si Andrés se estuviera debatiendo entre la vida y la muerte ante sus ojos, Martín ya los habría matado a todos para asegurarse de que lo atendía un cirujano.
–¿Qué vida?– preguntó Martín con una nota dolida en la voz. – ¿La de tu hermano moribundo, al que, si no se pone el tratamiento, le quedan tres años a lo sumo? ¿O la mía, la que destrozaste recién al arrancarme mi otra mitad? ¿Eh?
Martín tenía tantas ganas de estar allí como de que llegase el día de la boda, pero, una vez más, por hacer feliz a Andrés, estaba dispuesto a bajar al infierno y volver a subir cien veces si era lo que su amigo demandaba de él.
“Porque llevas, ¿cuánto? ¿Diez años, enamorado de Berlín? Y no te has atrevido a abrir la boca. Claro, lo has endiosado, le has seguido como si fueses un perrillo. Pero nada más. ¿Y ahora, qué? Agora ya nada es posible. Está muerto. Y tú estás vacío.”