@GabrielBoric por favor sale pronto, debes decir algo plisss, necesito a alguien que pare todo lo que está pasando y tú eres nuestro guía, estamos a la deriva!
🔎 #FactChecking | Se difundió en X que supuestamente @Cooperativa habría publicado una nota cuyo titular afirma que @El_Ciudadano sería un medio entrenado por Rusia para difundir noticias falsas sobre la derecha. Fast Check calificó esto como ❌#Falso, pues el medio nunca publicó un artículo con dicha información.
No te quedes solo con esta bajada 👇
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Metieron el humo de un solo neumatico quemándose dentro de una bolsa gigante. "Uno"
Cuando ves cuánto se llena entiendes algo que nadie quiere aceptar...
LA GENERACIÓN QUE LLEGÓ TARDE A SU PROPIO FUNERAL
La política siempre deja generaciones extraviadas en la cuneta de la historia, pero hay algunas que no sólo se pierden: se niegan a aceptar que ya no hay camino. En Chile, la postdictadura fue una larga sala de espera donde muchos envejecieron convencidos de que el turno llegaría por simple derecho de antigüedad, como si la democracia fuera un escalafón administrativo y no una lucha despiadada por el sentido del tiempo.
Tras 1990 regresaron los sobrevivientes ilustres. Los próceres reciclados. Aylwin, Lagos, Frei, los Escalona, los Arrate y otros fantasmas lustrosos del período predictadura reclamaron sus asientos con la autoridad de quien volvió del exilio o del silencio. Llenaron el Congreso de apellidos conocidos, de memorias glorificadas, de una épica que ya no dialogaba con el presente, pero que todavía imponía respeto. Era comprensible. Venían de la noche larga y creían, con algo de razón, que la historia les debía algo.
Luego vino la segunda fila. La generación entrenada. Aquellos que hicieron pasantías interminables en los gobiernos de la Concertación, convencidos de que la presidencia era un premio a la perseverancia. Hoy rondan entre los 50 y los 65 años. Ximena Rincón, Carlos Maldonado, Matías Walker, Mariana Aylwin, Andrés Jouannet, Jaime Mulet y otros nombres que aprendieron el oficio con paciencia monástica. Esperaban su momento como quien aguarda una coronación anunciada, seguros de que el reloj jugaba a su favor.
Pero la historia no pidió permiso.
El Frente Amplio irrumpió como un codazo en el área. Jóvenes formados en la democracia, sin deudas con la transición ni reverencias con el pasado. Y cuando uno de los suyos llegó a La Moneda, la lápida quedó sellada. Porque la política no rescata cadáveres: los pisa, los cubre y sigue caminando. No hay marcha atrás, no hay revancha generacional. Hay reemplazo.
Lo que siguió fue patético. Desorientados, ofendidos, incapaces de leer el cambio de ciclo, algunos decidieron fundar iglesias nuevas para fieles que ya no existían. “Amarillos”, como si el nombre pudiera disimular la derrota. Luego “Demócratas”, como si la palabra bastara para convocar multitudes. Carlos Maldonado destacó en ese peregrinaje errático: un político que confundió experiencia con vigencia y terminó predicando en templos vacíos, siempre con el dedo acusador apuntando al Frente Amplio, como si la culpa de su inoperancia fuera ajena y no consecuencia de su propia obsolescencia.
Cuando no quedó nada, cruzaron la calle. El corrimiento a la derecha no fue ideológico: fue emocional. Rincón, Maldonado y sus cofrades jamás perdonaron a Boric y los suyos, no por gobernar mal o bien, sino por algo imperdonable: volverlos innecesarios. Y así, paso a paso, como peones desesperados en el tablero, avanzaron hacia la derecha tradicional, luego hacia la derecha dura, y finalmente hacia la derecha extrema, esperando que alguien les ofreciera una silla en la galería, aunque sea al fondo, aún cerca de la salida.
Pero tampoco allí hubo salvación. Porque la derecha chilena también envejeció mal. Esa derecha de la dictadura quedó anclada en la nostalgia del orden autoritario, confundió experiencia con inmovilidad y liderazgo con apellido. Matthei fue la prueba final: derrota amplia, sin épica, sin futuro. La confirmación de que la fosilización política no distingue colores ni biografías.
Hoy, esa generación no está perdida: está resentida, dolida, y aún respira por la herida. Perdió el rumbo porque nunca entendió que la política no es una fila, sino una ola. Y las olas no esperan. Arrasan.
Rincón y Maldonado están allí, jugando en los estertores de la política que agoniza, esa que abandonó la poca decencia que un día tuvo, y como estudiantes en práctica están en la fila esperado una pasantía en el nuevo gobierno, porque en el periplo de la política acomodaticia, no hay valores ni dignidad, sólo ubicuidad y temor a la irrelevancia. @MisColumnas