No es efectivo que el @gorearaucania haya comprometido recursos para el plan de subsidios al empleo, como afirmó el ministro @DanielMasValdes. No ha existido conversación ni compromiso alguno. Le solicito rectificar públicamente.
El empleo es un tema demasiado sensible para las familias de nuestra región como para anuncios sin respaldo. Estamos siempre disponibles para dialogar con el Gobierno, pero de manera seria y responsable.
EL ESTÚPIDO ILUSTRADO
Siempre ha existido el estúpido.
Lo novedoso de nuestro tiempo es que ahora tiene micrófono, redes sociales, asesores de imagen y, en ocasiones, un cargo público.
Reconocer a un estúpido suele ser sencillo. Podemos equivocarnos una vez, incluso dos. La prudencia aconseja conceder el beneficio de la duda. Pero el estúpido posee una virtud extraordinaria: siempre vuelve para despejar cualquier incertidumbre. Allí donde el observador vacila, él reaparece con una nueva declaración, una nueva ocurrencia o una nueva demostración de incompetencia para confirmar el diagnóstico.
La política moderna parece haberse convertido en una reserva natural para esta especie. Uno imaginaría que el ejercicio del poder exigiría cierto grado de preparación, cultura general, capacidad analítica o, al menos, la humildad suficiente para reconocer los propios límites. Sin embargo, con frecuencia ocurre exactamente lo contrario. La ignorancia se exhibe con orgullo y la superficialidad se presenta como valentía.
El problema no es el ignorante. Todos ignoramos miles de cosas. El problema es el ignorante convencido de su genialidad.
Ahí aparece el célebre efecto Dunning-Kruger, ese fenómeno psicológico según el cual quienes menos saben suelen sobreestimar de manera grotesca sus capacidades. Es una especie de milagro estadístico: mientras más vacío está el estanque, más ruido produce el agua.
El estúpido ilustrado no sólo desconoce sus limitaciones. Ha construido una identidad completa alrededor de la idea de que es excepcional. No le basta con opinar sobre todo; necesita convencerse de que sus opiniones son superiores a las de cualquiera. Se considera un incomprendido, una mente brillante atrapada en un mundo incapaz de apreciar su grandeza.
Por eso abundan los personajes que se autoproclaman genios. Algunos exhiben supuestos coeficientes intelectuales estratosféricos con la misma naturalidad con que otros muestran fotografías de sus vacaciones. Parecen creer que la inteligencia es una medalla que se cuelga al cuello y no una capacidad que se demuestra mediante argumentos, conocimiento y resultados.
Lo curioso es que la inteligencia genuina suele ser discreta. Los verdaderamente brillantes acostumbran a convivir con la duda. Entienden la complejidad de los problemas y saben cuánto desconocen. El farsante intelectual, en cambio, tiene respuestas para todo. Puede hablar de economía, filosofía, relaciones internacionales, física cuántica y cultivo de cerezas con idéntica seguridad. Su confianza es inversamente proporcional a su competencia.
Carlo Cipolla, en su célebre teoría de la estupidez humana, describió al estúpido como aquel que perjudica a otros mientras se perjudica a sí mismo. Es una definición elegante porque elimina cualquier componente ideológico. El estúpido puede ser de izquierda o de derecha, joven o viejo, académico o autodidacta. Su rasgo distintivo no es lo que piensa, sino el daño que produce.
Y el daño suele ser enorme. Porque el malvado, al menos, persigue un beneficio racional. El incompetente puede corregirse. El ignorante puede aprender. Pero el estúpido posee una resistencia casi sobrenatural a la evidencia. Fracasa y concluye que tenía razón. Se equivoca y culpa a los demás. Choca contra el muro y acusa al muro de haberse atravesado en su camino.
Quizás por eso la estupidez resulta tan fascinante. No porque sea escasa, sino porque es inagotable. Siempre encuentra nuevas formas de manifestarse. Siempre logra sorprendernos.
Y cuando creemos haber contemplado su máxima expresión, aparece algún iluminado dispuesto a recordarnos que los límites de la inteligencia existen, pero los de la estupidez parecen infinitos.
