CARTA ABIERTA A LA MINISTRA XIMENA LINCOLAO.
Sra. Ministra: @MinLincolao
No es la primera misiva abierta que le dirijo, y seguro, no será la última.
Usted acaba de aportar una sorprendente frase: profesores y profesionales de humanidades podrían reinventarse como vendedores o trabajar en servicio al cliente.
Extraordinario.
Siglos construyendo universidades para descubrir que el destino del humanista estaba entre la caja y el mesón de informaciones.
Así, un profesor de Filosofía podría cambiar a Kant por la garantía extendida; uno de Literatura, a Cervantes por el manejo de inventario; el historiador abandonar la Revolución Francesa para explicar el Cyber y el lingüista aplicar semántica preguntando: “¿Desea agregar un seguro?”.
Hablar de reconversión laboral no es escandaloso. La tecnología destruye ocupaciones y crea otras. Lo inquietante es que la ministra del conocimiento reduzca una disciplina académica al empleo comercial que consiga quien la decidió estudiar.
Más curioso aún porque usted estudió Pedagogía en Castellano y Filosofía. Cuando recomienda a humanistas convertirse en vendedores, podría predicar con el ejemplo. Tal vez sea el nuevo concepto de transferencia tecnológica: del aula al retail sin escalas.
Su frase tampoco cae del cielo. Hace pocos días su ministerio modificó Fondecyt Postdoctorado 2027, concentrando el 70% de los recursos en áreas supuestamente prioritarias. El CRUCH advirtió riesgos para la diversidad disciplinaria e internacionalización. También se cuestionó exigir residencia definitiva a investigadores extranjeros.
Ahora entendemos el ecosistema: si una disciplina no coincide con la prioridad gubernamental, siempre queda Servicio al Cliente.
El problema, ministra, no es Falabella, Ripley ni un call center. Son trabajos dignos. Lo ofensivo es imaginar que años de formación intelectual encuentran allí su reconversión natural. Un profesor no es un vendedor frustrado. Un filósofo no es un ejecutivo esperando capacitación. Un historiador tampoco es capital humano ocioso portando audífonos usando una contraseña de CRM.
Las humanidades aportan aquello que la inteligencia artificial hace más necesario: pensamiento crítico, comprensión del lenguaje, ética, argumentación y capacidad para distinguir conocimiento de propaganda. La paradoja es magnífica: mientras la IA ejecuta cada vez mejor tareas rutinarias, usted propone desplazar hacia ellas a quienes fueron formados para pensar.
Siguiendo la doctrina Lincolao, profundicemos la política pública. Licencia clase C para filósofos y mochila térmica para historiadores: delivery con pensamiento crítico. Los antropólogos podrían conducir Uber mientras estudian movilidad urbana; a los lingüistas les reservamos cobranzas, pues dominan la buena retórica. Y los matemáticos, si también incomodan, a cajas: al menos calcularán el vuelto.
Quizás el próximo Fondecyt incorpore Postdoctorado en Reposición de Góndolas, Magíster en Atención de Reclamos y Doctorado en Venta Consultiva de IA.
Chile necesita vincular conocimiento, innovación y empresa. Pero eso no significa subordinar la universidad al mostrador ni medir el conocimiento por su rentabilidad inmediata. Los países que innovan protegen investigación básica, atraen talento y estudian incluso aquello cuya utilidad aún desconocen. De allí surgen descubrimientos que transforman economías.
Una ministra de Ciencia debería comprenderlo antes que nadie.
Su declaración preocupa más de lo que divierte. No porque vender sea indigno, sino porque pensar es indispensable. Cuando el ministerio del conocimiento sugiere que ciertas disciplinas pueden resolver su futuro atendiendo clientes, el problema deja de ser laboral y pasa a ser intelectual.
Tal vez los profesores puedan reinventarse, ministra. Siempre han sabido hacerlo.
La pregunta es si puede reinventarse el Ministerio de Ciencia. Porque profesores tenemos. Lo que empieza a faltarnos es una política científica a la altura del pizarrón.
@MisColumnas
El facherío mitómano está tratando de instalar la idea de que el Estallido fue una operación del chavismo. Que este, moviendo grandes recursos, contrató a bandas delictuales chilenas para que sembraran el caos. Pero si uno investiga, se encuentra con que algunas de estas bandas estaban capitaneadas por líderes de la «derecha valiente», la misma de @Cami_FloresO y @PanchoOrregoG. Así se lo aclaramos a la Comisión de @Camara_cl que crearon para legitimar el embuste histórico.
