CUANDO CHILE VOLVIÓ A SOÑAR
Hay canciones que no se escuchan: se quedan viviendo en nosotros. Basta oír sus primeros acordes para que el pecho se apriete.
“Chile, la alegría ya viene”.
Han pasado 38 años y aún me ocurre. La escucho y regreso a 1988. Vuelvo a ser joven. Vuelvo a la universidad, a los amigos, a las conversaciones sobre el país que teníamos y aquel que soñábamos. A esos años en que hablar de democracia no era discutir de política: era hablar de esperanza.
El 5 de septiembre de 1988 apareció Patricio Bañados en televisión. Y ocurrió algo difícil de explicar a quienes nacieron después: durante unos minutos la televisión dejó de pertenecer al relato exclusivo de la dictadura.
La pantalla se abrió, y por esa pequeña rendija entró un país entero.
Entraron los ausentes, los perseguidos, los exiliados. Quienes habían aprendido a bajar la voz y quienes cargaban heridas que ninguna cámara podía mostrar. Pero también entramos nosotros, los jóvenes que aún creíamos que era posible recuperar Chile.
Entonces apareció aquella música.
Y fue extraordinario.
Después de años de temor, la campaña opositora decidió hablarnos de alegría. Allí estuvo quizá una de sus mayores genialidades: frente a la oscuridad no ofreció otra oscuridad; frente al miedo no respondió con más miedo; frente a la violencia puso colores, niños, abrazos, música y futuro.
Era profundamente revolucionario decir que después de tantos años todavía teníamos derecho a ser felices.
Yo estaba en la universidad construyendo mi futuro mientras Chile intentaba reconstruir el suyo. Sabíamos algo esencial: queríamos vivir en democracia.
Queríamos votar sin miedo. Pensar distinto sin convertirnos en enemigos. Queríamos recuperar esa palabra sencilla y gigantesca que durante tantos años nos había faltado: Libertad.
Por eso aquel plebiscito fue, para quienes lo vivimos, una frontera emocional. Fue mi primer voto en una elección, mi primera vez en la cámara secreta, y fue la primera de muchas que vendrían en democracia. Esa caminata junto a mi padre la llevaré por siempre.
El 5 de octubre llegó aquel papel y aquel lápiz. Una raya sobre una opción podía parecer un gesto insignificante, pero detrás había años de espera. Cada voto llevaba silencios, rabias, ausencias y esperanza. Y una convicción poderosa: esta vez seríamos los ciudadanos quienes decidiríamos.
Ganó el NO.
Y Chile comenzó lentamente a regresar.
No regresaron los muertos. No desaparecieron las heridas. No se borraron diecisiete años de nuestra historia. La democracia tampoco resolvió todo lo que soñamos. Descubrimos que recuperarla era apenas el comienzo de una tarea mucho más larga.
Pero recuperamos algo inmenso: el derecho a construir nuestro futuro sin miedo.
Tal vez por eso, 38 años después, aquella canción todavía me desarma.
La escucho y veo nuevamente al joven que fui. Recuerdo esa sensación de estar viviendo algo que sabíamos histórico mientras ocurría.
Y el corazón se acelera. Los ojos se humedecen.
Porque uno comprende que no llora solamente por lo que pasó. Llora por quienes no alcanzaron a verlo. Por quienes quedaron en el camino. Por nuestros padres, nuestros amigos, por aquella generación que aprendió demasiado temprano que la democracia puede perderse y que recuperarla puede costar una vida.
Quizás por eso debemos contar esta historia una y otra vez. No para transmitir odio. Para transmitir memoria.
Para que quienes nacieron después comprendan que votar, protestar, criticar a un presidente o simplemente decir “no estoy de acuerdo” son actos cotidianos que alguna vez pudieron ser peligrosos.
Soy 38 años más viejo, pero durante unos minutos vuelvo a ser aquel estudiante universitario frente a una pantalla, comenzando tímidamente a creer. Y algunas lágrimas buscan salir a respirar.
No son lágrimas de tristeza. Tampoco solamente de alegría. Son lágrimas de memoria.
Porque por unos minutos vuelvo a 1988. Y vuelvo a creer, como entonces, que la alegría viene.
