tiene la desagradable costumbre de no leer Twitter ni escuchar podcasts libertarios.
Kast prometió orden, crecimiento, autoridad y eficiencia. Cuatro meses después, el país parece una pyme administrada por YouTubers que confundieron gobernar con comentar indignados frente a una cámara.
Las cifras son brutales.
La aprobación presidencial cayó al 35% y la desaprobación supera el 54%. El problema no es sólo la caída. Es la velocidad del derrumbe. Ni siquiera Sebastián Piñera, experto mundial en autodestruir capital político, logró deteriorarse con semejante eficiencia en tan poco tiempo.
El Gobierno prometió crecimiento y entregó IMACEC negativos, desempleo al alza, caída del consumo y una ciudadanía cada vez más angustiada por la economía. Resulta conmovedor escuchar al Presidente descubrir ahora que Chile tiene “una enfermedad económica”. Lo fascinante es que llegaron prometiendo la cura definitiva y terminaron enfermando a un paciente que estaba sano.
Mientras tanto, el ministro de Hacienda insiste con la soberbia del converso iluminado. Jorge Quiroz parece convencido de que la economía funciona igual que una planilla Excel presentada en un seminario empresarial. El problema es que los países no son powerpoints y la gente no come gráficos de barras.
Pero el deterioro no se explica sólo por la economía. Existe un problema más grave: la sensación de amateurismo permanente. El Gobierno transmite la imagen de un grupo que pasó años diciendo “cómo hacerlo” y descubrió demasiado tarde que administrar un Estado exige algo más complejo que slogans, moralina y TikToks de seguridad ciudadana.
Ahí está Trinidad Steinert, la exministra de Seguridad que logró la hazaña de durar apenas 69 días antes de terminar cuestionada por exceder sus atribuciones. O el desfile de seremis renunciados, cuestionados o expulsados por corrupción, improvisación o positivos en test de drogas. Porque el Gobierno que venía a restaurar los valores terminó funcionando como casting rechazado de reality político.
Y qué decir de las vocerías.
El Ejecutivo parece haber descubierto una innovadora estrategia comunicacional: esconder ministros para evitar que hablen. Cada aparición pública se convierte en una ruleta rusa intelectual donde nadie sabe qué frase absurda saldrá disparada.
Kast insiste en culpar al gobierno anterior con la perseverancia de un alumno mediocre que en julio todavía explica sus malas notas por culpa del profesor del semestre pasado. La excusa ya no sólo está agotada; empieza a ser humillante. Porque gobernar no consiste en administrar resentimientos.
Y allí radica el problema. El país ya sospecha algo incómodo: que detrás de la retórica de firmeza no había capacidad técnica, ni plan, ni experiencia ni liderazgo real. Había marketing político, furia identitaria y una extraordinaria habilidad para explotar el miedo.
Pero el miedo tiene fecha de vencimiento. Sobre todo cuando el supermercado sigue subiendo, el empleo desaparece y la épica anticomunista no paga cuentas.
La ciudadanía puede tolerar promesas incumplidas, frases vacías y cinismo. Lo que no tolera es que la traten de idiota. Y si este gobierno ha pecado diariamente en estos 115 días, es precisamente de eso.
Por ello el 35% actual no parece piso: parece escala. Porque cuando incluso parte de quienes compraron el relato empiezan a bajarse del tren, lo que queda ya no es adhesión política. Es militancia religiosa.
Y ningún gobierno sobrevive demasiado tiempo gobernando sólo para fanáticos.
@MisColumnas
#AquíSeDebateCNN | Enrique Bassaletti, diputado Republicano, por el momento económico: "Estamos frente a una crisis que parte hace 41 meses atrás (...) Estamos frente a una recesión técnica"
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Con la diputada @javimoralesalva oficiamos al @MinjuDDHH para que explique el cierre de la unidad especializada en adopciones ilegales, porque mientras se repite que "los niños son primero", se desmantela una instancia clave para verdad, justicia y el reencuentro de familias.
Lo correcto es correcto aquí y en la Quebrada del Ají. Esta acusación constitucional es justa, y que usted esté en contra solo reafirma por qué la gente está cansada de la cocina política, de los cobardes y de los amarillos. Basta de cálculos. Y, por último, quédese en Chile y defienda su postura votando, no desde la distancia.
Llegué a un trabajo nuevo en marzo. Mi jefe me pidió que le presentara un plan y le dije que no tenía por culpa del weon que estaba antes. Me pidió aumentar las ventas pero le dije que imposible por culpa del weon anterior. Y así. Cuatro años. Empleado del mes.
