Me encanta la idea del amor. Pero no de ese que se presume en redes, ni del que se mide por regalos caros o por una foto en destacados. Me enamora ese amor que no tiene ojos para nadie más, que encuentra tiempo para ti incluso en los días más ocupados, que te regala flores porque sí, que celebra tus logros como si fueran suyos y que puede pasar horas contigo hablando de cualquier cosa hasta olvidar la hora.
Ese es el amor en el que nunca he dejado de creer
Hay un lenguaje del amor que muchas veces pasa desapercibido: la consideración.
Es esa persona que piensa en cómo te sentirás antes de tomar una decisión, que cuida los detalles y busca hacerte el camino un poco más fácil. Porque, al final, es en esos pequeños gestos donde realmente se nota cuánto le importas.
Creo firmemente que el amor también es una decisión. Enamorarse puede ser involuntario; permanecer, no. Hay una elección consciente en acompañar a alguien, hacerle lugar en tu vida y seguir construyendo incluso cuando las cosas se complican.
Se nota muchísimo cuando alguien quiere tenerte en su vida y cuando no. Y yo me juré no volver a tener a mi lado a gente a la cual le da igual que yo esté o no en sus vidas. Ya pasé demasiado tiempo sintiéndome poco valorada y no permitiré lo mismo, aunque tomar distancia no siempre sea fácil.
Qué hermosa sensación es abrir un regalo y descubrir que es justo eso que mencionaste alguna vez, casi sin pensarlo, y sentir que alguien te escuchó, te recordó y quiso verte feliz con ese detalle.