Conocemos nuestro Patrimonio Andaluz visitando el museo de Artes y Costumbres, ¡todo un hallazgo! Organizado por el departamento de Geografía e Historia. @elmacpse
¡Feliz Día del Libro! Celebramos el Día del Libro con el V Certamen de Poesía, el fotocall de mi libro favorito y nuestra patrulla refranera que repartió flores y caramelos en el patio. Organizado por el equipo de la Biblioteca. @sholegm
Encuentro literario con Fran Nuño. El 3 de mayo, alumnos de 1ESO,tuvieron la oportunidad de conocer a al autor y sus obras literarias. Nos ofreció la visión de un escritor y dinamizador cultural y nos expuso las distintas vertientes de su amplia obra. Nos sentimos afortunados .
Apadrinamiento lector, EEI Julio César. El 23 de abril, día del Libro,nuestras alumnas del club de lectura interpretaron el libro que hemos estado leyendo durante este curso, El libro de la selva, a dos grupos de peques, de tres años, de la escuela infantil Julio Verne.
⚽️ Hoy hemos celebrado una nueva sesión del club de lectura #CuentoConMiEquipo
En esta ocasión el jugador del @RealBetisFS, Alex Mendoza, ha compartido un rato con los alumnos del IES Albert Einstein para comentar la lectura de 'El libro de la selva'.
Cuando brotó este olivo, hace 4000 años, hacia el año 2000 a.C.
En China alguien estaba descubriendo Bronce, y el último mamut estaba siendo cazado por humanos.
Finalizaba la séptima dinastía de Egipto y en Creta, el rey Minos iniciaba la construcción del palacio que inspiraría el mito del minotauro y su laberinto...
En la misma época que germinó este árbol fue cuando nuestra especie descubrió la existencia del vidrio.
El árbol, que está en Grecia, ha visto caminar al hombre desde la edad de bronce y llegar a la era atómica, y la actual.
Vio el mundo cambiar, vio reyes, déspotas, políticos, poetas, guerreros y profetas levantarse y morir. Ha pasado por muchas, innumerables guerras. Y todavía sigue dando aceitunas cada temporada...
¡Qué raro pensar que de los tres tiempos en que hemos dividido el tiempo el pasado, el presente, el futuro, el más difícil, el más inasible, sea el presente! El presente es tan inasible como el punto. Porque si lo imaginamos sin extensión, no existe; tenemos que imaginar que el presente aparente vendría a ser un poco el pasado y un poco el porvenir. Es decir, sentirnos el pasaje del tiempo. Cuando yo hablo del pasaje del tiempo, estoy hablando de algo que todos ustedes sienten. Si yo hablo del presente, estoy hablando de una entidad abstracta. El presente no es un dato inmediato de nuestra conciencia.
Nosotros sentimos que estamos deslizándonos por el tiempo, es decir, podemos pensar que pasamos del futuro al pasado, o del pasado al futuro, pero no hay un momento en que podamos decirle al tiempo: "Detente. ¡Eres tan hermoso...!", como quería Goethe. El presente no se detiene. No podríamos imaginar un presente puro; sería nulo. El presente tiene siempre una partícula de pasado, una partícula de futuro. Y parece que eso es necesario al tiempo. En nuestra experiencia, el tiempo corresponde siempre al río de Heráclito, siempre seguimos con esa antigua parábola. Es como si no se hubiera adelantado en tantos siglos. Somos siempre Heráclito viéndose reflejado en el río, y pensando que el río no es el río porque ha cambiado las aguas, y pensando que él no es Heráclito porque él ha sido otras personas entre la última vez que vio el río y ésta. Es decir, somos algo cambiante y algo permanente. Somos algo esencialmente misterioso. ¿Qué sería cada uno de nosotros sin su memoria? Es una memoria que en buena parte está hecha del ruido pero que es esencial.
23 de junio de 1978.
El tiempo. Borges Oral
2001: una nueva era
El 11S es la línea divisoria que marca la frontera entre el siglo XX y el XXI. Es la caída de Roma de nuestros días, el fin del mundo que creíamos conocer y, en cierto modo, el comienzo de la historia reciente.
Aquella mañana de 2001, diecinueve terroristas secuestraron cuatro aviones comerciales para atacar Estados Unidos. Murieron 2.996 personas, 2.606 de ellas en las Torres Gemelas.