@MisColumnas
ANATOMÍA DEL RAYO
En la memorable película de Robert Zemeckis, “Volver al futuro”, el profesor Emmett Brown intenta aprovechar la energía de un rayo para proporcionar la enorme potencia eléctrica que necesita el condensador de flujo del DeLorean para activar el viaje temporal. Si bien la física podría tener reparos con ese relato, el recurso cinematográfico resultó notable.
Un rayo dura una fracción de segundo, pero en ese intervalo convierte la atmósfera en uno de los laboratorios de física más extremos de la naturaleza. En su canal, el aire puede alcanzar unos 30.000 °C, cerca de cinco veces la temperatura de la superficie del sol. No es fuego. Es plasma: materia ionizada atravesada por una corriente gigantesca. Ese destello es el desenlace de una arquitectura electromagnética construida a kilómetros de nuestras cabezas.
Todo comienza dentro de una nube cumulonimbus.
Corrientes turbulentas hacen colisionar gotas de agua superenfriada, cristales y partículas mayores de hielo o granizo blando, llamadas graupel. Esos choques transfieren carga. En condiciones habituales, los cristales pequeños adquieren carga positiva y ascienden, mientras el graupel tiende a cargarse negativamente y desciende. El cumulonimbo se transforma así en un sistema de cargas separadas, aunque su estructura real es más compleja.
La separación no produce inmediatamente un rayo: primero almacena energía. Entre regiones con cargas opuestas —y entre nube y superficie— surge un campo eléctrico creciente. Cuando se alcanza la ruptura eléctrica, el aire, normalmente aislante, comienza a ionizarse: aparecen electrones libres y se forman regiones capaces de sostener una descarga.
Entonces ocurre lo espectacular. Una descarga de retorno recorre el canal y genera el destello (relámpago). Las corrientes pueden alcanzar decenas de miles de amperes y las diferencias de potencial, centenares de millones de volts. El canal se calienta casi instantáneamente hasta unos 30.000 °C. El aire se expande violentamente, comprime el entorno y origina una onda de choque que termina llegando a nuestros oídos como trueno.
Por eso primero vemos y después escuchamos: la luz viaja a unos 300.000 kilómetros por segundo y el sonido, cerca de 343 metros por segundo. Tres segundos entre relámpago y trueno representan aproximadamente un kilómetro de distancia al observador.
Pero la física todavía intenta resolver con precisión cómo se inicia la ruptura dentro de una nube. Recién en 2025, una investigación publicada en el Journal of Geophysical Research: “Atmospheres”, desarrolló un mecanismo de retroalimentación fotoeléctrica. Electrones acelerados por campos intensos pueden alcanzar energías relativistas y, al interactuar con el aire, producir fotones de alta energía, incluidos rayos X. Parte de esos fotones liberan nuevos electrones mediante el efecto fotoeléctrico, sembrando nuevas avalanchas. El mecanismo ayuda a explicar procesos asociados al inicio del rayo y los destellos gamma terrestres asociados a tormentas.
La imagen de una nube que simplemente “se carga” hasta lanzar una chispa es una caricatura. Un rayo reúne microfísica del hielo, electrostática, ionización, ruptura dieléctrica, dinámica de plasmas, ondas de choque y, en sus procesos de alta energía, electrones relativistas, radiación X y gamma. La tormenta es también un acelerador de partículas. Un CERN natural.
Quizás ahí reside su belleza. Durante milisegundos, el aire transparente que respiramos deja de comportarse como aislante y se transforma en un conductor incandescente. Allí convergen meteorología, electromagnetismo y física de altas energías.
Después, todo desaparece. El canal se enfría, el plasma se recombina y el cielo recupera su normalidad. Sólo queda el trueno, llegando tarde, como firma acústica de algo extraordinario: durante una fracción de segundo, sobre nuestras cabezas, la atmósfera se convirtió en un gran laboratorio de física.
Que duda cabe, el Doc Brown fue un visionario.
@MisColumnas
CARTA ABIERTA AL ALCALDE MARIO DESBORDES
Alcalde @desbordes
Me entero de que Santiago podría recuperar el tradicional cañonazo de las doce en el cerro Santa Lucía. Una costumbre del siglo XIX destinada a informar la hora a una población que no tenía celulares, ni internet, ni GPS.
Comprendo el cariño de su sector por las tradiciones. Lo difícil es entender la necesidad de restaurarlas sin preguntarse primero si envejecieron bien.
