La transición energética, tal como se ha impuesto en Europa, ha sido una de las mayores operaciones de capitulación industrial de la historia reciente. No porque aspirar a producir de forma más limpia sea un error —eso ya lo buscaba cualquier industria seria por eficiencia, innovación y competitividad—, sino porque se convirtió una evolución tecnológica en un mandato ideológico rígido, acelerado y llamativamente asimétrico. Europa decidió penalizar su propia base productiva antes de tener un modelo alternativo real y, sobre todo, viable. Europa, con la transición energética, encareció la energía, demonizó sectores enteros, impuso objetivos políticos inalcanzables para la tecnológica disponible y forzó a su industria a competir con una mano atada a la espalda. China hizo exactamente lo contrario: aseguró materias primas, subvencionó masivamente sus empresas, dominó la cadena de baterías, protegió su mercado y esperó a que Bruselas hiciera el resto del trabajo. Pekín no tuvo que destruir la industria europea; bastó con que la transición energética planificada en Bruselas convirtiera virtud en rendición.
El automóvil es el ejemplo perfecto. Europa tenía ingeniería, marcas, proveedores, fábricas, empleo cualificado y décadas de ventaja. Pero al prohibir de facto el horizonte del motor de combustión sin garantizar autonomía tecnológica, baterías propias ni materias primas, entregó buena parte del futuro industrial a quien ya controlaba todo eso. Se presentó como una revolución verde, pero en la práctica ha funcionado como un plan de transferencia de poder industrial. Lo que debería llamar la atención de cualquier analista es que esta política ha sido irracional para Europa, pero extraordinariamente racional para otros intereses. Para China, ha sido un regalo estratégico. Para determinadas élites burocráticas, un mecanismo de control. Y para algunos fondos y grandes grupos, un suculento negocio de capital subvencionado. El ciudadano, mientras tanto, descubre que la épica climática desemboca en fábricas cerradas, empleos perdidos, coches más caros y una dependencia mayor de la potencia que debía ser solo un proveedor. ¿Traición? No lo descarto. Pero de lo que no hay duda es que hemos sido víctimas de un plan de sumisión total con etiqueta ecológica.
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La maquinaria cultural y mediática ha sido un factor clave. Durante décadas, buena parte del ecosistema intelectual y periodístico español ha etiquetado la crítica a la izquierda de moralmente sospechosa. Esa maquinaria no solo ha proporcionado argumentos políticos al votante socialista; le ha otorgado honorabilidad. Le ha dicho que está del lado correcto de la historia, que defiende los derechos, que protege a las minorías, que combate el fascismo, que encarna la convivencia, que es europeo, moderno, tolerante y progresista. Y que, aunque vote a un partido que hiede a corrupción, su identidad moralmente superior le exonera de los costes de su elección 👇
No lo llaméis fábrica. Llamadlo factoría de ensamblaje. Ahí nose fabricará nada. Se ensamblarán coches despiezados. Las piezas ya fabricadas en China llegan en cajas. Apretar tornillos no es fabricar. Los medios están para informar no para reproducir propaganda
Creo que empieza a ser el momento para que la @CasaReal active de forma firme y visible su función moderadora y de arbitraje respecto al “funcionamiento regular de las instituciones”, según le habilita el Artículo 56.1 de la Constitución de 1978.
El golpe de los secesionistas catalanes parece poca cosa comparado con la venezolización que Sánchez y su banda nos estaban preparando.
Creo que a la monarquía en general (y a Felipe VI en particular) no le vendría mal mostrar que la Jefatura del Estado no es un ministerio más del golfo que nos pretendía sojuzgar.
El día que Estados Unidos entró a Venezuela a capturar a Maduro, cientos de políticos españoles ponían su grito al cielo diciendo que era para “robarse el petróleo”.
Al final, quien realmente se lo estaba robando era Zapatero.
Cómo destruir un país en 8 años: nos conviene que haya tensión.
Durante 8 años, la consigna del sanchismo ha sido dividir y vencer. Crear un clima de polarización extrema en el que cada persona desconfíe de su vecino, en el que uno no se atreva a expresar sus opiniones en voz alta cuando va al frutero o al veterinario, no sea que se encuentre con alguien radicalizado.
