Su legado ya es memoria.
Hablaron sus hijas. Hablaron sus hijos. Llegó el agua bendita para la despedida. También hubo fila para comulgar.
Mientras retiraban las flores, el Presidente Boric se acercó a abrazar a Gaby, a los hijos, a las hijas, a toda la familia.
Gracias a Leonardo conocimos el mensaje de las últimas palabras de un presidente mártir. Tenía que venir otro presidente a rendirle homenaje en su despedida. Fue un momento hermoso.
En medio de la misa no podía sacar fotografías, pero ese abrazo a Gaby merecía quedar registrado.
Quise poner frases textuales de lo que había grabado, tampoco escuchaba para contarlo ahora no era yo, era la acústica.
Afuera continuaron los abrazos. Los que llegaban más tarde saludaban a los primeros. Muchos aprovechaban para ponerse al día. Cada grupo tenía sus propias historias.
Supe que a algunas colegas les había llamado la atención un hombre que no reconocían. Encargaron la investigación a una de ellas, que reporteara. Resultó ser un colega que vistió uniforme, llegó a ser coronel de Carabineros. Así de transversal fue la despedida de Leonardo.
El féretro esperaba en un coche fúnebre blanco. Me acerqué a tocarlo por última vez.
Ya no estaba el Súper 8.
Por esas tonteras que hace uno, Me incliné y le dije bajito:
- Saludos a mi hermano Sergio, que ayer estuvo de cumpleaños.
La botella de whisky que lleva en su ataúd, estaba casi a la mitad. No estaba previsto. Él no lo había pedido. Fue uno de esos gestos que nacen de improviso. Aún quedaba suficiente para acompañarlo en el camino y la dejaron junto a él.
Buen viaje, Flaco.
Y salud por eso.
Porque tu vida ya es ejemplo. Y tu memoria, una lección para todos los que seguimos contando historias. Te debemos tanto. La tuya fue toda una vida.
FALLECIÓ el periodista Leonardo Cáceres. Se inscribe en los anales del periodismo en Chile 🇨🇱. Fue director de prensa de canal 13 de la Universidad Católica y de Radio Magallanes. Casado con la periodista Gabriela Meza. Titulados en la Universidad de Chile.
https://t.co/yEogAR6x7g
Ha fallecido uno de los periodistas históricos . Van quedando menos de aquellos profesionales que vivieron y narraron momentos decisivos de nuestra historia. Nos deja, Leonardo Cáceres, su trayectoria forma parte de la memoria del periodismo nacional.
Fue el primer jefe de prensa de Canal 13 de la Universidad Católica. Trabajó en varias radios, desde Radio Magallanes, estuvo al aire en uno de los momentos más dramáticos de nuestra historia: el golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973. Desde esa emisora transmitió las últimas palabras del presidente Salvador Allende, dejando un testimonio imborrable para Chile y el mundo.
Luego vino el exilio en Moscú. Desde allí, su voz volvió a cruzar fronteras a través del emblemático programa “Escucha Chile”, que acompañó e informó a miles de compatriotas durante los años más difíciles. Con él se va una legado pero nos deja su historia. Grande Leonardo Cáceres…
Ha fallecido uno de los periodistas históricos . Van quedando menos de aquellos profesionales que vivieron y narraron momentos decisivos de nuestra historia. Nos deja, Leonardo Cáceres, su trayectoria forma parte de la memoria del periodismo nacional.
Fue el primer jefe de prensa de Canal 13 de la Universidad Católica. Trabajó en varias radios, desde Radio Magallanes, estuvo al aire en uno de los momentos más dramáticos de nuestra historia: el golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973. Desde esa emisora transmitió las últimas palabras del presidente Salvador Allende, dejando un testimonio imborrable para Chile y el mundo.
Luego vino el exilio en Moscú. Desde allí, su voz volvió a cruzar fronteras a través del emblemático programa “Escucha Chile”, que acompañó e informó a miles de compatriotas durante los años más difíciles. Con él se va una legado pero nos deja su historia. Grande Leonardo Cáceres…
CARTA ABIERTA AL PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA.