Las pruebas efectuadas por el Ejército sobre el cañón Krupp de 75 mm registraron salvas de aproximadamente 90 y 110 decibeles. Reducir la pólvora disminuye el estruendo. El problema es que perros y gatos escuchan bastante mejor que nosotros. La comuna que usted administra tiene una media de una mascota por vivienda, algo que seguramente usted sabe o debería saber.
Su audición es particularmente sensible a frecuencias altas. Los ruidos súbitos e intensos pueden provocar taquicardia, temblores, hiperventilación, desorientación, conductas de escape y crisis de pánico. La RSPCA (Royal Society for the Prevention of Cruelty to Animals), advierte sobre tinnitus y daño auditivo asociado a sonidos explosivos. La British Veterinary Association (BVA), estima que alrededor del 45% de los perros manifiesta miedo ante los fuegos artificiales.
Hay un dato incómodo: la BVA ha propuesto limitar a 97 dB los fuegos artificiales de uso público. Una prueba del Santa Lucía alcanzó 110 dB.
El decibel, alcalde, tiene una mala costumbre: no entiende de tradiciones. Es una escala logarítmica y tampoco distingue entre un cañonazo patrimonial y uno ordinario. Para el oído, la pólvora centenaria sigue siendo pólvora.
Después vienen los habitantes que no figuran en el padrón electoral: las aves.
El Santa Lucía no es solamente patrimonio y turismo. Es también un ecosistema urbano. Radares meteorológicos en Países Bajos comprobaron que cientos de miles de aves levantaban vuelo tras los fuegos artificiales. Estudios posteriores detectaron cerca de las detonaciones hasta mil veces más aves volando que durante noches normales donde deberían gozar del sueño.
No afirmo que una salva diaria equivalga a una noche completa de pirotecnia. Sería científicamente incorrecto. Pero ambas comparten un estímulo relevante: ruido impulsivo, intenso e inesperado. Para un zorzal, lamentablemente, la condición patrimonial del cañón no viene incorporada en el tímpano.
Antes de dispararlo diariamente convendría estudiar el impacto acústico sobre fauna, medir niveles a distintas distancias y evaluar alternativas menos ruidosas.
Primero ciencia. Después pólvora.
Resulta curioso que mientras Chile discute prohibir las carreras de galgos todavía tengamos que explicar que una tradición no obtiene inmunidad ética por ser antigua. Durante siglos hubo peleas de animales, circos con fauna silvestre y espectáculos hoy inadmisibles. La antigüedad certifica años, no sensatez.
Y aquí aparece una paradoja deliciosa. El Estado exige “tenencia responsable”: vacune a su perro, esterilícelo, póngale chip, protéjalo del estrés y vele por su bienestar. Perfecto. Pero al mediodía quizás tendremos que agregar una nueva obligación municipal: “Señora, encierre al quiltro, abrace al gato y póngales audífonos, porque vamos a disparar el cañón”.
Todo para avisarnos que son las doce.
Mi teléfono ya lo sabe, alcalde. Mi reloj también. El computador, el automóvil y probablemente hasta el refrigerador. No necesitamos artillería para confirmar que terminó la mañana.
Conserve el cañón. Restáurelo. Ilumínelo. Explique su historia. Conviértalo en patrimonio vivo mediante educación, no necesariamente mediante detonación.
Porque preservar la historia no significa reproducir cada uno de sus ruidos.
Y si finalmente, a pesar de todo, usted y su concejo deciden recuperar el cañonazo, quizás la Municipalidad pueda agregar una partida presupuestaria adicional: audífonos con cancelación de ruido para perros, gatos, tiuques y zorzales.
@MisColumnas
HOY ES UN DÍA EXTRAÑO
Uno de mis dos hijos parte a Alemania. Se va por cuatro años a realizar su doctorado y, mientras lo veo emprender ese camino, dentro de mí conviven sentimientos que parecen contradecirse y que, sin embargo, son exactamente lo mismo: amor paternal.
Está el orgullo, por supuesto. La alegría profunda de verlo avanzar, de saber que ha construido sus oportunidades a fuerza de talento, mérito, estudio y perseverancia. Hay algo inmensamente tranquilizador en comprobar que un hijo, siendo todavía tan joven, comienza a levantar con sus manos el edificio de su propio futuro. Mi primogénito ha puesto todo su talento en ello y hoy recoge uno de esos frutos que no llegan por casualidad.
