Las personas exitosas en colombia actualmente solo inflan la percepción de riqueza que tienen los demás de ellos mientras sus trastornos siguen intactos.
BESTIARIO CIVIL CON QUIENES NO DISCUTIR
Tipologías con las que conviene practicar el arte del retiro digno.
Hay una madurez intelectual que no consiste en saber más, sino en saber con quién no hablar. No todo desacuerdo es un diálogo frustrado; algunos son, sencillamente, una pérdida de tiempo con aspiraciones morales. Discutir exige un suelo común: respeto por la evidencia, apertura a la duda, mínima honestidad intelectual. Cuando ese suelo no existe, el intercambio degenera en pantano. A continuación, un bestiario civil de tipologías con las que conviene practicar el arte del retiro digno, la baja paciencia y la nula tolerancia.
El estúpido funcional.
No ignora: no sospecha. Carece de la incomodidad de la duda. La evidencia no lo persuade porque no la entiende; la lógica no lo incomoda porque no la sigue. Discutir con él es explicar álgebra a una piedra, y la piedra, al menos, no opina.
El ignorante militante.
Ignorar es humano; defender la ignorancia como identidad es militancia. Convierte el desconocimiento en virtud y la lectura en sospecha. La evidencia le resulta elitista. Debatir aquí es vacunar a alguien que cree que la jeringa conspira.
El fanático.
No razona: recita. La evidencia no se evalúa, se clasifica. Si coincide, es verdad; si no, es propaganda. Discutir con él es polemizar con un catecismo que se cree enciclopedia.
El ideológicamente anclado.
No grita; sonríe con suficiencia. Cree haber llegado al final de la historia. Todo dato nuevo es irrelevante o peligroso. Avanzar sería traicionarse.
El violento retórico.
Cuando se queda sin argumentos, sube el volumen. La descalificación grosera sustituye a la razón. Seguir es legitimar el método.
El narcisista.
No discute ideas: se exhibe. La conversación es un espejo. Contradecirlo es un ataque personal. Todo gira en torno a su reflejo.
El megalómano.
Está convencido de ver lo que nadie ve. Si falla, es porque el mundo no lo entendió. La evidencia nunca alcanza su altura.
El mitómano.
No miente: fabrica realidades. Ante la evidencia, improvisa. Desmentirlo exige tiempo infinito; él necesita segundos.
El negacionista.
No investiga: sospecha selectivamente. Todo dato contrario es manipulación; toda fuente afín, revelación. La evidencia se invalida por origen.
El conspiranoico.
Tiene una explicación para todo y una prueba para nada. La ausencia de evidencia es la evidencia. El círculo es perfecto e inútil.
El relativista extremo.
Nada es verdad, todo depende… salvo su propia postura. La evidencia no pesa porque todo vale lo mismo.
El cínico.
No cree en nada, pero opina de todo. La evidencia no importa porque, según él, todo está podrido.
El oportunista.
Cambia de argumento según la audiencia. No busca verdad, busca ventaja.
El pseudoexperto.
Cita estudios inexistentes y desprecia a los expertos reales. La evidencia se invoca como amuleto.
El troll.
No quiere comprender: quiere reacción. Alimentarlo es su objetivo.
El Human-Bot.
Ese que entre el fanatismo y la irrelevancia pretende opinar como si tuviese la verdad, y cuando es descubierto en su estupidez e ignorancia, comienza una maratón de insultos. Generalmente actúa en defensa del poder, como si eso le diera una categoría similar.
El analfabeto funcional.
Es aquel que sabiendo leer y escribir, sabiendo sumar y restar, es incapaz de entender lo que lee y menos poder hacer un cálculo simple y menos interpretar unas cifras.
Y por último el SDW Chilensis, un espécimen que es una combinación lineal de todo lo ya señalado, pero es esencialmente weón.
La conclusión es simple y poco heroica: no toda discusión merece librarse. Hay debates que no elevan el pensamiento, sólo erosionan la energía. La verdadera lucidez no consiste en ganar argumentos, sino en administrar el tiempo y la dignidad. A veces, la postura más inteligente no es refutar, sino alejarse con elegancia y dejar que la realidad —paciente y obstinada— haga el trabajo que la razón no pudo. @MisColumnas