Esta semana dura del Gobierno la pagan los chilenos.
Mientras los alcaldes contaban los muertos del temporal, el ministro Poduje negaba a las víctimas después borró el video. El ministro de Defensa estaba en Hawái en pleno temporal, y al volver, lo único que hizo fue negar a los desaparecidos.
Luego el segundo hombre de Hacienda salió por drogas.
Trump le impuso aranceles a Chile pese a todas las genuflexiones de Kast.
Y la semana cierra con un seremi detenido por la investigación de un delito sexual.
Cinco meses de Gobierno y ya van más de 30 autoridades fuera por inoperancia, drogas, delitos sexuales y corrupción.
El Gobierno que prometió orden está perdiendo el control. Y la cuenta la está pagando Chile.
EL MITO DE LA ALTERNANCIA
Con los recientes resultados en Perú y Colombia, y antes en Argentina y Chile, vuelve a instalarse una lectura simplista de la política: el continente “gira a la derecha”. Los mapas electorales se pintan de nuevos colores y los analistas hablan de cambios ideológicos profundos. Pero confundir triunfos electorales con adhesiones permanentes es una forma elegante de no entender lo que realmente ocurre.
En Chile, desde 2006 se ha producido una alternancia que parece mostrar equilibrio democrático, pero que en realidad refleja otra cosa: frustración acumulada. Más que un electorado convencido, existe una ciudadanía decepcionada que cambia de opción política no por afinidad, sino por cansancio. Se vota contra el gobierno de turno más que a favor de un proyecto de país.
La alternancia chilena no ha sido ideológica; ha sido emocional.
Cada elección repite el mismo ciclo. Un sector promete corregir los errores del anterior, genera expectativas desproporcionadas y termina chocando contra una realidad que no logra interpretar. Entonces llega el castigo electoral y el péndulo vuelve a moverse. Pero el problema persiste porque ninguno de los bloques parece comprender que el país cambió hace décadas y que las herramientas con las que intentan leerlo pertenecen al siglo pasado.
La derecha continúa atrapada en la idea de que el crecimiento económico basta para explicar el bienestar social. Muchas veces responde a las demandas de igualdad o protección social como si fueran privilegios indebidos. La izquierda, en cambio, sigue leyendo el presente bajo categorías que ya no representan completamente a la sociedad actual. Insiste en una lógica de lucha de clases incapaz de interpretar las prioridades de nuevas generaciones que no se movilizan desde relatos revolucionarios, sino desde preocupaciones concretas: vivienda, seguridad, salud mental, endeudamiento y estabilidad.
Chile dejó de ser el país de hace cuarenta años, pero gran parte de su dirigencia sigue actuando como si no lo supiera.
La disminución de la pobreza y el crecimiento de la clase media transformaron profundamente las expectativas sociales. Una población que accedió al consumo, a la educación superior y a nuevas formas de información ya no se conforma con sobrevivir: quiere vivir mejor. Quiere instituciones que funcionen, un Estado eficiente y un mercado menos abusivo. Pero también exige libertad individual, oportunidades y estabilidad. No encaja completamente en las categorías tradicionales de izquierda o derecha.
Ahí aparece la gran desconexión.
Gran parte del electorado nació después del retorno a la democracia. Conocen la dictadura por relatos, no por experiencia propia. Sus decisiones electorales no están determinadas por los traumas políticos del siglo XX, sino por experiencias presentes: salarios insuficientes, inseguridad, precariedad laboral y desconfianza institucional.
Sin embargo, la política insiste en hablarles desde el pasado.
Mientras la ciudadanía pide respuestas concretas, los partidos permanecen atrapados en trincheras ideológicas antiguas. Y cuando la política deja de interpretar las expectativas sociales, el espacio lo ocupa el populismo.
El populismo prospera cuando la alternancia democrática pierde sentido. Cuando votar por uno u otro produce la misma sensación de frustración, aparece el líder que promete soluciones simples para problemas complejos. No importa demasiado si es de derecha o izquierda; lo relevante es que logra conectar emocionalmente con una ciudadanía agotada.
El problema es que el populismo rara vez resuelve aquello que promete. Lo que hace es administrar el descontento mediante expectativas aún más irreales, basta escuchar al PDG.
Y cuando esas promesas fracasan, la frustración social se profundiza y la confianza en la democracia se deteriora.
Ese es el verdadero riesgo para América Latina: no un giro ideológico, sino sociedades que sienten que nadie entiende sus demandas reales.