Pero también está la distancia.
Y cuatro años, cuando se miden en kilómetros, parecen mucho más largos.
De alguna manera, hoy se aleja físicamente el 50% más importante de mi vida. Y aunque sé perfectamente que los hijos no nos pertenecen, que nuestra tarea como padres consiste precisamente en entregarles las herramientas para que algún día puedan caminar sin nosotros, descubrir que ese día efectivamente llega tiene una extraña manera de apretar el pecho.
No es tristeza. Al menos, no propiamente tal.
Es una alegría disfrazada de melancolía.
La melancolía que induce la distancia, la imposibilidad del abrazo espontáneo, del encuentro improvisado, de esa tranquilidad casi inconsciente que proporciona saber que quienes amamos están relativamente cerca. Ahora habrá un océano, otro horario, otro idioma y miles de kilómetros entre el impulso paternal de cuidar y la realidad adulta de dejar partir.
Y entonces ocurre algo curioso: inevitablemente me veo reflejado en él.
Hoy comprendo mejor a mis propios padres cuando fui yo quien decidió tomar caminos parecidos. Probablemente también sonrieron mientras alguna parte de ellos quería retenerme. Quizás sintieron este mismo orgullo mezclado con inquietud, esta contradicción de desear que un hijo vuele muy alto y, al mismo tiempo, descubrir que para hacerlo necesariamente debe alejarse del nido.
Ser padre tiene esas paradojas. Uno dedica buena parte de la vida a enseñarles a caminar para terminar emocionándose cuando ya no necesitan nuestra mano.
Hijo, Alemania será un buen lugar. Durante estos años será tu nueva casa. Allí encontrarás personas, ideas, dificultades, aprendizajes y experiencias que hoy ni siquiera puedes imaginar. Habrá días extraordinarios y otros probablemente difíciles. De todos ellos aprenderás.
El futuro no está esperando en alguna parte: se va construyendo mientras caminamos. Y tú ya comenzaste a construir el tuyo.
Sólo quisiera pedirte que, dondequiera que ese camino te lleve, camines siempre por el lado virtuoso de la vida. Ese donde habita el respeto por el otro; donde el conocimiento nunca produce arrogancia, sino curiosidad; donde la inteligencia también sabe escuchar; donde el éxito no obliga a olvidar la humildad y donde existe la sabiduría suficiente para hacer una pausa cuando la vida la necesita.
Aprende mucho. Pregunta mucho. Equivócate cuando corresponda. Conoce personas distintas. Mira el mundo con curiosidad. Disfruta lo conseguido sin dejar de imaginar lo que todavía puedes alcanzar.
Y recuerda que la distancia modifica la geografía, pero no los afectos.
Hoy partes a un nuevo rumbo, y yo me quedo aquí con esta sensación difícil de nombrar. Orgulloso, feliz, inquieto, emocionado. Quizás un poco acongojado también. Supongo que todo eso cabe dentro de una misma palabra: padre.
Suerte, hijo.
Ve a construir tu futuro.
Yo estaré a miles de kilómetros, haciendo exactamente lo mismo que cuando eras niño y dabas tus primeros pasos: mirándote avanzar con orgullo y permaneciendo, siempre, por si alguna vez necesitas volver la mirada.
Tu Padre.
CARTA ABIERTA A LA DIPUTADA BARCHIESI.
Diputada @BarchiesiDip
He leído su publicación sobre el INDH., y confieso que me produjo una mezcla difícil de describir: primero incredulidad, luego preocupación y, finalmente, una cierta ternura intelectual. No todos los días una parlamentaria consigue condensar tanta ignorancia jurídica e histórica en tan pocas líneas.
Usted afirma que el INDH sólo defiende “delincuentes y zurdos”. La frase, además de impropia de quien ostenta un cargo de representación nacional, revela una comprensión extraordinariamente precaria de aquello sobre lo que pretende legislar.
Los DD.HH no fueron inventados para proteger a las personas buenas, simpáticas o ideológicamente aceptables. Fueron concebidos, precisamente, para impedir que el poder del Estado pudiera atropellar la dignidad de cualquier ser humano. Son un límite al poder, no un premio a la virtud.
