"El ave muerta, entonces, no es solo un accidente biológico: es también el síntoma de una cultura que ha aprendido a convivir con la pérdida sin interrogar sus causas"
Por Rommel Ríos-Ruz https://t.co/Y8Xe2urA0O
"La ética debe ser el eje rector: un conjunto de principios morales que guíen decisiones individuales, empresariales y regulatorias"
Por Rommel Ríoz-Ruz https://t.co/db5ZTYLBzc
"Los gritos ya existen, lo que necesitamos es la valentía para convertirlos en llamados que nos guíen hacia una educación más humana"
Por Rommel Ríoz-Ruz
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CUANDO EL SILENCIO SE VUELVE GRITO
Crónica de un fracaso colectivo.
Hay tragedias que no solo duelen: interpelan. Lo ocurrido en un colegio de Calama no es únicamente un hecho policial, ni siquiera un episodio aislado de violencia. Es, ante todo, una fractura humana profunda. Una mujer —María Victoria Reyes, madre, trabajadora, parte de una comunidad— pierde la vida en el lugar donde debía resguardarse la convivencia y el cuidado. Y un joven de 18 años cruza un umbral definitivo, arrastrando consigo no sólo su destino, sino el de todos quienes quedan orbitando ese acto.
A la familia de María Victoria, cualquier palabra resulta insuficiente. El dolor que enfrentan no admite consuelo fácil ni explicación tranquilizadora. Sólo cabe el respeto, la contención silenciosa y el reconocimiento de una pérdida irreparable. Porque hay ausencias que no se llenan: se aprenden a llevar.
Pero tras el impacto, emerge la pregunta inevitable. ¿Qué ocurrió antes de ese instante? ¿Qué proceso íntimo, oscuro y sostenido, llevó a un joven a planificar, a escribir, a anticipar la violencia como destino?
Sabemos que no fue un impulso súbito. Hay indicios de preparación, de aislamiento, de una interioridad que se fue cerrando sobre sí misma. Cuadernos donde se bosqueja el daño, silencios que nadie descifra a tiempo, conductas que se normalizan hasta volverse invisibles. Y entonces la violencia deja de ser una irrupción inesperada y comienza a parecerse, inquietantemente, a una consecuencia.
Aquí no hay una sola falla. Hay un entramado. La familia, el colegio, las instituciones. Todos aparecen, de algún modo, en el espejo incómodo de lo que no se hizo, de lo que no se vio o no se quiso ver. No siempre por negligencia deliberada, sino por algo más sutil y más peligroso: la habituación al deterioro. Nos acostumbramos a señales débiles, a jóvenes que se aíslan, a malestares que no estallan… hasta que lo hacen.
Y sin embargo, incluso en ese entramado, hay una decisión final que es individual e irreparable. En ese instante, el joven no sólo arrebata una vida inocente: también clausura la propia. Porque después de un acto así, no hay retorno posible a la normalidad. Sólo queda una existencia marcada por la violencia que eligió ejercer.
Lo más inquietante es lo que viene después. La reacción inmediata: autoridades que llegan, declaraciones, medidas urgentes, protocolos que se revisan. Se habla de pórticos, detectores de metales, de seguridad reforzada, de respuestas visibles. Todo necesario, sin duda, pero insuficiente si no se aborda lo esencial: lo que ocurre antes, mucho antes, en la intimidad de una vida que se desmorona sin testigos.
Porque el riesgo no siempre es estridente. A veces es silencioso, persistente, casi imperceptible. Se manifiesta en el aislamiento, en la desconexión emocional, en la pérdida de sentido. Y ahí, en ese territorio difuso, es donde la sociedad suele llegar tarde.
Esta tragedia no puede convertirse en una más dentro de una secuencia de conmoción y olvido. No puede diluirse en el ciclo habitual de indignación, diagnóstico superficial y posterior indiferencia. Hay aquí una señal, dura pero clara: estamos mirando los efectos, pero seguimos esquivando las causas.
Tal vez lo verdaderamente urgente no sea sólo reforzar la seguridad, sino reconstruir el tejido humano que la hace innecesaria. Volver a mirar con atención, a escuchar con disposición, a intervenir con responsabilidad. Entender que prevenir no es controlar, sino comprender a tiempo.
Porque cuando un joven convierte su dolor en violencia, no solamente fracasa él. Fracasa, en algún punto, todo lo que debió sostenerlo.
Y ese es el silencio que, si no lo enfrentamos, siempre termina por convertirse en grito.
@MisColumnas
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