Una cámara instalada en la azotea de un edificio en Lima captó a una gata gris extremadamente delgada, tanto que se le marcaban las costillas.
Llevaba horas inmóvil, recostada de lado sobre el concreto.
A las ocho de la mañana, un cuervo se posó en el borde del techo con un pedazo de pan en el pico.
Los cuervos no suelen compartir su comida ni alimentar a otros animales. Según lo que saben los biólogos, lo normal habría sido que se comiera el pan y se marchara.
Pero el cuervo caminó hasta la gata, dejó el pan frente a su nariz y retrocedió un par de pasos. Permaneció allí, con la cabeza inclinada, hasta que la gata levantó el hocico y empezó a comer.
Siete minutos después, el cuervo regresó con otro pedazo de pan.
La cámara registró que hizo el mismo recorrido cuatro veces en una sola hora, trayendo pan desde un lugar desconocido, mientras la gata comía lentamente, con la cabeza todavía apoyada en el suelo porque no tenía fuerzas para ponerse de pie.
Al día siguiente, un vecino revisó la grabación y subió a buscar a la gata.
La encontró sentada en el borde de la azotea, mirando al cielo. El cuervo estaba a unos cincuenta centímetros de ella, como si ambos esperaran algo que solo ellos conocían.
La gata fue rescatada y ahora recibe tratamiento en una clínica veterinaria.
Sin embargo, el cuervo sigue apareciendo cada mañana, puntualmente a las ocho, con un pedazo de pan...
Solo que ya no tiene a quién entregárselo.