@MisColumnas
Presidente Kast sostiene que el turismo en La Araucanía está frenado por la violencia, pero los datos oficiales de Sernatur e INE dicen otra cosa: las llegadas de turistas extranjeros se duplicaron, pasando de 166 mil en 2023 a 328 mil en 2024; las pernoctaciones crecieron un 46% en enero de 2025; y el empleo turístico subió un 33,8%. A esto se suma que Pucón fue nominado como Mejor Destino Regional de Turismo Aventura en los World Travel Awards, y que Chile ganó el título mundial en esa categoría. La Araucanía vive uno de sus mejores momentos turísticos en décadas. Los hechos por sobre el relato.
Porque en Chile no se honra a un Carlos Condell triunfador al mismo nivel que al caído Arturo Prat? creo que desde esa época este país se acostumbro al concepto de glorificar los triunfos morales. Nunca olvidar al marino Victorioso de un 21 de mayo: el gran Carlos Condell
Hoy nuevamente se desplegará el tifo de Galvarino en la galería Ñielol. Si todavía no te convenciste de ir al estadio, aún estás a tiempo de ir a ver en directo esta maravilla.
El exembajador de Chile en China Luis Schmidt relata las presiones de EEUU para bloquear inversiones chinas en nuestro país.
“Si el Pdte Piñera hubiera cerrado el trato con China, ya tendríamos el cable submarino de fibra óptica funcionando. Pero no se cerró porque hubo una presión muy fuerte de EEUU
(…)
cuando China ganó la licitación internacional para hacer los pasaportes, EEUU amenazó con terminar visa waiver, y se sacó la licitación”
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LO QUE IMPORTA
EP 10 La hora de China 🇨🇳
MARVEL NOS MINTIÓ
La degradación del mal.
Marvel —y DC, para ser justos— nos educaron mal. Nos hicieron creer que el mal era sofisticado. Que el villano, antes de ser monstruoso, debía ser brillante. Lex Luthor no era un matón con delirios de grandeza: era un genio corporativo, un estratega frío, un cerebro capaz de mirar a Superman a los ojos sin parpadear. Doctor Doom no gritaba consignas: citaba a Newton mientras conquistaba países. Magneto no era un improvisado con rabia: dominaba la física, la historia, la filosofía y la tragedia moral. Incluso el Duende Verde, trastornado hasta la médula, sabía sumar, invertir y planificar.
Crecimos convencidos de que el mal exigía talento. Que para desafiar a Spiderman, a los X-Men o a los Cuatro Fantásticos había que tener algo más que odio y micrófono. Que el villano, aunque despreciable, debía ser digno. Respetable en su inteligencia. Temible por su capacidad. El mal era oscuro, sí, pero nunca torpe. Podía ser cruel, despiadado, inhumano… pero jamás estúpido ni banal.
Y entonces crecimos. Y salimos al mundo real.
Lo que encontramos fue otra cosa. Un mal sin doctorado. Villanos con suerte con primaria completa y algo más. Dictadores que confunden geopolítica con nostalgia imperial. Presidentes que creen que gobernar es hacer performance. Líderes que improvisan políticas públicas como si fueran chistes de sobremesa. Mandatarios que balbucean conceptos, leen con dificultad, se contradicen en la misma frase y llaman “estrategia” a la ignorancia presentada en PowerPoint. Sobre sus retóricas ni hablar, exordios vacíos llenos de ignorancia. Estúpidos con poder.
Hoy los villanos no construyen rayos láser: construyen frases incoherentes. No dominan el magnetismo: dominan el ridículo. No planean conquistas cósmicas: planean invasiones sin mapas, sin argumentos y sin vergüenza. Ya no citan a Maquiavelo, nos informan que murió; citan memes. Ya no tememos su genialidad, sino su alarmante incapacidad para comprender el mundo que pretenden dominar.
Antes, el mal tenía estética, narrativa y ambición. Tenía capas, símbolos, laboratorios ocultos y planes a veinte años. Hoy tiene motosierras, gorritas rojas, escudos con estrellas, consignas gritadas, un tuit fijado y una obsesión patológica por ser tendencia, e incluso hasta poseen una red social propia. Villanos de cartón piedra, inflados por cámaras, sostenidos por aduladores y derrumbados por la más mínima pregunta incómoda.
El problema no es sólo que sean malos. Eso siempre lo fueron. El verdadero drama es que son mediocres. Y la mediocridad en el poder no es épica: es peligrosa. El villano inteligente podía ser derrotado con ingenio. El villano idiota arrasa por error, por impulso y por ignorancia. No destruye por maldad estratégica, sino por torpeza reiterada.
