Mereces a alguien emocionalmente disponible, que sepa comunicarse, que no desaparezca, que te cuente lo que hace, que se disculpe si tarda en responder y que nunca te deje adivinando cuál es tu lugar en su vida.
Una de las cosas que más valoro es la comunicación clara y sincera. Si estás ocupado, dímelo. Si necesitas espacio, lo voy a respetar. Pero no me dejes adivinando ni intentando interpretar silencios. Prefiero una verdad que incomode antes que una incertidumbre que me robe la paz.
Mi peor versión no aparece cuando me enojo, sino cuando dejo de ser yo: cuando pierdo las ganas de hablar, de hacer bromas, de hacer mis ocurrencias, de reírme por cualquier cosa y hasta de tener esos pequeños gestos de cariño.
Ahí es cuando algo dentro de mí realmente cambió.
A veces lo más sano es dejar de insistir en personas que no muestran el mismo interés, no porque hayan dejado de importarte, sino porque también tienes que aprender a elegirte cuando a ellos ya no les importa.
Tengo muy claro que soy reemplazable en la vida de los demás, pero también sé que ni en mil vidas encontrarán a alguien con un corazón tan genuino y puro como el mío.
Les juro que el amor sano nunca te pone en competencia. Nunca te hace sentir reemplazable. Te hace sentir única, suficiente, valiosa. Si alguien te quiere, no te esconde, no te posterga, no te trata como opción. Te muestra, te celebra, te hace parte de sus planes.