—𝘏𝘮𝘮...
A pesar de mostrarse como la típica rubia boba, sólo tiene interés en indagar un poco más en lo que se supone que aquel humano habrá hecho para merecer un tiro en la cabeza. Un hombre tan debilucho como aquel a que está sujetando sólo tirándole de la oreja, no »
Acabó parándose a escasos dos metros de ambos, con una media sonrisa de aprobación que se mantenía oculta bajo el casco rojo. Era lo único que llevaba puesto de su "disfraz" de Red Hood, pues el traje de cuerpo entero se había visto sustituído por unos pantalones cargo +
ojos para hacer énfasis en sus inocentes, inocentes pensamientos.
—Oh, el ayudante de Dios.
Ella, que no se oculta tras ninguna máscara o casco, sí que esboza una sonrisa curiosa al ver cómo se... rasca la sien con un trozo de plástico cubriéndola de excelente manera.
»
abandonado la cama hace quince minutos.
—¿Hm? Eres el primero que me pregunta eso. Apenas tengo acento. —Pronuncia con calma, deteniéndose un instante para tragar lo que masticaba. —Sólo estuve en Siberia hasta los seis años.
—Eso es lo mismo que decir que tienes 𝘤𝘢𝘴𝘪 𝘵𝘳𝘦𝘪𝘯𝘵𝘢.
Pronuncia a duras penas, porque tiene los carrillos llenos. Parece que el mal humor de la mujer se despeja paulatino junto a ese nada sano desayuno. Así que, ahora, ya no le interesa tanto meterse con el ladrón. »
—Sigo al final de mis veinte. No me pongas tantas velas, aún.
Bromea con ese tono suyo, especialmente optimista, deja claro que las palabras ajenas no le resultan molestas, y por supuesto uno siempre debe estar agradecido por encontrarse gente honesta hasta la médula.
Si bien
su etnia, sus orígenes o sus historias. Más bien... todo lo opuesto. —Si quieres que vuelva a dormirme sólo tienes que decirlo, 𝘤𝘩𝘦𝘳. No tienes que darme una clase de tus raíces tan temprano.
Temprano... a las dos de la tarde. Aunque era evidente que ella apenas había »
ni siquiera sabe que hay una liga de la justicia en aquel lugar. Sólo sabe que hay gente rara disfrazada (como él) que le hacen gracia. Le recuerdan al lugar de donde viene, y tiene curiosidad por saber cómo funcionan aquí.
—Aquí es correcto hacer eso, ¿no?
La fémina permanece quieta, sin tener que hacer ningún esfuerzo por mantener retenido al pobre humano que ha tenido la mala suerte de cruzarse con dos pirados. Cada uno a su manera.
—Llevo muchos años intentando evitar hacer eso. Me dijeron que no estaba bien. Peeero. Esta es »
Si ella considera que llevar esa diadema es muy humano y normal, está bien. Cosas peores ha visto, realmente. En fin... Gotham ciudad de locos y personajes, aún incluso sus visitantes.
Cuando quiso darse cuenta, el hombre había echado a correr y su mirada se deslizó un +
tu ciudad, no la mía. —La mano que tenía libre termina apoyándose en el costado de su propia cadera, y una sonrisa asoma en sus labios con genuino interés. —¿A qué lugar querrías enviarle? Échale imaginación, hay miles de universos, alternativas y posibilidades.
Ciertamente, »
colándose por un callejón cercano. Puede salir corriendo tras su objetivo y pasar de ella si quiere, pero apenas tres segundos después, la rusa habrá aparecido al otro lado de ese callejón y estará sujetando de la oreja al que intentaba huir, ahora doblado por el dolor.
Eh, lleva unas pintas muy humanas y normales. Los cuernos de su cabeza ni siquiera son reales, son una diadema. Y va vestida como una persona normal porque está yendo a 𝘵𝘳𝘢𝘣𝘢𝘫𝘢𝘳. No todos son millonarios que pueden costearse la vida mientras salvan al mundo. Si algo »
“Esto tiene que ser algún tipo de broma”, pensó cuando la vio girarse para preocuparse por aquel individuo.
—Sí —respondió él—, lo estoy acosando y cualquier cosa que le haga se quedará corta en comparacion a lo que se merece. Ahora, si no te importa, quítate de en medio, +
puede haber descubierto de ella es que no es muy normal. A fin de cuentas, acaba de aparecer de un portal que viene de una dimensión demoníaca.
—¡Eh! No toques. —Bufa al enmascarado, frunciendo el ceño.
Este simple gesto hace que el supuesto maleante salga corriendo, »
rusa se enfoca en la hamburguesa, y después en él. Termina tomándola y dejándola en la encimera que hay frente a ella. Mentiría si no dijese que se le está abriendo el estómago sólo con olerla ahora.
—Hm... Gracias. ¿Qué es un 𝘤𝘢𝘫𝘶́𝘯? No suena a nada bueno.
—Los puntos de... ¿estilo? ¿Pero tú no tenías treinta años? Deberías dejar de decir esas moderneces raras.
Conste en acta que no lo ha pronunciado con desdén, sino con un tono neutro que no permite distinguir hasta qué punto le interesa lo que el contrario haga con su vida. »
—Y única. Los puntos de estilo siempre importan. Pero tendrías que probar los asientos con masaje del jet, llevo años intentando convencer a Charles de que me deje quedarme con uno para mi habitación.
Tan risueño el sureño, y la rusa tan quejosa —internamente—. Pero a lo que »
decide tener un mínimo de cortesía y, mientras ve cómo se agencia como un gordo las hamburguesas hasta sólo dejar dos, la rubia alza su diestra y alterna los dedos en el aire con una sonrisa que casi parece amable. Está fingiendo.
Una vez se marcha, la celeste mirada de la »