@AutivisTdah A mí está teoría me explica todas mis enfermedades y 'rarezas'. Aprendí a cuidarme, cambié mi alimentación y bajaron de intensidad la mayoría de los síndromes.
@AutivisTdah@untipocurios Muy común en nosotros... Algo así como desmayos... Lo tuve de niña... O más bien aprendí las señales previas y logro evitar la crisis.
@untipocurios El único sentido que no tengo hiperventilado es el vestibular... estoy esperando que alguien invente protectores olfativos, ya uso auditivos, lentes polarizados, ropa que no raspa... etc...
@Iriagal@GuadalupeTremps@untipocurios@rosamsg1982 No... nos entiendes... ni nosotros a ti. Puedes entender cómo piensa alguien de China, que escribe en ideogramas? no...
Alguna vez lo conversé con una amiga japonesa... vivimos desde distintos paradigmas.
@Iriagal@untipocurios@rosamsg1982 Lo decimos porque es necesario un traductor hacia ambos lados, ni nosotros entendemos a los neurotípicos, ni ellos a nosotros.
Es como si hubiera una barrera cultural gigante, de idioma de conceptos, somos de una raza distinta, pero no se nos nota... por eso lo hacemos notar.
Usted no diga “los niños haitianos fueron ENCONTRADOS”, porque nunca estuvieron perdidos.
Los niños haitianos fueron CONTACTADOS, solamente. Y así, se termina la mentira repugnante de libertarios y republicanos.
@untipocurios Yo estoy en la etapa de redescubrirme, otra vez. Ya van 7 años que me descubrí autista, 6 del diagnóstico. Y ahora viviendo sola, por primera vez soy libre de ser quien soy. Estoy viviendo también los duelos de todo lo que no fue.
Vuelco en la supuesta inconsistencia: las cuentas de Grau SÍ cuadraban. ¿Cómo explicará Quiroz su falsedad sobre la inconsistencia de proyección de deuda del Gobierno anterior? ¿Dónde queda la Acusación Constitucional? Se repite el fisco de la "quiebra del Estado". https://t.co/FMUjYegiLK
BOMBAZO DEL MOSTRADOR 💣
El medio pudo verificar el informe de contraloría y NUNCA dice “trata” o “tráfico” de niños, buscaron 105 niños haitianos y 41 fueron encontrados, los otros 64 no fueron ubicados, NO estaban desaparecidos.
Kast y sus ministros le deben una explicación a todo Chile y en esoecial a la comunidad de haitianos en el país.
Espero la renuncia de varios.
EL LIDERAZGO DE LOS CHARLATANES
Por qué el populismo moderno premia el narcisismo, la mentira y el show. El perfil psicológico y cultural de quienes votan por ese populismo extremo.
La pregunta incómoda no es por qué existen personajes como Trump, Milei, Bolsonaro, Orbán, Maduro o Kast. La verdadera pregunta es otra: ¿qué tipo de ciudadano los convierte en líderes de masas?
Porque estos personajes no emergen por accidente. Son el síntoma de un electorado específico: emocionalmente frustrado, intelectualmente perezoso para procesar complejidades y profundamente seducido por relatos simples, épicos y llenos de enemigos imaginarios.
Y no, esto no se explica sólo con “la derecha o la izquierda”.
Existen derechas e izquierdas democráticas, liberales, sociales y racionales. Lo que une a estos líderes no es una doctrina seria, sino el populismo autoritario, el culto al caudillo y la política convertida en espectáculo emocional.
Todos comparten rasgos evidentes: narcisismo, delirios de grandeza, mitomanía, ignorancia funcional en áreas que aseguran dominar y una obsesión enfermiza con su propia imagen. Milei se imagina una mezcla entre rockstar, profeta económico y futuro Nobel. Trump se percibe como un genio incomprendido. Maduro hablaba de economía como si leyera horóscopos. Bolsonaro añora reflejos autoritarios. Orbán convirtió el nacionalismo paranoico en modelo de gobierno. Kast construyó una campaña sobre mentiras, frases grandilocuentes, miedo y promesas imposibles que luego relativizó con una velocidad admirable.
Pero lo verdaderamente fascinante no son ellos. Son quienes los aplauden.
El votante de estos liderazgos suele compartir una mezcla bastante reconocible: frustración económica, miedo cultural, resentimiento social y una necesidad casi infantil de explicaciones simples. El populista les ofrece exactamente eso: un enemigo claro y una solución mágica.
