« contacto, mientras que su mano se deslizaba lentamente por el brazo ajeno, hasta llegar a su hombro y pasar a su pecho, en donde se detendría.
Deseaba llorar por la conmoción, mas sonrió en su lugar.
A él, la culpabilidad no dejaba de carcomerle, día a día, como la primera vez que habían pasado tanto tiempo sin verse, sin tocarse. Porque la presencia ajena era como una droga benigna, pero que tenía el mismo efecto adictivo.
Así, causaba la misma sensación durante la »
« mente se fundió en cuanto sus labiales se tocaron. Correspondió con calma y necesidad, alzándose con ligereza de puntillas con el objeto de seguir el beso con la mayor facilidad.
Sus emociones, guardadas a lo largo de los meses, estaban siendo transmitidas en aquel »
Le han atrapado allí, ya no tiene escapatoria.
— Ah. —soltó primeramente en baja voz, desviando su mirada efímeramente unos instantes. Luego, los posó sobre el foráneo, negando con su testa lentamente. — No hay por qué retirarse. —habló, en un tono calmo, a pesar de que un »
« ligero rojizo en su faz denotara la vergüenza de haber sido visto.
Ante lo de su nombre, corrigió: — Es Rhodes, en realidad. Casi.
Rascó al hablar su mejilla con su mano libre. Así, se dirigió al cesto de basura más cercano, y dentro del mismo dejó caer los »
De no tener suficiente cuidado, podría fácilmente el abrir la piel de la mano que sostenía la frágil porcelana. Lo sabía, mas tampoco le importaba en su totalidad, en aquel momento.
Porque cómo prestar atención a ello, cuando las manos de quien por meses había »
« débil, mostrando que, en efecto, le había echado de menos. Sus mejillas estaban algo cálidas ya, y mostraba una pequeña y dulce sonrisa. — Todo e-el tiempo, siempre. —agregó, alzando su mano libre hasta la mano ajena, y allí tocando.
Soltó entonces una cansada, pero con »
Su respiración detuvo unos momentos, en los que continuaba observando al más alto.
Su rostro, su cuerpo, sus ocelos dorados llevó por aquellas partes, emociones creciendo en su cuerpo. También dudó de su presencia, aunque con velocidad se decantó por creer que sí era él, pues »
« una voz baja, incorporándose lo más pronto que pudo.
Porque, claro, estaba apurado. La presencia ajena, quería hablarle lo antes posible, a pesar de que en aquel momento debiese lucir parcialmente caótico.
— A-Ah, hola. —habló, quizás torpemente, ya de pie. Sus ojos »