@MisColumnas
VIOLENCIA SIMBÓLICA
La victimización del victimario.
Hay una forma de violencia particularmente perversa. No rompe vidrios, no deja hematomas, no dispara balines ni lanza piedras. No necesita gritar porque sabe que puede herir susurrando. Es la violencia simbólica: esa modalidad refinada de agresión que se disfraza de opinión, performance o simple libertad de expresión, mientras inocula desprecio, humillación y provocación calculada.
La violencia física es condenable. La verbal también. Sobre ello existe un consenso razonable. Sin embargo, hay una categoría más sofisticada y escurridiza que suele escapar al escrutinio público porque opera desde la ambigüedad. Su fuerza radica precisamente en que puede negar su propia existencia. Golpea y luego afirma que jamás levantó la mano.
La violencia simbólica consiste en utilizar símbolos, mensajes, imágenes o conductas destinadas a provocar, degradar o imponer una visión sobre otros, especialmente cuando dichos símbolos evocan experiencias traumáticas, abusos o episodios dolorosos para una parte significativa de la sociedad.
Quien se viste deliberadamente evocando a un dictador, quien reivindica represiones que dejaron víctimas o quien transforma el sufrimiento ajeno en una puesta en escena política, sabe muy bien lo que está haciendo. No hay ingenuidad posible. La provocación calculada rara vez es un accidente.
Lo fascinante, y al mismo tiempo miserable, es que los cultores de esta práctica suelen presentarse como paladines de la tolerancia. Lanzan la piedra simbólica y esconden la mano. Instalan el agravio y luego exigen respeto. Provocan hasta el límite y, cuando alguien reacciona, se apresuran a ocupar el papel de víctimas.
Es una operación política de una pobreza intelectual notable. Consiste en reemplazar las ideas por la provocación, el debate por el espectáculo y los argumentos por la manipulación emocional. No se busca convencer; se busca irritar. No se pretende construir; se pretende detonar.
El procedimiento es conocido. Primero se introduce un símbolo destinado a herir sensibilidades. Luego se espera la reacción. Finalmente, cuando esta llega, se denuncia intolerancia, censura o fanatismo. El agresor se transforma mágicamente en agredido. El victimario se disfraza de víctima. Y la discusión pública queda reducida a una representación grotesca donde la responsabilidad desaparece.
Nada de esto justifica insultos, amenazas o agresiones físicas. La violencia nunca es una respuesta legítima. Pero tampoco puede aceptarse la ficción de que la provocación permanente carece de consecuencias. La convivencia democrática exige derechos, pero también responsabilidades.
Las democracias saludables descansan sobre desacuerdos profundos administrados mediante reglas compartidas de respeto. Cuando actores políticos convierten la provocación en estrategia, erosionan precisamente esas reglas. Transforman el espacio público en una arena donde el objetivo ya no es deliberar, sino exasperar.
La violencia simbólica es especialmente dañina porque es persistente. No actúa como un golpe aislado, sino como una gotera constante que deteriora lentamente la confianza social. Va normalizando el desprecio, trivializando el dolor ajeno y degradando el lenguaje político hasta convertirlo en una competencia de provocaciones cada vez más extremas.
Por eso resulta tan peligrosa. Porque destruye la convivencia mientras proclama defenderla, y agrede mientras reclama respeto. Porque ofende mientras exige consideración. Y porque, en su versión más ruin, convierte la reacción de los otros en combustible para su propio relato victimista.
Provocar deliberadamente para obtener una respuesta y luego denunciar al provocado no es valentía. Tampoco es libertad. Mucho menos política. Es una forma de cobardía. Una de las más refinadas y miserables. La cobardía de quien no tiene nada que ofrecer salvo el agravio. La mediocridad de quien, incapaz de construir una idea, decide construir una trampa.
@MisColumnas
Comparto este video que lanzaron ayer Silvio Rodríguez y Chico Buarque; los fondos que se recaben serán donados a la Sala de Pediatría del Instituto de Oncología de Cuba, así que si queréis verlo, darle like y compartirlo con otras personas, es un pequeño grano de arena para aliviar la difícil situación en que se encuentran.
El vídeo es precioso y presenta esa Habana tan digna como empobrecida.
https://t.co/AVk6LbJAI7
Un aplauso de pie para la diputada @velosodiputada se las mandó, le dijo lo que todo Chile quiere decirle al ministro Quiroz hoy en el congreso.