La verdadera pregunta no es si Chile necesita crecer. La verdadera pregunta es: ¿cuántos meses más pueden esperar las casi 1 millón de personas que hoy buscan trabajo?. La emergencia laboral no admite más excusas. Es hora de poner el empleo en el centro de las decisiones.
Camilo Ignacio Espinoza González. Se te quedó tu carnet en la banca. Me imagino que sabes en qué banca estuviste sentado…a ver si más RRSS hacen lo suyo y lo encuentras
PERDER LOS ESTRIBOS
Cuando el jinete cae antes que el caballo. No por el corcoveo del corcel, sino, porque nunca aprendió a galopar.
Hay expresiones que sobreviven a los siglos porque contienen una verdad anatómica. “Perder los estribos” es una de ellas. No nació en un diván ni en un manual de autocontrol emocional: nació arriba de un caballo. Y eso ya dice bastante sobre nuestra especie.
El estribo era —y sigue siendo— ese aro donde el jinete afirmaba el pie para sostenerse en la montura. Sin estribos, el caballero perdía equilibrio, elegancia y dominio. Bastaba un movimiento brusco del animal para que el hombre, tan convencido de su autoridad sobre la bestia, terminara besando el barro con dignidad medieval. De allí el dicho: perder los estribos era literalmente descomponerse, salir despedido del control, dejar que el cuerpo revelara la fragilidad que el uniforme escondía.
Con los siglos, el caballo desapareció de la política, pero no el jinete.
Hoy ya no vemos monarcas entrando a la ciudad sobre corceles nerviosos. Vemos candidatos en matinales, presidentes en streaming y líderes que confunden autoridad con volumen. Pero el viejo problema ecuestre permanece intacto: el poder exige equilibrio. Y nada desnuda más a un gobernante que el instante exacto en que pierde los estribos.
Porque la ira no es solamente enojo. La ira es una confesión. Es el segundo en que el poder admite que no puede gobernarse ni a sí mismo. Y eso, en política, suele ser más grave que equivocarse.
La psicología moderna lo describe con elegancia clínica: secuestro emocional. La amígdala cerebral toma el mando, la razón queda suspendida y el individuo reacciona como un mamífero sitiado. Traducido al castellano cotidiano: el adulto interior abandona la sala y deja a cargo al niño caprichoso. El problema comienza cuando ese niño caprichoso tiene acceso al aparato del Estado.
José Antonio Kast perdió los estribos frente a un niño y su madre. Y hay algo particularmente revelador en eso. No frente a una guerra. No frente a una crisis económica. Frente a un niño. Un gobernante —o alguien que aspira a serlo— debería comprender que la infancia posee un privilegio devastador: expone el carácter de los adultos sin necesidad de discursos. Los niños son espejos crueles. Hacen preguntas simples que dejan en evidencia respuestas complejas. Y algunos líderes toleran mejor una investigación judicial que la espontaneidad de un menor.
Cuando un político se irrita ante un niño, uno no ve fortaleza: ve fragilidad. Es el emperador romano perdiendo una batalla contra un gorrión.
Pero además hay algo profundamente simbólico en perder los estribos frente a la infancia. Porque gobernar consiste, en el fondo, en administrar vulnerabilidades. Un país es una enorme colección de fragilidades humanas: enfermos, ancianos, desempleados, familias endeudadas y niños. Si la paciencia se rompe frente al más indefenso de los interlocutores, ¿qué queda para el resto?
Los antiguos manuales de caballería enseñaban que un buen jinete jamás debía castigar al caballo en público. No por bondad, sino por autoridad: quien se enfurece demasiado revela que ya perdió el control. La furia siempre delata impotencia.
Quizá por eso los grandes líderes de la historia tenían algo de actores consumados. Mandela sonreía donde otros habrían buscado venganza. Aylwin hablaba despacio incluso en la tensión. Sabían que el poder no consiste en gritar más fuerte, sino en resistir la tentación de hacerlo.
Perder los estribos es, finalmente, perder la vertical moral. El caballo cambió por cámaras, micrófonos y críticas. Pero el barro sigue esperando abajo, y Kast tiene una tendencia a revolcarse en su propio fango…y en público, porque al final, queda claro que el jinete no sabe cabalgar.
@MisColumnas
Renunció Manuel Adorni el jefe de gabinete de Milei. Antes de llegar al gobierno no tenía un peso. A los dos años en el gobierno tenía varias propiedades y una vida de millonario inexplicable. Hizo una carta de renuncia pública en la que se victimiza y adula a Milei.