Resulta curioso que una diputada que admira con tanta devoción al régimen militar parezca olvidar por qué Chile creó el INDH. No nació por generación espontánea ni para satisfacer algún capricho de la izquierda. Nació como consecuencia de una historia marcada por detenciones ilegales, torturas, desapariciones forzadas, ejecuciones y un Estado que durante años confundió la autoridad con la impunidad. La memoria institucional existe precisamente para evitar que esas páginas vuelvan a escribirse.
Su publicación, sin embargo, incurre en un error todavía más elemental. Pareciera creer que si el INDH investiga abusos cometidos por agentes del Estado, entonces está en contra de Carabineros. Esa lógica es tan absurda como concluir que un médico odia a sus pacientes porque diagnostica enfermedades.
Los carabineros también son titulares de derechos humanos. Son personas antes que funcionarios y, cuando alguno de ellos es asesinado, secuestrado o víctima de un delito, sus derechos son tan inviolables como los de cualquier ciudadano. La diferencia —ese pequeño detalle que parece haber escapado a su lectura— es que cuando ejercen la función policial representan al Estado y, por ello, tienen además el deber de respetar y garantizar los derechos de los demás. Porque quien porta legítimamente las armas no dispone de más derechos que el resto; dispone de más poder. Y cuanto mayor es el poder, mayor es el control que debe ejercerse sobre él.
Eso no debiera escandalizar a nadie que haya abierto un libro de Derecho Constitucional.
El INDH no fue creado para combatir delincuentes ni para reemplazar al Ministerio Público. Tampoco para actuar como oficina de relaciones públicas de Carabineros. Su misión consiste en observar cómo el Estado ejerce el poder frente a las personas. Exactamente igual que un auditor no administra una empresa, sino que fiscaliza su funcionamiento.
Usted podrá discrepar de informes, criterios o resoluciones específicas. Eso forma parte del debate democrático. Lo que resulta más difícil de justificar es pretender eliminar una institución porque no confirma sus prejuicios ideológicos. Esa actitud no es propia de una legisladora; es la reacción de quien rompe el termómetro porque no le gusta la temperatura que marca.
El problema de fondo, diputada, no es su opinión. En democracia todas las opiniones tienen cabida. El problema aparece cuando una representante de la República habla con absoluta convicción sobre materias que evidentemente desconoce. Entonces la ignorancia deja de ser una limitación personal para convertirse en un riesgo institucional.
Quizá antes de volver a opinar sobre DD.HH., convendría dedicar unas horas a estudiar su origen, su evolución y su finalidad. Descubriría algo fascinante: que existen precisamente para proteger a los ciudadanos de los excesos del poder político. Incluso cuando ese poder cree tener siempre la razón.
Y esa, diputada, es una deliciosa ironía. Porque hoy usted ocupa un escaño gracias a un sistema democrático cuyos cimientos descansan exactamente sobre esos derechos que parece despreciar.
@MisColumnas
SENADORES CORRUPTOS x 3
Que tres senadores: Calisto, Flores y Kusanovic, estén bajo investigación por corrupción y sigan haciendo uso de su voto en el senado, y recibiendo sus respectivas dietas, representa algo aún más corrupto. Un sistema diseñado a la medida de sus delitos.
Deben quedar cesados de sus funciones y sus beneficios congelados. Si luego del proceso legal resultasen inocentes, se les otorgarán retroactivamente, pero sino, deberán cumplir las condenas respectivas.
Miguel Ángel Calisto, Camila Flores y Alejandro Kusanovic son tres senadores actualmente investigados por el Ministerio Público por presuntos delitos de corrupción, fraude al fisco y retención ilegal de sueldos de asesores.
Investigaciones y Acusaciones:
• Miguel Ángel Calisto:
Enfrenta solicitudes de desafuero y una acusación por fraude al fisco superior a los 105 millones de pesos debido a un esquema de asesorías parlamentarias fantasmas cuando era diputado entre 2018 y 2022.
• Camila Flores:
Indagada por el caso conocido como "la cuota Flores", donde se le acusa presuntamente de exigir a colaboradores y asesores la devolución de gran parte de sus sueldos financiados con asignaciones públicas, sumando cerca de 300 millones de pesos irregulares.