Dos minutos imperdibles:
Habida consideración de que el presidente ha recurrido recientemente a tropos retóricos metafóricos para justificar sus promesas programáticas y ulteriores rectificaciones, me permito, con la venia de su prosapia lexicográfica y su aparente polimatía filológica, responderle mediante un registro igualmente culterano, abstruso y deliberadamente hiperbático, en deferencia a la excelsa altura gramatical desde la cual parece pontificar sus disquisiciones públicas.
Señor Kast:
He seguido con creciente estupor —y no escasa anhedonia cívica— el tráfago de sus boutades programáticas, esa retahíla meliflua de apotegmas sicalípticos y promesas cuya consistencia resulta más apócrifa que irredargüible. Hay en su prédica un paralogismo consuetudinario, una entelequia sostenida por una plétora de silogismos defectivos y anfibologías que, parapetadas tras la bonhomía impostada del adalid providencial, propugnan una plutocracia de cuño oligárquico y endogámico.
Ud., señor Kast, ha fungido como un vicetiple del disenso calculado: denuesta la inequidad mientras cohonesta subrepticiamente los privilegios pecuniarios de una cáfila de promitentes genuflexos ante el gran peculio. Su discurso, pretendidamente iconoclasta, no es sino una metonimia fatigada del viejo irredentismo patrimonial; un colofón decimonónico donde la cleptocracia se disfraza de heroicidad republicana y la precarización social se presenta, mediante eufemismos y circunloquios, como si fuese un ejercicio de austeridad antropogénica.
Hay, además, una apofenia doctrinaria en su manera de comprehender la realidad: ve conspiraciones donde apenas existe contingencia, y barrunta enemigos internos con el mismo fervor con que un nefelibata atribulado contempla anamorfismos en el humo. Esa pareidolia política —mezcla de prosopagnosia ética y anosognosia institucional— le impide advertir la estulticia de rodearse de esbirros oligofrénicos cuya única polimatía consiste en la obsecuencia.
Es inamisible que pretenda gobernar una nación mediante una pléyade de adláteres cuya solvencia intelectual exhibe más vacuidad que prosapia. Algunos de ellos parecen extraídos de una frenología apócrifa o de un baptisterio de gazn��piros donde la dáctiloscopia sustituye al pensamiento y la logorrea reemplaza a la exégesis. Son ministros inermes frente a la complejidad contemporánea, aunque orondos en su suficiencia; auténticos cenutrios parapetados tras un panegírico perpetuo de sí mismos.
Su programa económico, por otra parte, parece redactado por un rábula tributario afectado de alexitimia social. Propone ablaciones presupuestarias con una lenidad selectiva hacia las grandes fortunas, mientras la inopia de las mayorías queda reducida a una nota al pie, a una sinecdoque estadística convenientemente destartajada por el relato. Ipso facto, la república deviene un aguantadero de intereses patrimoniales donde la meritocracia se transmuta en endogamia y el mercado adquiere ribetes de autarquía litúrgica.
Y aun así, usted insiste. Contumaz. Como si la repetición tautológica de consignas trocase el fementido en verdad. Como si la perorata bastase para desasnar a una ciudadanía exhausta de embelecos. Como si el país entero padeciera una suerte de ecolalia colectiva, condenada a replicar y duplicar las mismas falacias hasta el paroxismo.
Chile no necesita sátrapas de ademán adusto ni cruzados de cartón piedra. Necesita estadistas capaces de escapar de la caquistocracia emocional y del nihilismo administrado. Necesita menos anatema y más isonomía; menos diatriba y más comprehensión; menos retórica procaz y más probidad irreductible.
Cuando un proyecto político depende excesivamente de la befa, del enemigo imaginario y del espantajo ideológico, termina convirtiéndose en aquello mismo que execraba. Tal es la antinomia inexorable de toda doctrina que apostata de la realidad para abrazar su propia ucronía.
Y esa, Sr. Kast, podría terminar siendo su némesis.
Atte.,
Un observador exhausto del galimatías nacional.
LA CUOTA FLORES
Cuando la corrupción no ceja.
La corrupción no comienza cuando alguien mete la mano en la caja fiscal. Comienza mucho antes. Empieza cuando un individuo pierde toda noción de límite moral y reemplaza la ética por una sofisticada arquitectura de autojustificación. Ahí nace el verdadero corrupto: no en el delito, sino en la anestesia de la conciencia.