La culpa siempre es de alguien: inmigrantes, comunistas, globalistas, empresarios, feministas, periodistas, “la casta”, las élites, Bruselas, Washington o Marte si es necesario. La complejidad desaparece. Todo queda reducido a un relato binario para consumo rápido: “el pueblo bueno” versus “los traidores”.
Y ahí aparece otro rasgo crucial: el desprecio por el conocimiento. Estos movimientos sienten una desconfianza profunda hacia científicos, académicos, periodistas, técnicos o cualquiera que use más de tres gráficos seguidos sin gritar. El experto molesta porque introduce matices, y el matiz es el enemigo natural del fanatismo.
Por eso tantos de estos líderes son negacionistas del cambio climático. La evidencia científica exige pensar en largo plazo, aceptar datos incómodos y asumir responsabilidades complejas. Mucho más fácil es decir que todo es una conspiración global inventada por ecologistas, burócratas o marcianos progresistas que quieren arruinar el asado.
El negacionismo climático funciona además como marcador identitario. No importa si hay incendios, sequías o temperaturas récord. Lo importante es demostrar lealtad tribal contra “la élite woke”. La realidad pasa a ser secundaria frente al sentido de pertenencia.
Por eso las mentiras evidentes rara vez dañan a estos líderes. El vínculo con sus votantes no es racional, sino emocional. Sus seguidores no los evalúan como estadistas; los consumen como símbolos culturales. Mientras insulten al enemigo correcto, todo se perdona: contradicciones, ignorancia, corrupción o delirios mesiánicos.
El populismo moderno funciona así: transforma frustración en identidad y rabia en proyecto político.
Y quizás ahí está lo más inquietante. Estos electorados no necesariamente buscan libertad, prosperidad o democracia. Muchas veces buscan algo más básico: alguien que les diga que el mundo es simple, que ellos son las víctimas virtuosas de la historia y que existe un líder fuerte dispuesto a vengarlos. Aunque para eso haya que mentir, dinamitar la realidad, la evidencia y el sentido común en horario prime.
@MisColumnas
El sacristán que encontró los planos perdidos de la Iglesia Sacramentinos en una maleta olvidada y reveló detalles de su cúpula que nunca llegaron a construirse
https://t.co/CtCfgfEk9F
🔴 Una cadena de prejuicios
Hace un tiempo, una madre haitiana llegó a una Oficina de Protección de Derechos buscando ayuda para su hija. Su lengua era el creol y apenas hablaba español. Necesitaba ser escuchada, pero nadie dispuso un intérprete. La conversación que podía haber cambiado todo nunca ocurrió.
Salió frustrada y, poco después, sufrió el robo de su cartera. Desesperada, corrió tras quien se la había quitado. Desde la oficina se interpretó la situación como un abandono y se llamó a Carabineros.
Cuando llegaron, el problema se profundizó. Nadie logró comprender lo que ella intentaba explicar. Sin traducción y sin una mediación adecuada, terminó detenida.
Imagino la angustia de esa madre. La desesperación de querer contar su historia y no encontrar las palabras. La sensación de estar rodeada de personas que hablan sobre ti, toman decisiones sobre tu vida y, aun así, nadie te escucha.
Con el tiempo, distintas organizaciones hablaron de una cadena de prejuicios: un procedimiento sesgado, la ausencia de un enfoque de derechos humanos y una serie de decisiones tomadas sin comprender realmente lo que estaba ocurriendo.
Porque aquí no hubo un solo error. Hubo una sucesión de omisiones que transformó una barrera idiomática en una tragedia humana.
El Estado no solo falló con Joan. También falló con su hija. La Convención sobre los Derechos del Niño establece que debe resguardarse el vínculo familiar y el interés superior de niños y niñas. Nada de eso puede garantizarse cuando una madre ni siquiera tiene la posibilidad de ser comprendida.
Joan falleció sin poder contar plenamente su versión de los hechos.
Su historia nos recuerda que los prejuicios rara vez aparecen de golpe. Se construyen en pequeñas decisiones, en omisiones aparentemente menores, hasta que terminan causando daños irreparables.
Por eso recordarla no es quedarse en el pasado. Es preguntarnos cuántas veces seguimos confundiendo vulnerabilidad con culpa, y diferencia con sospecha.