• Alejandro Kusanovic:
Bajo investigación de la Fiscalía Regional de Magallanes a raíz de denuncias de extrabajadores por presunta presión para la devolución forzada de remuneraciones y despidos injustificados.
No está demás señalar que los tres senadores pertenecen a la bancada de derecha en la cámara.
@Senado_Chile
LA DIGNIDAD DE LA DERROTA
Existe una imagen difícil de contemplar cuando hay un campeón levantando una copa: la imagen del derrotado obligado a convivir con el silencio. Porque el triunfo hace ruido; la derrota, en cambio, habla en voz baja. Y, precisamente por eso, suele decir mucho más.
La final del Mundial 2026 dejó un campeón indiscutible. España fue superior desde el primer minuto. Dominó el balón, el ritmo, los espacios y las ideas. El gol de Ferran Torres en la prórroga fue apenas la consecuencia natural de un partido que había inclinado la cancha mucho antes del marcador. Argentina resistió cuanto pudo, sostenida principalmente por las atajadas extraordinarias de Emiliano Martínez, pero casi no logró inquietar el arco rival. La superioridad española fue estratégica, táctica, técnica y emocional.
Sin embargo, la historia más interesante comenzó cuando el partido terminó.
Algunos jugadores argentinos reaccionaron con empujones, golpes, enfrentamientos y gestos impropios, y peor aún, en una final del mundo. Otros decidieron dar la espalda a la celebración española durante la ceremonia de premiación, como si negar con la mirada pudiera alterar el resultado. Aquella imagen terminó eclipsando parte de la extraordinaria campaña que habían realizado y motivó incluso una investigación disciplinaria por parte de la FIFA.
Y entonces apareció la pregunta verdaderamente importante.
¿Por qué perder resulta tan difícil?
Porque la derrota destruye una ilusión cuidadosamente construida. Obliga a aceptar que otro fue mejor. Rompe la ficción de la invencibilidad. Nos enfrenta con la evidencia más incómoda: no siempre somos suficientes.
Pero allí reside precisamente su grandeza.
El triunfo rara vez enseña. Cuando ganamos, solemos atribuir el éxito exclusivamente a nuestras virtudes. La victoria embriaga. Alimenta la autocomplacencia, disfraza errores y, cuando no se administra con humildad, termina convirtiéndose en soberbia.
La derrota hace exactamente lo contrario.
Nos obliga a revisar decisiones, reconocer limitaciones, corregir caminos y volver a empezar. Es el único profesor que jamás aprueba por simpatía. Su examen siempre es riguroso y, precisamente por eso, casi siempre deja aprendizajes duraderos.
Los japoneses poseen una palabra extraordinaria: “kintsugi”. Consiste en reparar una pieza de cerámica rota utilizando oro en sus grietas. No ocultan la fractura; la transforman en parte de su belleza dándole aún más valor.
Las personas también deberían practicar ese arte. Porque perder no rompe a quien sabe reconstruirse. Lo fortalece.
El verdadero campeón no es quien jamás cae. Es quien conserva la elegancia mientras está en el suelo. La dignidad no consiste en ganar siempre; consiste en no perder jamás el respeto por el adversario, por el juego y por uno mismo.
Quizás por eso la frase “hay que saber ganar y saber perder” esté incompleta.
Saber ganar es una virtud.
Saber perder es una prueba de carácter.
Porque cualquiera sonríe cuando todo sale bien. Cualquiera levanta la cabeza cuando el mundo lo aplaude. Lo extraordinario ocurre cuando el estadio entero celebra al otro y, aun así, uno encuentra la grandeza suficiente para aplaudir también.
Las copas terminan acumulando polvo. Los récords terminan siendo superados. Los campeones cambian con el paso de los años.
Pero la forma en que una persona enfrenta la derrota permanece en la memoria mucho más tiempo que el resultado mismo.
Hay derrotas que empequeñecen.
Y hay derrotas que engrandecen.
Todo depende de comprender que perder un partido jamás debería significar perder la compostura.
Porque, al final, la victoria conquista un torneo. La derrota, cuando es asumida con nobleza, conquista algo infinitamente más difícil: el carácter.
Y ese título no lo entrega la FIFA, ni un árbitro, ni una medalla. Ese campeonato se levanta en silencio, frente al espejo, cuando somos capaces de aceptar que otro fue mejor… y aun así decidir volver a competir.