Y eso es precisamente lo más inquietante del caso de la hoy senadora Camila Flores. No el eventual ilícito —que deberá resolver la justicia—, sino el patrón psicológico que emerge alrededor suyo y que se repite, casi calcado, en una larga galería de personajes públicos que alguna vez se presentaron como catones morales de la sociedad.
Existe una conducta recurrente en ciertos perfiles de delincuencia política: negar frente a la evidencia acumulada. No es defensa jurídica, es más profundo, más clínico.
Lo vimos con Hermosilla, con Barriga, con Lavín, Torrealba y tantos otros que, aún rodeados de antecedentes, continuaron hablando con convicción teatral sobre su inocencia futura. Hay ahí un fenómeno psicológico perturbador: la construcción de una identidad donde la imagen pública termina siendo más importante que la realidad misma.
El corrupto moderno no siempre se siente culpable. Muchos desarrollan mecanismos de racionalización donde dejan de verse como delincuentes y comienzan a percibirse como víctimas, perseguidos o incomprendidos. El dinero mal habido deja de ser robo y pasa a ser “merecimiento”. El abuso de poder se convierte en “atribución”. La manipulación se redefine como “habilidad”. Y la mentira se transforma en estrategia.
En psiquiatría forense existe un rasgo estudiado en ciertos delincuentes de cuello y corbata: la disociación moral funcional. Individuos capaces de operar socialmente con aparente normalidad, incluso con carisma, mientras sostienen conductas profundamente antisociales sin experimentar culpa auténtica. No hablamos necesariamente de psicopatías homicidas. Hablamos de algo mucho más frecuente: sujetos que instrumentalizan a otros, utilizan el poder como extensión narcisista de sí mismos y desarrollan una extraordinaria capacidad para simular convicciones éticas.
Por eso impacta observar a figuras que: durante años construyeron capital político denunciando la corrupción ajena, defendiendo valores republicanos o exigiendo probidad, terminar envueltas en prácticas similares a aquellas que condenaban. Pero la contradicción no es accidental. Es precisamente el corazón del fenómeno.
La moral, para ciertos perfiles políticos, nunca fue un principio: fue una herramienta retórica.
Y ahí aparece el verdadero problema cultural. La política contemporánea premia al más estridente, al más confrontacional, al más histriónico. En un ecosistema gobernado por redes sociales y frases virales, muchas veces prospera no quien posee mayor integridad, sino quien exhibe mayor capacidad de simplificar, atacar y polarizar.
La corrupción actual ya no siempre nace de la necesidad económica. Nace del narcisismo. Del sentimiento de excepcionalidad. De la idea íntima de que las reglas existen para los demás.
Y cuando esa lógica se instala durante años, ocurre algo todavía más peligroso: el individuo comienza a creer genuinamente su propia ficción. Ya no miente únicamente hacia afuera; termina mintiéndose a sí mismo. Por eso niegan hasta el final. Porque admitir la verdad implicaría derrumbar la identidad completa que construyeron frente al espejo público.
El drama de Chile no es sólo tener corruptos. El drama es haber normalizado perfiles psicológicos profundamente disfuncionales en posiciones de poder simbólico. Personas incapaces de sentir culpa real, pero extraordinariamente hábiles para actuar con indignación.
Ahí reside la decadencia más profunda de nuestra política: no en el dinero perdido, sino en la degradación moral de quienes todavía son capaces de hablar de valores republicanos mientras las evidencias comienzan lentamente a rodearlos. @MisColumnas
CARTA ABIERTA AL PRESIDENTE DE LA REPÚBLICA.
José Antonio Kast @PresidenteKast
Señor Presidente:
Hay frases que revelan una política. Otras, una ideología. Y algunas, simplemente, una limitación intelectual. Su comentario respecto de la investigación científica —esa caricatura donde un estudio termina apenas en “un libro precioso empastado en una biblioteca”, y que por cierto, según sus palabras, “no genera ningún trabajo”— pertenece, lamentablemente, a esta última categoría.
No porque usted carezca de inteligencia práctica. Sería absurdo afirmarlo de alguien que llegó a La Moneda. Pero sí porque evidencia una comprensión peligrosamente rudimentaria sobre cómo se construye la civilización.
