*En clases de español para extranjeros.*
YO: Y díganme, ¿por qué quieren aprender español?
ALUMNA JAPONESA 🇯🇵: Mi empresa requiere que lo aprenda para poder trabajar en las sucursales que tenemos aquí.
YO: Oh, eso suena muy interesante.
ALUMNA ESTADOUNIDENSE 🇺🇸: Porque quiero aprender más de mis raíces. Mis padres son mexicanos que residen en Estados Unidos, pero nunca me enseñaron español para que no sufriera bullying en mi barrio.
YO: Lamento que fuera así, pero al aprender español verás que tus raíces son mucho más interesantes de lo que aparentan.
ALUMNO FRANCÉS 🇫🇷: Porque quiero darle una sorpresa a mi esposa mexicana. No se esperará que un día llegue yo hablándole en español. Creo que sería una bonita sorpresa.
YO: Ow, eso es muy tierno de tu parte.
ALUMNO ALEMÁN 🇩🇪: Porque me encantaría aprender más sobre las culturas latinoamericanas. Desde niño me sentí atraído hacia ellas por su manera tan alegre de vivir la vida. Me gustaría convertirme en parte de ellas.
YO: Y no te arrepentirás.
ALUMNO INGLÉS 🏴: Porque quiero ver "Shrek" en español.
*Todos lo miran confundidos.*
ALUMNO INGLÉS 🏴: Dicen que es mucho más chistosa en español latino, y yo soy muy fan de esa película, así que...
*El alumno inglés se encoge de hombros.*
YO: Pero... Debe haber alguna otra razón, ¿no?
ALUMNO 🏴: No. Sólo Shrek.
*Doy un paso hacia adelante y le tiendo mi mano para que la estreche.*
YO: Ese es el propósito más noble que he escuchado en todos mis años de enseñanza de la lengua española. Me comprometo a que aprendas español perfectamente para que puedas cumplir tan puro objetivo.
Te podes olvidar de todo, menos de alguien que te hizo ver cosas que nunca hubieras pensado porque tocó una fibra tan íntima que te cambió. Como Murakami cuando escribe: solo una vez en tu vida conocerás a la persona que dividirá tu vida en 2 épocas, antes y después de conocerla.
Iba a tomarme la molestia de corregir algunas cosas, pero es tal la cantidad de errores de ortografía, redacción y ortotipografía que no vale la pena.
Por citar solo algunos:
1. Anacolutos, redundancias, erratas, diferencias en tratamiento (usted mezclado con tuteo).
2. ¡El subrayado no existe en un mundo con ordenadores y negritas, copón!
3. Uso arbitrario de la cursiva.
Lo que más me gusta es la redacción farragosa (¡en un examen de Lengua!) de esta frase:
ORIGINAL
Lea atentamente el texto que se ofrece a continuación y responda a las tres cuestiones correspondientes.
LO QUE DEBÍA DECIR
Lea atentamente el texto y responda a las tres preguntas.
Madre mía, si esto es verdad, parece redactado por un alumno mediocre, no por un profesor(a).
Está todo el mundo hablando de La Casita de Bad Bunny pero tengo la sensación de que casi nadie sabe su historia y su genealogía, lo cual es un poco perverso porque la historia de La Casita es tan intrincada como una peli de terror psicológico.
La cosa —y la casa— tiene un principio, que está en Long Island en 1947. Allí un tipo llamado William Levitt miró un campo de patatas y vio, en lugar de patatas, el futuro de la clase media estadounidense, que para él tenía forma de diecisiete mil casas iguales. Literalmente Iguales.
Levitt había aprendido en la Marina a construir barracones a toda velocidad y aplicó la misma idea al baby-boom de posguerra: dividió la construcción de una casa en veintisiete pasos, puso a un hombre a hacer solo el paso nueve durante el resto de su vida natural, y empezó a escupir viviendas a razón de una cada dieciséis minutos. El que ponía los grifos no sabía clavar un clavo y el que clavaba no había visto un grifo, y entre todos, sin que ninguno entendiera la casa entera, levantaron un suburbio del tamaño de una provincia. Se llamaba Levittown.
Que tú dices pues muy bien, vivienda barata y rápida. Y sí, eso lo era. Y racista también, porque el contrato de esas casas idénticas incluía una cláusula que prohibía venderlas a cualquiera que no fuera de raza blanca. Estaba escrito. Con tipografía. O sea, la utopía de la clase media pero no me pongas negros ni hispanos cerca.
Así que tanto Levittown como todas las urbanizaciones que se construyeron en las afueras, también las que no tenían la cláusula explícita, se llenaron de blancos que huían de las ciudades —esto tiene nombre técnico, White Flight, la fuga blanca, que suena a maniobra militar y en el fondo lo era— dejando los centros urbanos a quienes no podían comprar un chalecito. El resultado fue un paraíso siniestro de céspedes idénticos donde todo el mundo era exactamente igual porque por contrato no podía ser de otro modo.
Unos quince años después, un funcionario de Puerto Rico se fue a Toa Baja, al norte de la isla, y desplegó sobre una mesa los mismos planos. Otro Levittown. La promesa de la clase media estampada en hormigón, y todo dentro de algo llamado Operación Manos a la Obra, donde las manos eran las de los boricuas y la obra de los gringos.
