No mires al cielo
como algo ajeno
a la tierra,
ni tú te sitúes fuera
de ello,
pues en el horizonte
donde resplandece
el fuego,
se cuecen todos
los espacios,
todos los tiempos...
Desde los lagos de su impotencia, corrían lentas las lágrimas hasta el mismo borde de sus pómulos. Nunca las dejaba caer, se las enjugaba con el dorso de la mano que luego lamía para no olvidar por qué lloraba.