Montesquieu lo dijo hace 276 años y nadie lo quiso escuchar: el problema del poder no se resuelve poniendo al hombre correcto en el lugar correcto. Se resuelve construyendo instituciones que hagan costoso el abuso, sin importar quién gobierne. La separación de poderes no es un capricho liberal ni un invento gringo, es la única arquitectura que le pone fricción al autoritarismo antes de que sea demasiado tarde.
Lo que estamos viendo hoy en México tiene nombre y tiene diagnóstico: destrucción sistemática de los cuerpos intermedios. INE capturado, poder judicial reconfigurado a modo, organismos autónomos liquidados, parlamento convertido en espectáculo. Eso no es transformación, eso es exactamente lo que Montesquieu describió como el camino al despotismo. Y lo más peligroso no es el abuso en sí: es que viene envuelto en votos, en mayorías, en el lenguaje de la democracia.
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