Marvel nos prometió antagonistas colosales y nos entregó una temporada interminable de bufones con ínfulas de tiranos. Nos entrenaron para temer al genio del mal y terminamos gobernados —o amenazados— por caricaturas que no pasarían un casting para ser extras en un comercial.
Quizás por eso hoy no preguntamos quién es el villano, sino cuánto daño puede hacer antes de equivocarse de botón.
Porque el mal, cuando deja de ser brillante, no se vuelve menos peligroso.
Solo se vuelve más triste.
Y, para nuestra desgracia, mucho más real. @MisColumnas
Importante reflotar este video a propósito de los nuevos antecedentes conocidos.
- “No te vai a arrepentir Matias, haznos caso”
-“Te voy a acompañar Rafa”
Resultado: la reforma a los Notarios y Conservadores fue una reformita. El negocio no se tocó.
LA MARCA COMO MÁSCARA, ESPEJO Y REFUGIO.
En el vasto teatro social donde todos actuamos, la marca ocupa un rol tan silencioso como decisivo. No es sólo un logotipo ni un nombre impreso en una etiqueta: es un relato condensado, una promesa simbólica, un espejo donde las personas buscan reflejar la versión editada de sí mismas. La marca, en su esencia más profunda, no vende productos; vende significados. Y esos significados se incrustan en la mente humana con una precisión casi quirúrgica.
Existen tipologías de clientes que orbitan este universo simbólico. Está el usuario funcional, que busca calidad, estándar y previsibilidad; para él, la marca es un atajo cognitivo, un mecanismo de prevención contra la mala experiencia. Confía porque sabe que otros ya han confiado. La marca reduce ansiedad: es un reaseguro emocional. Luego aparece el consumidor identitario, aquel que no compra un objeto, sino un espejo. Para este grupo, la marca es lenguaje: comunica pertenencia, aspiración o diferenciación. No adquiere un reloj o un bolso; adquiere la historia que éstos cuentan.
Y en las capas más externas —pero no menos influyentes— viven los clientes aspiracionales, gobernados por el snobismo y el arribismo. Son quienes ven en la marca un trampolín simbólico, un atajo para suplir carencias reales. La publicidad les promete no solo un producto, sino la ilusión de un yo mejorado. En ellos, la marca opera como prótesis emocional: les presta un prestigio que sienten no poseer por sí mismos. Exhiben el logo como trofeo, como si el objeto pudiese ratificar un mérito aún no conquistado.
La publicidad, astuta y sutil, ha entendido que el ser humano no compra por necesidad, sino por narrativa. Detrás de cada logo existe un guion emocional: seguridad, exclusividad, trascendencia, rebeldía o incluso banalidad glamorizada. Las marcas construyen microficciones que prometen aliviar vacíos, reafirmar identidades y apaciguar inseguridades. Y las personas, mientras más frágil su autoconcepto, más tienden a refugiarse en esos relatos prestados.
Sin embargo, no todo es impostura. Hay elecciones marcarias que sí se justifican: cuando la calidad es probada, cuando la innovación es real, cuando la marca simplifica la vida o mejora la experiencia. La búsqueda de excelencia no es vanidad; es criterio. Lo inocuo surge cuando la marca deja de ser herramienta y se convierte en disfraz. Cuando el objeto se vacía de utilidad y sólo queda el logotipo como bandera de una autoestima lastimada. Allí, el consumidor deja de representarse a sí mismo y delega su identidad a la etiqueta.
Quienes usan la marca como fanfarronería suelen esconder lo mismo: miedo. Miedo a ser ordinarios, a no ser vistos, a no pertenecer. La marca se vuelve entonces un escudo, una voz que habla por ellos porque la propia les parece insuficiente. En el fondo, la ostentación es un grito silencioso: “Mírenme, existo”.
La sociología y la psicología coinciden en una conclusión: no consumimos objetos, consumimos significados. Y mientras el individuo no resuelva su propio relato interno, seguirá buscando en la marca aquello que la marca nunca podrá entregar: identidad auténtica. Porque la verdadera distinción —la única que no caduca— jamás ha cabido en una etiqueta, sino en la solidez interior de quien no necesita exhibirla. @MisColumnas
Saffirio revela auditoría en GORE Araucanía: Detectan $80 mil millones sin rendición y acusa “crimen organizado” #CNNChileRadio
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