Aquí no había cláusula racial porque sería algo absurdo en un lugar tan mezclado como Puerto Rico y, claro, también porque en la isla la exclusión funcionaba por canales económicos, no por los del color de la piel. O no solo. El caso es que el módulo de Levitt entró y dentro de cada casita idéntica un puertorriqueño se instaló a desear exactamente lo que un señor de Long Island había decidido que un estadounidense debía desear.
Pasan sesenta años. La arquitecta Mayna Magruder Ortiz mira una vivienda real en Humacao, ahora al este de la isla, mira los planos de Levittown, y hace lo que hacen los arquitectos, que es copiar. Según algunas revistas de arquitectura, Mayna Magruder combina la herencia del XIX con la urbanización de posguerra, pero el resultado es una casa que está por todo Puerto Rico. Rosa pastel. Cornisas amarillas. Sillas de plástico monobloc, las que pesan ochocientos gramos y aguantan a un obispo, las que tu tío apila de seis en seis al final de la fiesta, el grado cero de la civilización con clima benévolo. También tiene la misma cubierta plana, salvo que aquí no es tejado sino un sitio para bailar, porque alguien decidió en una reunión que esa cubierta que durante toda la historia de la arquitectura caribeña sirvió para no morir bajo la lluvia, fuese ahora un escenario con aforo.
Pero lo que más conocemos todos es el balcón con marquesina. El balcón de la casa obrera puertorriqueña era el órgano social de la vivienda, el sitio donde se enfriaba la cerveza, se vigilaba al vecino y se conspiraba contra el casero, el único lugar donde la clase trabajadora hacía la cosa verdaderamente subversiva, que es estar junta sin pagar entrada.
En La Casita de Bad Bunny el balcón también tiene aforo. Quince personas. Y las quince son Ester Expósito, Los Javis, Lamine Yamal, una cantante llamada Judeline cuyo nombre se evapora a mitad de pronunciación, influencers cuya influencia también está en proceso constante de evaporación, además de unas cuantas chicas desconocidas, blancas y europeas pero disfrazadas de caribeñas a las que un ojeador —y la palabra es exacta— ha elegido para que puedan competir entre ellas por quién sale más segundos en las pantallas gigantes, cinco, trece, veintiuno. Ah, y Marta Ortega, presidenta de Inditex, que baila dentro de la réplica de una casa de clase trabajadora mientras por los altavoces suena un tema sobre la gentrificación de la isla, sobre la mudanza forzosa, sobre la bandera celeste de los independentistas, y nadie en el estadio detecta el cortocircuito porque no hay cortocircuito, el aparato fue diseñado para que la crítica del aparato circule por sus propias cañerías sin tocar jamás una pared.
Y así, la marquesina donde el bisabuelo no tenía dónde caerse muerto es hoy el lugar más caro del universo al que no puedes comprar entrada, porque no se vende, solo se concede, que es la forma final del lujo, el lujo que ni siquiera te deja la dignidad de pagarlo.
En 1967 —poco después de la Operación Manos a la Obra— Guy Debord dijo que la sociedad contemporánea no era una sociedad basada en la imagen, sino que era una sociedad *que es* imagen. La Casita es esa frase hecha hormigón rosa. La sociedad del espectáculo ha localizado una cosa sin mercantilizar —la nostalgia del barrio, la silla de plástico— y la ha mercantilizado tan a fondo que la ha construido a escala 1:1, la pasea por cuatro continentes y te cobra cien euros por verla de lejos y ni siquiera te das cuenta de qué es eso que ves de lejos.
El espectáculo ha engullido la historia de La Casita, la ha digerido, la ha metabolizado y la ha regurgitado convertida en lo que siempre devuelve el espectáculo después de comer, que es más espectáculo.
En Albacete (donde se dedica el 29% del salario al alquiler), todo lo que ganes desde el 1 de enero hasta el 16 de abril se va íntegro a tu casero; a partir de ahí empiezas a trabajar para ti. En Pontevedra (43%) te liberas de tu casero el 6 de junio. Y en Madrid (72%) no dejas de pagarle hasta el 20 de septiembre: 9 meses de trabajo antes de ganar 1 euro propio.
He adaptado el mapa para que en lugar de los porcentajes aparezcan las fechas, que son algo más informativas del esclavismo moderno al que hemos condenado al 20.8% de la población que vive de alquiler en nuestro país.
«De mi cuerpo descompuesto crecerán las flores y yo estaré en ellas; eso es eternidad».
— Edvard Munch
🖍️ : Una animación del ilustración japonés Lotti
🎧: Yì mèng zhèng, por M3mo, Zy
creo que uno de los grandes fracasos de nuestra época es haber vaciado tanto la vida de comunidad y de sentido colectivo que mucha gente solo entiende los vínculos desde la propiedad emocional
Deixou ao irmán na escola, ía deixar a nena na gardería, e por atender a chamada do traballo entrou en dinámica laboral (no seu tempo libre) e pasoulle unha desgraza.
Pobre cativiña, pobre familia.
El 4 de abril de 2018, a las 10.27 de la mañana, publiqué una pieza que se llamaba 'Niñas de día, putas de noche'. Desde ese día, cada día, ese artículo está entre mis artículos que más personas están leyendo. ¿Y sabéis por qué? 👇🏾