ENTREVISTA | Marcel por pérdidas en el Fondo E: "El comunicado de la Asociación de AFP insiste en tratar el tema como uno de cartera, sin hacerse cargo de decisiones que tomaron"
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¡Octubrista a mucha honra!
Y no vengan a decir que "no sirvió para nada", porque Chile sí cambió, y para siempre.
Hoy todos tenemos conciencia plena del otro, ya no existen márgenes invisibles. Y esta nueva realidad social, que puede ser difícil, siempre será un buen comienzo.
Escena cuando Juan Herrera le confiesa a su hija Claudia, que pertenecía al FPMR, que el fue partidario de la UP porque era pobre y se tenían esperanzas de un mundo mejor con el Compañero Presidente. Emblemática parte de los 80's.
CARTA ABIERTA AL SENADOR JAVIER MACAYA
Senador Macaya: @javiermacaya
Su declaración sobre la gratuidad universitaria merece una condena intelectual y moral. Preguntarse qué sentido tiene financiar la educación superior si los jóvenes no encuentran trabajo revela una concepción profundamente clasista de la sociedad. Más grave aún cuando proviene de quien legisla para millones de ciudadanos. Y para que no quede duda alguna, me refiero a usted.
Su argumento encierra una perversidad extraordinaria: como el mercado laboral no ofrece suficientes oportunidades, la solución sería cuestionar el acceso a la universidad. Aplicando semejante genialidad, si las políticas sanitarias consiguieran reducir las enfermedades, deberíamos dejar de formar médicos; y si disminuyeran los delitos, suspender la formación de policías. Una lógica deslumbrante: castigar el éxito de una política pública eliminando precisamente aquello que contribuye a sostenerlo.
La educación superior no es una fábrica de empleados. Produce conocimiento, pensamiento crítico, investigación y tecnología. Reducirla a una oficina de colocaciones laborales demuestra una pobreza conceptual alarmante.
Según la OCDE, en promedio, los adultos con educación terciaria obtienen ingresos alrededor de un 54% superiores a quienes completaron la educación secundaria superior. También presentan mayores tasas de empleo. Ningún título garantiza empleo; estudiar amplía oportunidades.
Corea del Sur no escapó de la pobreza manteniendo ignorante a su población. Singapur no se transformó en una economía avanzada preguntándose si convenía educar a sus ciudadanos antes de ofrecerles empleo. Hicieron precisamente lo contrario.
Pero su declaración plantea una pregunta incómoda: ¿recomendaría usted semejante austeridad educativa a los hijos de las familias más ricas de Chile? ¿O esa peculiar recomendación está reservada para quienes necesitan la gratuidad para ingresar a la universidad?
Porque ahí aparece el verdadero problema. Cuando los acomodados estudian, hablamos de inversión en capital humano. Cuando estudian los pobres, algunos comienzan a preguntarse cuánto cuesta mantenerlos en las aulas. Curiosa igualdad de oportunidades: para unos, la universidad es un derecho; para otros, un gasto prescindible.
La gratuidad no es una limosna estatal. Es un instrumento de justicia distributiva que reduce barreras económicas históricas. Sin ella, el patrimonio familiar pesaría más que el talento.
Cuando un joven de origen humilde se convierte en médico, ingeniero, profesor o científico, no solamente transforma su vida. Fortalece a su familia, su comunidad y al país.
Lo escandaloso no es que existan profesionales desempleados. Es que existan autoridades como usted capaces de utilizar ese desempleo como argumento contra su educación. Chile necesita innovación, productividad y mejores empleos. Esa responsabilidad corresponde a las políticas públicas y al sector productivo, no a los jóvenes que aspiran a superarse.
Su razonamiento dibuja una sociedad inquietante: universidades para quienes pueden pagarlas y expectativas modestas para quienes nacieron sin fortuna. Es la vieja fantasía oligárquica de una sociedad estratificada, donde el apellido abre puertas que el talento encuentra cerradas.
Usted puede discutir legítimamente el financiamiento, la calidad y la pertinencia de las carreras. Lo inadmisible es confundir una crisis laboral con un exceso de educación. La educación no garantiza movilidad social, pero es una herramienta estructuralmente fundamental.
El desarrollo exige ciudadanos educados, no súbditos agradecidos. Y el siglo XXI necesita universidades abiertas, no mentalidades encerradas en el siglo XIX.
Porque el problema de Chile no es que sus pobres estudien demasiado. Es que todavía existen quienes parecen considerar peligroso que estudien tanto como los ricos.
Atte.,
@MisColumnas