Es curioso. Usted parece exigirle a la ciencia el mismo rendimiento inmediato que un comerciante exige a una caja registradora. Como si el conocimiento debiera justificar su existencia mostrando utilidades trimestrales, contrataciones inmediatas o dividendos visibles antes del cierre contable. Bajo ese criterio, Sócrates habría sido un pésimo proyecto de inversión. Platón, un gasto inútil. Einstein, un académico improductivo jugando con ecuaciones sin retorno laboral observable. Y probablemente Newton habría tenido dificultades para pasar por Hacienda mientras perdía el tiempo debajo de un árbol mirando caer manzanas. Que decir de Kepler, cuyas leyes no dieron trabajo a nadie más allá de enseñarlas por cientos de años y ayudar a mirar el cosmos con mayor precisión.
La ironía es magnífica: usted gobierna un país cuya economía depende, precisamente, de siglos de investigación “inútil”. Desde la electricidad hasta internet; desde la resonancia magnética hasta el GPS; desde los satélites hasta la inteligencia artificial. Nada de eso nació porque un ministro preguntó cuántos empleos generaría en los próximos seis meses. Nació porque alguien tuvo curiosidad. Porque hubo Estados capaces de financiar ideas cuya rentabilidad era invisible para las mentes pequeñas y evidente para la historia.
Reducir la ciencia a empleabilidad inmediata es como evaluar una biblioteca por el peso de sus libros o medir el valor de una sinfonía según la cantidad de estacionamientos ocupados en el teatro. Es la lógica del utilitarismo miope: esa incapacidad de comprender aquello cuyo valor no cabe en una planilla Excel.
Y sin embargo, Chile invierte apenas un 0,4% del PIB en ciencia. Menos que el promedio de la OCDE, e infinitamente menos que las economías que tanto admiramos y copiamos. Somos un país que exporta cobre, desde hace más de 200 años, pero que pretende competir en el siglo XXI cuestionando precisamente aquello que podría sacarnos del subdesarrollo intelectual y productivo.
Hay algo particularmente inquietante en su discurso: la sospecha permanente hacia el pensamiento. Esa incomodidad frente al conocimiento que no puede transformarse inmediatamente en negocio. Como si la filosofía, la astronomía, la sociología o la física teórica fueran caprichos elitistas y no los cimientos mismos de la modernidad.
Resulta fascinante escuchar a un presidente preguntarse cuántos trabajos produjo un libro. El Quijote no produjo empleos inmediatos. Tampoco “La República” de Platón. Ni la teoría de la relatividad. Pero cambiaron la forma en que la humanidad piensa, organiza el poder, comprende el universo y desarrolla tecnología. Afortunadamente, la historia nunca ha dependido exclusivamente de la imaginación de los gerentes.
Quizás el problema de fondo no sea económico, sino cultural. Hay líderes que entienden que gobernar también consiste en elevar el horizonte intelectual de un país. Y hay otros que sólo saben administrar ansiedad presupuestaria disfrazándola de sentido común.
Porque sí, Presidente: el conocimiento muchas veces parece inútil… justo antes de cambiar el mundo.
Y la ignorancia, en cambio, suele parecer muy práctica… justo antes de empobrecerlo todo.
Atte., un ciudadano convencido que el conocimiento es la base del desarrollo. @MisColumnas
sino la confianza en quienes la impulsan. En simple: si había recursos disponibles, no se puede sostener que no los había. Y cuando eso ocurre, el problema ya no es económico. Es de credibilidad y este gobierno nefasto a semanas de su instalacíon la perdio completamente!
Y toda decisión económica implica una opción política. Lo preocupante es que esa opción se haya sostenido sobre un diagnóstico que no resiste contraste con los datos oficiales. Porque cuando el relato reemplaza a la realidad, lo que se debilita no es solo una política pública,
Y esa distorsión tiene consecuencias. Porque cuando se instala la idea de escasez absoluta, se naturaliza que el costo de las decisiones económicas recaiga en los ciudadanos, especialmente en los más vulnerables. Aquí no hubo imposibilidad. Hubo una decisión.
¿por qué se dijo que no había recursos? No estamos ante una discusión técnica. Nadie confunde déficit estructural con inexistencia de fondos. Decir que “no hay recursos” cuando sí los hay no es una simplificación: es una distorsión.
directamente a las personas, como el alza de los combustibles. Sin embargo, los propios datos oficiales de la Dirección de Presupuestos (DIPRES) muestran lo contrario: existen miles de millones de dólares disponibles. Entonces, la pregunta es inevitable:
Dicen que se pilla mas rapido a un mentiroso que a un ladron! Durante semanas se insistio por parte de Quiroz y del gobierno de Kast que el Estado no tenía fondos disponibles. Esa afirmación no es menor. Es el fundamento sobre el cual se han justificado decisiones que golpean