Cada vez me preocupa más la crueldad que se ve entre niños y adolescentes en las aulas. No aparece de la nada. Cuando faltan padres con una moral clara, profesores respaldados en su autoridad y adultos capaces de enseñar que existen el bien, el mal, el deber y el límite, otros modelos ocupan irremediablemente ese vacío: la fuerza, la burla y la soberbia.
Por eso me lleva a la locura leer en internet aquello de «que vuelva el bullying» o cualquier intento de blanquearlo. Sí, hay niños desencaminados, niños que se comportan mal, niños distintos y niños que simplemente no encajan. Nada de eso convierte en aceptable humillarlos, aislarlos o ensañarse con ellos.
Cristo manda: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo» (Mt 22,39). Cuando el hombre se aparta de Dios, también puede desordenarse el amor que se debe a sí mismo: ya no se reconoce como criatura, sino que se coloca en el centro. De ahí nacen fácilmente la soberbia y la dictadura del yo. Y muchas veces esa falta de verdadero amor termina descargándose precisamente contra el más débil, el más tímido o el que está solo.
Hay una pregunta terrible que muchos niños se hacen: «¿Por qué sufro si no he hecho nada malo? ¿Por qué me atacan si intento ser bueno?». El sufrimiento no demuestra culpabilidad. A Cristo, siendo inocente, lo insultaron, lo humillaron, lo golpearon y finalmente lo crucificaron. Y Él mismo llamó bienaventurados a quienes padecen persecución por causa de la justicia (cf. Mt 5,10-12).
Pero esto no convierte el abuso en algo bueno ni autoriza a los adultos a mirar hacia otro lado. La cruz cristiana jamás puede utilizarse para justificar la cobardía ante una injusticia. Padres y profesores tienen el deber de proteger al niño, corregir al agresor y restablecer el orden.
A quienes sufrís algo así: no permitáis que la maldad ajena os convierta también en personas llenas de odio. Pedid ayuda, defended la verdad y permaneced cerca de Dios. Incluso del sufrimiento que Él permite puede sacar un bien y acercarnos más a Él.
Amad también en la adversidad. Pero llamad al mal por su nombre.
Defended a los débiles, a los inocentes, a los niños.
Aunque seas Superman, hay cosas que no se delegan.
Henry Cavill con las manos vacías, su pareja empujando sola la carriola, el bebé y el bolso.
No es obligación, es ser equipo.
En los detalles chiquitos se nota todo.🫰🏼 🥰🫠
El pene pequeño en la estatuaria clásica. Un asunto más complejo de lo que parece.
El Doríforo de Policleto, que conocemos por copias romanas en mármol y que durante siglos se tuvo por el canon mismo de las proporciones del cuerpo masculino, lleva unos genitales a simple vista desproporcionados. Un trabajo de grado presentado en la Universidad de Copenhague en 2018 tomó proporciones sobre estatuaria clásica y confirmó que están muy por debajo de la media real.
La explicación que más se escucha desde hace décadas apunta al autocontrol. Aristófanes, en 'Nubes' (representada en el 423 a. C., aunque el texto que conservamos es una revisión posterior que quizá nunca llegó a las tablas), pone en boca del Argumento Justo lo que el muchacho bien educado sacará del entrenamiento antiguo: pecho lustroso, piel clara, hombros anchos, lengua corta, nalgas fuertes y el miembro pequeño. Kenneth Dover levantó sobre materiales de esta clase la lectura estándar, el pene pequeño como emblema de la 'sophrosyne', la templanza que ordena al ciudadano frente al apetito que domina al bárbaro y a la bestia.
La escultura, sin embargo, cuida el prepucio con mucha más atención que el tamaño del miembro. Los griegos manejaban un vocabulario anatómico preciso para una zona que a nosotros nos resulta menos diferenciada: 'posthe' era el prepucio, 'akroposthion' la porción tubular que rebasa el glande y termina en el orificio, y 'lipodermos' el glande descubierto, tenido por condición patológica y tratado como tal por los médicos. Rufo de Éfeso dejó por escrito la nomenclatura y Galeno llamó al prepucio uno de los ornamentos más útiles del cuerpo ('De usu partium' 11.13). Lo que la cerámica muestra en las figuras hermosas, según midió el propio Dover, son prepucios que llegan a ocupar tres cuartas partes de la longitud del pene, largos y afilados en punta.
De ahí la 'kynodesme', atadura de perro: una correa fina de cuero enrollada al 'akroposthion' que tiraba del miembro hacia arriba y se fijaba a la cintura o se anudaba sobre sí misma. Aparece con frecuencia en atletas y en comastas, y el léxico de Focio la explica como el cordón con que se atan el prepucio quienes al desnudarse se deshonrarían. Llevada de continuo, la tracción alargaría el tejido de forma permanente, con lo que el ideal resultaba además alcanzable por vía mecánica.
La contraprueba está en quién aparece dotado. Los sátiros van con penes enormes y el glande al aire, y los esclavos y bárbaros igual. En una tablilla corintia se representó a un esclavo circuncidado con un miembro descomunal y el glande pintado de negro, y en la cerámica ática los sacerdotes egipcios exhiben penes gruesos y circuncidados junto a un Heracles de prepucio largo y afilado.
El asunto tuvo consecuencias que desbordan la estética. La circuncisión quedó asociada a lo bárbaro y lo servil, y el gimnasio, donde se entrenaba desnudo, la convertía en estigma visible. El primer libro de los Macabeos recoge que, levantado un gimnasio en Jerusalén, hubo judíos helenizados que se rehicieron el prepucio y abandonaron la alianza (1 Mac 1, 14-15); Celso describiría siglos después la operación con todo detalle quirúrgico ('De medicina' 7.25.1).
La lectura sigue discutida. Un trabajo reciente objeta que un pene flácido de tamaño corriente ya bastaría para transmitir contención, y propone en su lugar un desnudo desactivado, apto para el espacio público que frecuentaban mujeres y niños, mientras lo explícito quedaba confinado al simposio. La objeción me parece sólida y la alternativa floja. El marco general de Dover, heredado por Foucault, lleva veinte años cuestionado desde que James Davidson lo acusó de reducir el erotismo griego a la penetración, aunque su propia propuesta recibió también críticas muy duras.
El material apunta a algo que la lectura moral suele omitir y es que el atleta que entra desnudo en la palestra va tan sometido a convención como el que entra vestido, con una anatomía prescrita hasta el último detalle, incluido ese trozo de piel al que nosotros poca importancia le damos.
@Siiilviaaaaa Nada que ver una cosa con la otra pero siempre es bueno el trauma con los hombres, y de lo que mencionas de lo único que sí es verdad es que la endometriosis no ha sido estudiada como se debe, lo demás no sé sino investigas y hablas por hablar.