Un clima en el que hay gente que ha dejado de ir a las cenas de Navidad con su familia, otra que ha dejado de hablar con amigos de toda la vida y otros que incluso han llegado a cambiarse de barrio porque allí los habían señalado.
No ha sido casualidad. Ha sido una estrategia de ingeniería social muy bien planificada, siguiendo las consignas de lo que algunos llaman “la hoja de ruta bolivariana”.
El programa ideológico, político y socioeconómico de la Revolución Bolivariana en Venezuela. Un proceso planificado de transformación estatal y cultural para sustituir la democracia representativa liberal por un modelo de populismo.
Un rediseño institucional y del Estado, una alteración deliberada de las estructuras de poder y de las instituciones tradicionales
Desde la perspectiva sociológica, el proceso se centra en la reeducación cultural, la creación de una nueva identidad colectiva y la modificación de los hábitos sociales. La eliminación de los valores tradicionales sustituyéndolos por el populismo, para reescribir la narrativa histórica y social.
En términos académicos, esta ruta se estudia como un esfuerzo de ingeniería social que utiliza el aparato estatal como herramienta de cambio cambio a peor, donde El Relato ™️ ideológico opera como principales motor de la transformación.
El mecanismo ha sido lento y concienzudo.
Han enfrentado a autónomos contra funcionarios. Han ido a machacar al autónomo de forma consciente y metódica para acabar con nosotros.
Han destrozado el movimiento feminista, que en 2020 llegó a convocar a dos millones de personas en Madrid. El pasado8M hubo dos manifestaciones separadas y ninguna llegó a los 50.000 asistentes.
Te han hecho creer que, si heredaste un piso de tu tía en Carabanchel, eres un malvado especulador, mientras ellos tenían diez inmuebles de medio millón de euros cada uno.
Nos han sangrado a impuestos mientras ellos organizaban grandes tramas de evasión fiscal.
Han arruinado conscientemente a los agricultores. Han destrozado el campo.
Han creado conflictos en los barrios al permitir una inmigración masiva y descontrolada, y al enfrentarla deliberadamente con la población arraigada allí, concediendo privilegios a los recién llegados, prebendas que se niegan a quienes llevaban generaciones viviendo en esos lugares.
Han abrazado a lo peor del islamismo radical. Te han hecho creer que, si te opones a una ideología misógina y destructiva, eres un fascista.
Han lanzado a sus hordas contra cualquiera que osara no balar al ritmo del rebaño y disentir. Advertir, aunque fuera en voz baja, de que el emperador estaba desnudo te costaba la muerte civil.
Han perseguido a policías y jueces. Han hecho creer a las nuevas generaciones que los jueces son fascistas con toga y personas peligrosas.
Han acabado con el periodismo para sustituirlo por una maquinaria de propaganda perfectamente engrasada. Han cambiado la realidad por la hiperrealidad y la verdad por el relato.
Todo para sacar dinero y entregárselo a la Internacional del odio: los gobiernos chino, ruso, iraní, cubano y venezolano.
Entre tanto, han destruido la sanidad, la educación y los transportes. Te decían que tus impuestos servían para la sanidad y la educación, y acababan destinados a señoritas de compañía, sustancias estupefacientes, chalés en la playa, joyas horteras y delirios varios.
Pero todo seguía un plan. Un plan meticulosamente trazado y organizado. El mismo plan que se siguió, por ejemplo, en Venezuela y Argentina
Y todo utilizando el neuromarketing y la ingeniería social.
Está todo contado en mi libro Patocracia, si te interesa saber más.
Si el juez Pedraz se entera de que si le da acceso al registro mercantil a @JaimeObregon y una lista de DNIs, en 48h tiene toda la información que necesita pedir a todos los bancos.
@BenegasJ No lo vi de primera mano, pero por lo que me contó alguien, algo así pasó con el desmantelamiento de la industria metalúrgica en el País Vasco!
La gran tragedia europea quizá no sea haber perdido su industria (hoy vampirizada por China a velocidad de vértigo), sino haber contribuido a desmontarla mediante la transición energética mientras China, la inductora entre bambalinas, se preparaba para heredar.
@FrankBr05713205 We all, in my high school nerd group, learned to use them while the first basic electronic calculators were becoming common, it was quite a drill and you became fast with mental calculation!