“Reza, ten fe y no te preocupes. La preocupación es inútil. Dios es misericordioso y escuchará tu oración... La oración es la mejor arma que tenemos; es la llave al corazón de Dios." (San Padre Pío) https://t.co/aaSdyLbBMX
“Ama y haz lo que quieras”. Esta frase pertenece a San Agustín.
A primera vista puede sonar casi peligrosa. Pero Agustín habla de la caridad verdadera, no del capricho. Cuando el amor está ordenado a Dios, también ordena la voluntad.
Por eso añade que, si callas, calles por amor; si corriges, corrijas por amor; si perdonas, perdones por amor.
La cuestión no es hacer “lo que apetece”, sino dejar que la raíz de los actos sea la caridad. Porque de una raíz mala salen obras torcidas, aunque parezcan buenas. Y de una raíz verdaderamente cristiana no puede nacer desprecio, soberbia o mentira.
El cristiano no se santifica solo haciendo cosas correctas por fuera. Necesita que Dios purifique el amor desde dentro.
“Ama y haz lo que quieras.”
Pero ama de verdad.
Jesucristo antes de curar a alguien le preguntaba si quería ser sanado.
Porque sanar implica cambiar y no todos estamos dispuestos a soltar aquello que nos enferma.
Admiro al hombre que deja su marca en el mundo. Que busca cambiarlo para mejor. Que camina por propósito y misión, no por poder, dinero o fama, aunque a veces terminan siendo consecuencias de las buenas acciones.
Pero un hombre que no camine con Dios, por más exitoso que sea, sigue siendo un hombre vacío con el que difícilmente me conectaría.
Porque la admiración de una mujer nace de aquello que más valoramos, y para mí siempre será la misión.
Cada día entiendo menos el atractivo que ve la mayoría de la gente en el mundo. Es todo tan volátil e insulso... denota una grandísima carencia espiritual e intelectual, que no hace más que aumentar.
“No hay que ir por el mundo como pidiendo disculpas por haber nacido, sino con la cabeza alta y mirando a todos de frente.
La felicidad se alcanza cuando lo que se piensa, lo que se dice y lo que se hace están en armonía”.
— San Josemaría Escrivá
Los antiguos desconfiaban de una tendencia muy humana: confundir intensidad con profundidad.
Hay conversaciones intensas que no dejan huella.
Y conversaciones tranquilas que transforman nuestra manera de entender la vida.
Hay relaciones apasionadas que duran meses.
Y afectos discretos que permanecen durante décadas.
Quizá no todo lo valioso necesita manifestarse con fuerza.