Han pasado veintidós años y la vida, como siempre, continuó su curso. En ese momento no lo sabíamos, pero el nuevo mundo surgido a partir de entonces poco tendría que ver ya con el anterior. Y es que el 11S no fue un ataque al uso, como el de Pearl Harbor sesenta años antes o cualquier invasión patrocinada por una potencia enemiga. No. Estábamos ante un nuevo paradigma de guerra contra un adversario que, desde desiertos remotos, extendía un radio de acción de límites un tanto difusos.
Ese día muchas certezas se derrumbaron junto a las Torres Gemelas. Fue un trauma de tales dimensiones que afectó a la seguridad en los aeropuertos, a la forma de comunicarnos e incluso a la arquitectura de los edificios. Acciones tan cotidianas como pasar un portátil por los controles de seguridad sin enseñarlo primero, los tiempos de llegada a la terminal si el avión iba a tocar suelo americano o protagonizar una romántica despedida en la puerta de embarque sufrieron un duro revés tras los atentados.
En un plano global, el 11S también dilapidó la confianza de los ciudadanos en las instituciones, en los servicios de inteligencia y en los gobernantes. Fue la prueba de que todo es falible y es entonces cuando estamos expuestos a la peor de las catástrofes.
Los atentados al World Trade Center y al Pentágono fueron el final de muchas cosas y el principio de otras tantas. Al otro lado del Atlántico, los más pequeños almorzábamos viendo el telediario sin ser conscientes de la magnitud de lo ocurrido; otros ni siquiera habían nacido. Yo tenía nueve años y recuerdo a los míos, incrédulos frente al televisor que acabábamos de comprar, viendo las sobrecogedoras imágenes de aquellas dos gigantescas chimeneas envueltas en humo, antes de colapsar y sepultar Manhattan bajo un manto de polvo, escombros y muerte.
Todo Estado tiene su némesis: Atenas tuvo a Esparta, Roma a Aníbal y el Imperio Español al Británico. Pero hasta aquella mañana de 2001, era simplemente impensable arrebatarle a Estados Unidos los galones de amo y señor del mundo. El tablero geopolítico era algo distinto al actual: la Unión Soviética había desaparecido diez años antes, China aún era el cachorro de un león; y Rusia, ya con Putin en el poder, atravesaba los problemas derivados de la transición del comunismo al capitalismo.
Estados Unidos tuvo miedo por primera vez en mucho tiempo, pues la hegemonía norteamericana quedó en entredicho dado que el mundo monopolar surgido tras la caída del Telón de Acero dio muestras de tambalearse. Fue como perder el estatus de potencia indiscutible contra unos enemigos de aspecto lejano que le ponían rostro al recién estrenado milenio. Y en una sola mañana.
Tras la reivindicación de los atentados por parte de la organización terrorista Al Qaeda, la Administración de George W. Bush emprendió su particular "guerra contra el terror" en Afganistán, con segunda parte en Iraq. Osama Bin Laden se convirtió en el enemigo público número uno y su imagen coparía los informativos durante la primera década de los años 2000.
El tiempo pasó, pero la herida que aquellos aviones dejaron en el seno de la sociedad estadounidense tardó en cicatrizar. Otras, las personales, nunca lo harían.
Cuando Nueva York inauguró el nuevo One World Trade Center y el memorial a las víctimas en 2014, Internet ya llevaba un tiempo instalado en nuestros bolsillos, la teoría conspiranoica moderna campaba a sus anchas y la inmediatez en el consumo de la información se afanaba en desdibujar la frontera entre noticia y fake new. En una década, la humanidad había cambiado tanto como en los veinte años anteriores. Hoy, vivimos en un mundo más seguro que en 2001, pero también más vigilado. Hemos ganado en confort, sí, pero ¿a qué precio?
A las puertas de 2024 y, con la pandemia ya enfilando hacia los libros de Historia, los tambores de guerra vuelven a sonar en el viejo continente, recordándonos que no existe nada nuevo, sólo lo olvidado. El 11S es el acontecimiento más importante del siglo XXI hasta la fecha, una tragedia que cambió el mundo, pero que también nos cambió a todos.
José Ángel Ríos.