José Antonio Kast @PresidenteKast
Señor Presidente:
Hay frases que revelan una política. Otras, una ideología. Y algunas, simplemente, una limitación intelectual. Su comentario respecto de la investigación científica —esa caricatura donde un estudio termina apenas en “un libro precioso empastado en una biblioteca”, y que por cierto, según sus palabras, “no genera ningún trabajo”— pertenece, lamentablemente, a esta última categoría.
No porque usted carezca de inteligencia práctica. Sería absurdo afirmarlo de alguien que llegó a La Moneda. Pero sí porque evidencia una comprensión peligrosamente rudimentaria sobre cómo se construye la civilización.
Es curioso. Usted parece exigirle a la ciencia el mismo rendimiento inmediato que un comerciante exige a una caja registradora. Como si el conocimiento debiera justificar su existencia mostrando utilidades trimestrales, contrataciones inmediatas o dividendos visibles antes del cierre contable. Bajo ese criterio, Sócrates habría sido un pésimo proyecto de inversión. Platón, un gasto inútil. Einstein, un académico improductivo jugando con ecuaciones sin retorno laboral observable. Y probablemente Newton habría tenido dificultades para pasar por Hacienda mientras perdía el tiempo debajo de un árbol mirando caer manzanas. Que decir de Kepler, cuyas leyes no dieron trabajo a nadie más allá de enseñarlas por cientos de años y ayudar a mirar el cosmos con mayor precisión.
La ironía es magnífica: usted gobierna un país cuya economía depende, precisamente, de siglos de investigación “inútil”. Desde la electricidad hasta internet; desde la resonancia magnética hasta el GPS; desde los satélites hasta la inteligencia artificial. Nada de eso nació porque un ministro preguntó cuántos empleos generaría en los próximos seis meses. Nació porque alguien tuvo curiosidad. Porque hubo Estados capaces de financiar ideas cuya rentabilidad era invisible para las mentes pequeñas y evidente para la historia.
Reducir la ciencia a empleabilidad inmediata es como evaluar una biblioteca por el peso de sus libros o medir el valor de una sinfonía según la cantidad de estacionamientos ocupados en el teatro. Es la lógica del utilitarismo miope: esa incapacidad de comprender aquello cuyo valor no cabe en una planilla Excel.
Y sin embargo, Chile invierte apenas un 0,4% del PIB en ciencia. Menos que el promedio de la OCDE, e infinitamente menos que las economías que tanto admiramos y copiamos. Somos un país que exporta cobre, desde hace más de 200 años, pero que pretende competir en el siglo XXI cuestionando precisamente aquello que podría sacarnos del subdesarrollo intelectual y productivo.
Hay algo particularmente inquietante en su discurso: la sospecha permanente hacia el pensamiento. Esa incomodidad frente al conocimiento que no puede transformarse inmediatamente en negocio. Como si la filosofía, la astronomía, la sociología o la física teórica fueran caprichos elitistas y no los cimientos mismos de la modernidad.
Resulta fascinante escuchar a un presidente preguntarse cuántos trabajos produjo un libro. El Quijote no produjo empleos inmediatos. Tampoco “La República” de Platón. Ni la teoría de la relatividad. Pero cambiaron la forma en que la humanidad piensa, organiza el poder, comprende el universo y desarrolla tecnología. Afortunadamente, la historia nunca ha dependido exclusivamente de la imaginación de los gerentes.
Quizás el problema de fondo no sea económico, sino cultural. Hay líderes que entienden que gobernar también consiste en elevar el horizonte intelectual de un país. Y hay otros que sólo saben administrar ansiedad presupuestaria disfrazándola de sentido común.
Porque sí, Presidente: el conocimiento muchas veces parece inútil… justo antes de cambiar el mundo.
Y la ignorancia, en cambio, suele parecer muy práctica… justo antes de empobrecerlo todo.
Atte., un ciudadano convencido que el conocimiento es la base del desarrollo. @MisColumnas
CARTA ABIERTA A LA MINISTRA DE CIENCIA Y TECNOLOGÍA.
Ximena Lincolao. @Ximenatech
Señora Ministra:
Resulta fascinante —en un sentido casi antropológico— leer su entrevista y su afirmación de que la violencia estudiantil “no la ha visto usted en Estados Unidos ni en otras partes del mundo”. Fascinante, porque obliga a preguntarse si estamos ante una declaración de desconocimiento, de negación… o de simple descuido intelectual.