@MisColumnas
EL DILEMA DEL CRECIMIENTO
Para hablar de crecimiento económico, se requiere mucho más que ideología. Esta semana, el FMI pronosticó para el actual gobierno apenas un 1,8% de crecimiento, los mismos que criticaron al gobierno anterior por crecer un 2,5% el año 2025 y un 2,8% el 2024. Y ese 1.8% podría incluso ser menor aún con políticas mal diseñadas y un plan erróneo y carente de sustento técnico serio.
La economía tiene una mala costumbre: castiga los eslóganes y premia los datos. Sin embargo, cada cierto tiempo el debate político insiste en ignorar esa regla elemental. Basta con que aparezca una cifra de crecimiento para que surja el coro de siempre: “en los años noventa Chile crecía al 7% y hoy apenas supera el 2,5%”. La comparación suena contundente, pero económicamente es tan impropia como comparar el crecimiento de un niño de un año con el de un adulto.
En 1990, Chile era una economía de apenas 34.000 millones de dólares. El PIB per cápita rondaba los 2.500 dólares y el país recién recuperaba la democracia. Partíamos desde una base extraordinariamente baja. En ese contexto, abrir la economía, atraer inversión y expandir exportaciones generaba un efecto multiplicador enorme. No porque existiera una fórmula mágica, sino porque los rendimientos iniciales eran naturalmente elevados y la situación de partida era extremadamente baja.
Una década después, el año 2000, el PIB alcanzaba 77.000 millones de dólares y el ingreso per cápita bordeaba los USD 5.000. Fue la convergencia propia de una economía que comenzaba a integrarse plenamente al mundo.
Treinta y cinco años después, la realidad es otra. Chile produce cerca de 360.000 millones de dólares al año y el PIB per cápita se aproxima a los USD 20.000. Hoy, un crecimiento de 2,5% ocurre sobre una economía once veces mayor que la de 1990. Mientras el PIB se expandió cerca de un 1.100%, la población aumentó alrededor de un 50%.
Quienes comparan ambas épocas omiten un principio básico: las economías maduras crecen a tasas menores que aquellas que recién comienzan su convergencia. No es resignación; es evidencia empírica.
La propia OCDE creció, en promedio, un 1,7% durante 2025, muy por debajo de Chile. ¿Debemos conformarnos?, por supuesto que no. Significa que el diagnóstico debe hacerse con parámetros comparables y no mediante analogías históricas descontextualizadas.
El verdadero problema chileno no es cuánto crecemos, sino cómo crecemos.
Seguimos siendo una economía extractiva. Exportamos cobre, litio, celulosa, fruta y salmón con escaso procesamiento industrial. Mientras esa estructura no cambie, el crecimiento seguirá dependiendo de los precios internacionales y tendrá un techo difícil de romper.
El desafío no consiste en extraer más cobre, sino por ejemplo, en fabricar cables. No basta con exportar litio; debemos producir baterías, componentes tecnológicos y conocimiento. El desarrollo aparece cuando aumenta el valor agregado.
También es un error comparar a Chile con otras economías latinoamericanas como por ejemplo la peruana, usando sólo la tasa de crecimiento. Perú posee un PIB per cápita cercano a 6.700 dólares, similar al que Chile tenía hace unos 25 años. Son etapas distintas de desarrollo.
Todos queremos que Chile crezca más. Pero ese objetivo no se alcanza con nostalgia ni con comparaciones atemporales. Se logra con estabilidad institucional, inversión, productividad y una política decidida de investigación, desarrollo e innovación que transforme recursos naturales en productos de alto valor.
Seguir exportando cobre para importar cables, sería como vender uvas para comprar vino elaborado, difícilmente puede llamarse estrategia de desarrollo.
Por eso sorprende escuchar al senador Matías Walker comparar el crecimiento actual con el de hace 36 años, como si la economía chilena fuera la misma. No lo es. La historia económica tiene etapas, y entenderlas es el primer requisito para debatir con seriedad.
@MisColumnas
El debate sobre el SAE nunca ha sido la "tómbola". El verdadero problema es que hay más familias que quieren entrar a ciertos colegios que cupos disponibles.
La pregunta no es si los padres pueden elegir —porque ya eligen—, sino quién elige cuando la demanda supera la oferta: ¿un algoritmo con reglas iguales para todos o cada colegio según sus propios criterios?
