Desde la cima de México, la estructura más alta jamás construida en el país… hecha por regiomontanos.
RISE tower +484 metros de altura
Arquitecto Esteban Ramos
ANCORE Group
Monterrey, Nuevo León
📽️ Arq. Rodolfo Montejano
“Jeff Bezos”
Jeff Bezos pidió a una sala llena de gente que imaginara retroceder cien años en el tiempo.
La mayoría eran agricultores.
Imaginemos que les decimos a esos campesinos que en 2018 existiría un empleo llamado “masajista”.
Bezos: “No te habrían creído”.
Luego un amigo fue más lejos: “Olvídate del masajista… hay psiquiatras para perros”.
Bezos lo verificó y confirmó: “Es verdad, puedes contratar fácilmente a un psiquiatra para tu perro”.
La sala estalló en risas.
Pero el verdadero mensaje detrás de esa risa no tenía nada de gracioso.
Cada vez que irrumpe un gran cambio tecnológico, repetimos el mismo error: nos enfocamos obsesivamente en los empleos que se van a perder y casi nunca hablamos de los que se van a crear.
No los contamos porque todavía no tienen nombre.
El miedo siempre es concreto, tiene cara y apellido: “La IA va a reemplazar a los contadores. A los radiólogos. A los camioneros”.
Tiene fechas, gráficos y proyecciones.
La oportunidad, en cambio, no tiene nada de eso. No puedes nombrar lo que todavía no existe.
Un agricultor de 1920 podía entender perfectamente que una tractora le quitaría el trabajo.
Lo que jamás habría podido imaginar es que un día su bisnieto ganaría la vida como “estratega de redes sociales”.
No por falta de inteligencia, sino porque entre su mundo y ese nuevo empleo todavía faltaba toda una cadena de inventos: la radio, la televisión, internet, los smartphones, las plataformas digitales, las economías de creadores.
Cada eslabón tenía que aparecer antes de que “estratega de redes sociales” pudiera siquiera sonar como un trabajo real.
Eso es exactamente donde estamos hoy con la inteligencia artificial.
Todos miramos la tractora.
Nadie logra ver la cosa que está siete inventos más adelante y que todavía no tiene nombre.
El miedo es ruidoso porque cabe en el lenguaje que ya conocemos.
La oportunidad es silenciosa porque no cabe.
Cada revolución tecnológica de la historia terminó creando más empleos de los que destruyó.
Todas, sin excepción.
No porque alguien lo hubiera planeado, sino porque las necesidades humanas se expanden mucho más rápido de lo que las máquinas pueden satisfacerlas.
No necesitábamos masajistas cuando nos partíamos la espalda en el campo.
Los necesitábamos después, cuando las máquinas nos liberaron del esfuerzo físico y el estrés ocupó el lugar del trabajo manual.
La demanda no desapareció. Solo migró hacia un lugar donde nadie estaba mirando.
Eso es lo que está ocurriendo ahora mismo.
Los trabajos que creará la IA nos van a sonar tan absurdos como “psiquiatra para perros” le habría sonado a un granjero de 1920…
hasta que alguien cobre 200 dólares la hora con seis meses de lista de espera.
Hoy toda la conversación gira en torno a lo que estamos a punto de perder.
Casi nadie habla de lo que estamos a punto de ganar.
Porque las ganancias todavía no tienen vocabulario.
Dentro de cien años, alguien se parará en un escenario y describirá los trabajos que hoy no podemos ni imaginar.
Y la audiencia se reirá.
Exactamente igual que nosotros acabamos de reírnos.
Tengo 38 años.
Cuando era joven, adoraba la política, estaba en quiebra y creía en el mito de la igualdad.
Luego descubrí a Thomas Sowell y él cambió mi vida para siempre.
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LOS 18 SEGUNDOS DE STEVE JOBS
En 1992, en el MIT, Steve Jobs escuchó una pregunta que no era difícil:
“¿Qué es lo más importante que aprendiste en Apple
que ahora aplicas en NeXT?”
No era una pregunta trampa.
No era hostil.
No pedía una gran revelación.
Y, sin embargo, Jobs no respondió.
Se quedó en silencio... ¡durante 18 segundos!
En una sala llena de gente.
En una universidad técnica (la más prestigiosa del mundo).
En una charla pública.
18 segundos son una eternidad cuando tienes a cientos de personas ante ti.
Ahí aparece la primera gran lección de comunicación.
Jobs no usó el silencio porque no supiera qué decir. Lo usó porque sabía exactamente lo que estaba a punto de decir y quería estar seguro de decirlo bien.
El silencio no fue duda.
Fue respeto por la pregunta.
Fue una forma de decir:
“Esto importa”.
Muy pocos comunicadores entienden esto.
La mayoría habla para llenar huecos.
Jobs pensaba para crear sentido.
Cuando por fin respondió, no levantó la voz.
No se alargó.
No se puso filosófico.
Dijo algo sorprendentemente simple:
Explicó que, con el tiempo, había dejado de ver los errores como algo que corregir de inmediato.
Que había aprendido a mirar a las personas a largo plazo.
Que el verdadero trabajo de un líder no es corregir fallos,
sino ayudar a la gente a aprender de ellos.
Y aquí está el matiz que suele perderse:
Jobs no dijo “Aprendí a ser más blando”.
Dijo algo mucho más exigente.
Aprendió que corregir un error no equivale a mejorar a una persona.
Puedes arreglar un fallo hoy y crear dependencia mañana.
O puedes permitir que alguien entienda por qué falló y hacer que mejore para siempre.
Jobs explicó que en Apple había aprendido, a veces por las malas, que cuando te obsesionas con el resultado inmediato:
– corriges
– intervienes
– controlas
Pero cuando piensas a largo plazo:
– enseñas
– confías
– dejas espacio para aprender
Y eso requiere paciencia y autocontrol.
Porque es más fácil decir qué está mal, que ayudar a alguien a verlo por sí mismo.
Su respuesta fue corta porque la idea era profunda.
No habló de productos.
No habló de tecnología.
No habló de NeXT como empresa.
Habló de personas...
Y de tiempo.
Eso es lo que hace grande su capacidad comunicativa:
– Se permitió el silencio
– Eliminó lo accesorio
– Y dijo sólo lo esencial
En 18 segundos de silencio y unas pocas frases después, Jobs dejó claro algo que muchos líderes no entienden en toda una carrera:
El verdadero progreso no viene de arreglar errores.
Viene de crear personas capaces de no repetirlos.
Y esa es una lección que no sirve sólo para empresas...
Sirve para equipos.
Para proyectos.
Y para cualquiera que tenga influencia sobre otros.
La pregunta final es incómoda, pero necesaria:
Cuando alguien de tu entorno se equivoca, ¿tu primer impulso es corregir… o enseñar a pensar mejor?
La mayoría corrige...
Pero muy pocos construyen personas.
Ahí es dónde empieza la diferencia entre gestionar y liderar.