Estados Unidos, precisamente el país en el que usted ha vivido, no sólo ha visto violencia estudiantil: la ha convertido en un fenómeno estadísticamente documentado, recurrente y trágicamente sistemático, como el país del mundo con mayor casos de violencia y asesinatos en establecimientos educacionales de la historia.
Permítame ilustrarlo con algunos hechos, no opiniones.
Entre los años 2000 y 2022, se registraron 1.375 tiroteos en escuelas estadounidenses, con más de 500 muertos y más de 1.100 heridos (USAFacts). Si ampliamos la mirada, desde 1999 —a partir de la masacre de Columbine— se han contabilizado cientos de episodios adicionales, con una tendencia creciente en el tiempo. Sólo entre 2021 y 2023 hubo más de 900 incidentes, el mayor número en cuatro décadas (Reuters).
Pero no se trata sólo de cantidad, sino de brutalidad.
Columbine (1999), donde dos estudiantes asesinaron a 13 personas, marcó un antes y un después. Le siguieron tragedias como Sandy Hook (2012), con 26 víctimas —20 de ellas niños—, Parkland (2018), con 17 muertos, y Uvalde (2022), donde 21 personas fueron asesinadas en una escuela primaria. Estos no son episodios aislados: son hitos de una cadena continua.
A ello se suma una realidad aún más inquietante: la normalización. En 2024 se registraron decenas de tiroteos con víctimas en escuelas, y en algunos años recientes se han contabilizado más de 300 incidentes anuales. En otras palabras, no hablamos de excepciones, sino de una frecuencia que ha obligado a profesores a ensayar simulacros de ataque armado con sus alumnos.
¿No lo ha visto usted?
Es comprensible: a veces la realidad exige no sólo estar en un lugar, sino también observarlo.
Porque la violencia estudiantil en Estados Unidos no se limita a las armas de fuego. Incluye agresiones, apuñalamientos, peleas que escalan a violencia letal y una cultura de seguridad escolar que incorpora detectores de metales, policías armados y protocolos de encierro. Todo esto, en el país que usted menciona como si fuese un oasis.
Por eso su declaración no es simplemente inexacta: es, en términos estrictos, insostenible, y en cierto modo, inaceptable.
Más aún, resulta paradójico que quien ha tenido la oportunidad de conocer esa realidad de primera mano, la describa como inexistente. No es una cuestión de interpretación ideológica, sino de evidencia empírica básica.
Ministra, en política, la ignorancia puede ser un punto de partida. Persistir en ella, en cambio, es una elección.
Quizás la próxima vez que se refiera a la violencia estudiantil —un fenómeno complejo, doloroso y global— convendría hacerlo con algo más que simples impresiones y relatos personales. La realidad, aunque incómoda, tiene la mala costumbre de existir incluso cuando se la niega.
Y en este caso, Ministra, la realidad es abrumadora.
Atentamente,
Un observador que, a diferencia suya, sí ha mirado los datos.
@MisColumnas
LA VERDADERA EMERGENCIA
ES EL LENGUAJE
Gobernar en gerundio, pensar en borrador. Cuando el poder conjuga mal los verbos, la realidad termina mal escrita.
Hay gobiernos que tropiezan en la gestión, otros en la estrategia, algunos en la ética. Este, en cambio, tropieza —y con estrépito— en algo más primario: el lenguaje. Y cuando la palabra falla, no solo se erosiona la forma; se desnuda el fondo.
Desde la irrupción de José Antonio Kast y su cohorte ministerial, hemos asistido a un fenómeno curioso: la progresiva degradación del discurso público. No se trata de una cuestión estética ni de elitismo retórico, como apresuradamente podrían caricaturizar algunos, sino de un problema funcional. Gobernar es, en esencia, comunicar. Y aquí, la comunicación no alcanza siquiera el umbral de lo aceptable.