Matamala
EL FIN DEL ESFUERZO
“El que madruga…duerme menos”.
Hace algunos años, cuando alguien quería destacar, la receta parecía sencilla: trabajar más que los demás.
Estudiar más horas. Leer más libros. Llegar antes. Irse después. Sacrificarse mientras otros descansaban. No era una garantía de éxito, pero sí una ventaja competitiva razonable.
Durante siglos, el esfuerzo fue una moneda universal. Un agricultor obtenía más cosecha trabajando más tierra. Un comerciante vendía más recorriendo más caminos. Un estudiante aprendía más dedicando más horas al estudio.
La relación entre esfuerzo y resultado era imperfecta, pero visible.
Hoy esa relación comienza a cambiar.
Por primera vez en la historia, una persona puede multiplicar su productividad sin aumentar proporcionalmente su trabajo. Un profesional apoyado por inteligencia artificial puede realizar en una tarde tareas que antes requerían semanas. Un emprendedor puede diseñar un producto, redactar una campaña publicitaria, analizar un mercado y construir una página web prácticamente solo y en tiempo récord.
No porque se haya vuelto más inteligente, sino, porque dispone de herramientas más inteligentes.
Y aquí aparece una pregunta incómoda.
Si dos personas obtienen el mismo resultado, pero una de ellas necesitó diez veces más esfuerzo para alcanzarlo, ¿seguimos valorando el esfuerzo o comenzamos a valorar el resultado?
La pregunta no es menor, porque el esfuerzo posee una dimensión moral. Nos gusta creer que quien más se sacrifica merece más recompensas. Nos enseñaron desde pequeños que el trabajo duro siempre tiene premio. Admiramos al que madruga, al que persevera, al que insiste.
Pero la historia económica rara vez ha sido tan simple.
Los tractores no premiaron a quienes araban mejor con caballos. Internet no favoreció a quienes consultaban más enciclopedias. Las calculadoras no distinguieron entre quienes hacían operaciones mentales más rápido.
La tecnología nunca ha recompensado el esfuerzo en sí mismo. Ha recompensado la adaptación.
La inteligencia artificial está acelerando ese fenómeno a una velocidad inédita.
Muchos siguen creyendo que la competencia consiste en correr más rápido. Tal vez el verdadero desafío sea elegir correctamente hacia dónde correr.
Un estudiante que memoriza información puede ser superado por otro que sabe formular preguntas. Un ejecutivo que trabaja dieciséis horas diarias puede generar menos valor que alguien que automatiza procesos. Un escritor puede pasar meses elaborando un texto que otro desarrolla en días apoyado por nuevas herramientas.
La diferencia ya no está necesariamente en la cantidad de energía invertida. Está en la calidad de las decisiones.
Y eso modifica profundamente nuestra forma de entender el mérito. Lejos de significar el fin del trabajo, estamos presenciando el fin de una creencia: la idea de que el esfuerzo, por sí solo, basta.
Las máquinas están comenzando a competir en aquello que antes exigía disciplina, repetición y tiempo. Pero siguen siendo deficientes en aquello que nos hace genuinamente humanos: la imaginación, la intuición, la creatividad, el juicio y la capacidad de encontrar sentido donde otros sólo ven datos.
Paradójicamente, mientras más inteligentes se vuelven las máquinas, más valiosas se vuelven las cualidades humanas.
Quizás el futuro no pertenezca a quienes trabajen más horas.
Quizás pertenezca a quienes hagan mejores preguntas.
A quienes detecten oportunidades invisibles.
A quienes sepan combinar ideas que nadie había relacionado antes.
Y quizás, después de todo, eso no sea una tragedia.
Porque si la tecnología logra liberarnos de parte del esfuerzo mecánico, repetitivo y rutinario, podremos dedicar más tiempo a aquello que siempre ha impulsado el progreso humano: pensar, crear, imaginar y soñar.
Tal vez no estamos viendo el fin del esfuerzo. Tal vez estamos viendo el nacimiento de algo más importante.
El valor de la inteligencia aplicada con propósito.
@MisColumnas
🐭 El presidente propuso un "resort para chinchillas" como solución a una línea de transmisión bloqueada.
Tres científicos respondieron lo que el chiste ignoró ↓
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