Lo que en un inicio pudo interpretarse como inexperiencia, hoy se revela como una constante estructural. Ministros con posgrados —al menos en el papel— que balbucean ideas inconexas; subsecretarios que convierten el exordio en un campo minado de muletillas; vocerías que parecen improvisaciones de sobremesa mal iluminada. La pobreza léxica es apenas la superficie de un problema más profundo: la incapacidad de articular pensamiento con claridad.
Porque el lenguaje no es un adorno: es pensamiento en voz alta. Y cuando la sintaxis se desmorona, lo que cae no es sólo la frase, sino la idea misma. Escuchar a ciertas autoridades es asistir a una suerte de naufragio semántico, donde las palabras flotan sin dirección, sin ritmo, sin jerarquía. No hay cadencia, no hay intención, no hay estructura. Sólo ruido.
En columnas anteriores —pienso particularmente en aquella dedicada a la vocera Mara Sedini— ya advertíamos esta tendencia: una retórica que abdica de toda aspiración a la precisión y se refugia en una falsa cercanía, como si la informalidad fuese sinónimo de autenticidad. Pero no lo es. Es, más bien, la coartada de la mediocridad.
El caso del propio presidente Kast no es mejor, un exordio plano, simplón, facilista, un discurso poco elaborado y pobre en su contenido y técnica, en las antípodas de un estadista de verdad. No hay profundidad, no hay precisión ni conocimiento, menos agudeza ni exactitud.
El caso del hoy diputado Orrego es patético, verbaliza mal, no modula y lo peor, no logra salir del mismo lugar común cada vez que habla. Hasta para insultar se requiere cierta lucidez diría el gran Schopenhauer.
El problema no es que hablen “como la gente”. Es que hablan peor que la gente cuando la gente intenta hablar bien. Hay en ello una paradoja inquietante: quienes detentan el poder parecen haber renunciado a la responsabilidad de elevar el estándar del discurso público, optando en cambio por mimetizarse con su versión más precaria.
Se dirá —y con algo de razón— que la gestión importa más que la elocuencia. Pero esta es una falsa dicotomía. La buena gestión necesita ser explicada, defendida, persuadida. Sin lenguaje, no hay política, hay administración muda. Y un gobierno que no sabe decir lo que hace, termina no sabiendo qué hacer.
Lo más preocupante, sin embargo, no es el diagnóstico, sino el pronóstico. No hay señales de corrección. No hay autoconciencia. No hay, siquiera, incomodidad. Se habla mal con la tranquilidad de quien no percibe el error, de quien ha vivido siempre en un ecosistema donde la precariedad lingüística es norma y no excepción.
Así, el problema deja de ser individual y se vuelve cultural. No estamos ante ministros que hablan mal, sino ante una élite que ha naturalizado hablar mal. Y cuando eso ocurre, la política pierde una de sus herramientas más nobles: la palabra como instrumento de construcción común.
En definitiva, este gobierno no solo desafina: ha olvidado que existe una partitura. Y en ese olvido, cada intervención pública se convierte en una disonancia, en un ejercicio involuntario de descomposición. Porque cuando el lenguaje se empobrece, la política no tarda en seguirle el paso.
@MisColumnas
En realidad, este gobierno es bien poco pillo...Se habrían evitado toda esta crisis, si la semana pasada le hubieran comprado miles de barriles de petróleo a España, aprovechando que estaban a €2 euros cada uno.
Hace tiempo no volvía acá, pero vale la pena contarlo:
Me pasó algo lindo q surgió de una situación muy triste.
Había encargado un regalo (impresión 3D) para alguien, pero a los días de hacer el pedido él terminó nuestra relación 💔, así q les escribí para intentar cancelarlo
Chile no se cae a pedazos:
-crecimiento de 3,1% (por sobre las expectativas).
-ventas comercio minorista al alza durante 20 meses.
-Esperanza de vida histórica, por sobre los 81 años.
-Abandono escolar más bajo en 15 años.
-Homicidios a la baja por primera vez en 10 años.
-Chile record en eventos musicales masivos.
Sin duda hay muchos desafíos, pero que no nos engañen. ✌🏼🇨🇱
Mi crítica a la novela "Call Center" de Pilar Arteaga:"Los horarios atroces, los bajos sueldos, la violencia, la falta de expectativas y la repetitividad es lo que está en el centro de esta novela".
https://t.co/WCWG98DV2S