EL GOBIERNO DEL LOBO IMAGINARIO
La Moneda volvió a incendiar el debate para terminar desmintiéndose sola.
El caso de los niños haitianos.
Hay gobiernos que fabrican crisis, las exageran y luego deben reconocer, con expresión compungida, que el incendio lo provocaron ellos mismos. El gobierno de Kast parece haberse especializado en eso: prender fuego al establo, convocar a la prensa para denunciar el humo, y terminar admitiendo que quizá alguien exageró.
El caso de los niños haitianos es probablemente el ejemplo más grotesco —y más torpe— de esa política de alarma permanente convertida en sello de esta administración. Durante días, Chile fue bombardeado con titulares sobre niños desaparecidos, redes de tráfico, vuelos sospechosos y mafias internacionales. El catálogo completo del terror contemporáneo servido en horario prime para una ciudadanía agotada de vivir entre amenazas imaginarias y conferencias apocalípticas.
Y entonces apareció un enemigo mortal para el relato: la realidad.
El preinforme reservado N° 541 de Contraloría —el mismo documento que desató la histeria— jamás habló de trata de menores. Nunca habló de mafias. Nunca habló de tráfico infantil. Ni una sola vez. Lo que describía era algo mucho menos cinematográfico y mucho más chileno: oficinas públicas que no se coordinan, bases de datos mal cruzadas, protocolos inexistentes y funcionarios que simplemente no hicieron la pega.
Pero esa verdad era demasiado aburrida para un gobierno adicto al dramatismo. Un “terrible desorden administrativo” no sirve para encender matinales ni justificar cruzadas morales. No produce titulares con música de suspenso. Y así, lo que era una demostración vergonzosa de incompetencia estatal terminó convertido, por obra y gracia de La Moneda, en una supuesta red internacional de tráfico infantil.
La operación fue grotesca incluso para los estándares de este gobierno.
Bastó que Contraloría dijera que 64 niños “no fueron ubicados” en una visita domiciliaria para que el oficialismo y buena parte de los medios tradujeran aquello como “niños desaparecidos”. Como si cualquier chileno que no abre la puerta un martes a las once de la mañana hubiese sido secuestrado por una organización criminal.
Después vino el ridículo inevitable. Los municipios comenzaron a encontrar a los niños en colegios, consultorios y viviendas familiares. Estaban matriculados, vacunados y viviendo con tutores. Pobres, muchas veces hacinados, pero presentes. Exactamente donde cualquier persona sensata habría supuesto que estaban desde el principio.
Y entonces llegó el momento más humillante: el propio gobierno desmintiendo el incendio que ayudó a provocar.
El ministro Fernando Barros terminó reconociendo que no existían antecedentes serios sobre tráfico infantil, prostitución, órganos ni desapariciones masivas. La frase quedará para la antología del bochorno administrativo chileno: “todo indica que se trata de un terrible desorden”.
Exactamente lo que el informe decía desde el inicio.
Pero el daño ya estaba hecho. La comunidad haitiana fue convertida durante semanas en sospechosa colectiva. Familias completas quedaron bajo una nube de insinuaciones miserables. Y todo para sostener la vieja obsesión política de este gobierno: demostrar que todo lo anterior fue caos y corrupción, aunque para ello deban inventar monstruos que luego ellos mismos terminan negando.
Ahí aparece inevitablemente Pedrito y el lobo.
El gobierno de Kast gobierna exactamente así: denunciando lobos imaginarios con la esperanza de que el miedo sustituya a la gestión. Cada error administrativo se transforma en conspiración. Cada descoordinación estatal en amenaza existencial. Y después, cuando la realidad destruye el montaje, llegan las rectificaciones tibias y los ministros pidiendo prudencia frente a la histeria que ellos mismos promovieron.
El problema es que el crédito de la mentira siempre se agota.
Y cuando aparezca un lobo verdadero, probablemente ya nadie les creerá.
@MisColumnas
@cleporati Esa carta abierta más declaraciones de científicos de la talla de Carla Hermann, el profesor Maza, y tantos otros, debieran ser conocidas por todas las personas de nuestro país.
Somos tan ignorantes!! 😢
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Carta abierta al ministro de Hacienda Jorge Quiroz.
@MinistroQuiroz
Señor Ministro:
Hablemos en serio. El debate ha sido, a la vez, pobre y sordo. Se ha dado desde trincheras ideológicas que no sólo distorsionan el mensaje, sino que —peor aún— condicionan la escucha. Precisamente por eso, conviene despejar consignas y volver a la técnica. Deje de enfrentar al periodismo mediático y hágalo con economistas serios, en nuestro país son pocos pero los hay.
La billetera fiscal y el futuro del país no es chacota. Basta de jugar a los mandados de quienes les han ordenado realizar medidas en sus propios beneficios, y usted sabe bien a quienes me refiero, a los mismos quienes le instalaron y sostienen ese cargo que hoy habita.
Usted ha afirmado que una rebaja de impuestos corporativos generará empleo en el mediano plazo y crecimiento económico en un horizonte de 10 años. El problema es que dicho postulado carece de robustez empírica y consistencia teórica bajo los marcos contemporáneos de la macroeconomía.
La premisa descansa en una versión simplificada de la economía de oferta: menor carga tributaria elevaría la rentabilidad del capital, incentivando la inversión. Sin embargo, la evidencia muestra que la elasticidad de la inversión frente a la tributación efectiva es baja, especialmente en economías abiertas. La inversión no responde de manera significativa a reducciones impositivas marginales, sino a expectativas de demanda futura.
Aquí emerge una primera inconsistencia: si la rebaja tributaria reduce la recaudación y presiona a la baja el gasto público, el efecto agregado puede ser contractivo. Cuando el multiplicador del gasto público supera al de una reducción tributaria —situación frecuente en economías con brechas sociales relevantes— el resultado neto no es expansión, sino desaceleración.
Adicionalmente, su planteamiento omite un hecho documentado: en contextos de alta concentración económica, una proporción significativa de los beneficios tributarios no se canaliza hacia inversión productiva, sino hacia recompras de acciones, distribución de dividendos o activos financieros. Es decir, rentabilidad sin correlato en empleo.
La experiencia comparada refuerza esta cautela. Las reformas impulsadas en los pretéritos gobiernos de Ronald Reagan y Margaret Thatcher no permiten establecer una relación causal directa entre rebajas tributarias y crecimiento sostenido del empleo. Más bien, evidencian aumentos relevantes en desigualdad y una reconfiguración del mercado laboral que dista de ser socialmente eficiente.
Desde la economía del bienestar, su propuesta presenta además un sesgo regresivo. En mercados imperfectos, los beneficios de una menor tributación corporativa no se trasladan automáticamente a salarios ni a precios; tienden a capturarse como rentas. Esto erosiona la equidad sin garantizar eficiencia.
A ello se suma una restricción clave: la sostenibilidad fiscal. Menores ingresos comprometen la inversión pública en infraestructura, salud y educación, componentes con alto retorno social y efectos positivos sobre la productividad total de los factores. En términos de crecimiento endógeno, son estos motores —no las rebajas impositivas indiscriminadas— los que sostienen trayectorias de desarrollo.
Finalmente, el horizonte de 10 años introduce un problema de credibilidad. Las decisiones de inversión no se fundan en promesas fiscales de largo plazo si no existe certeza institucional de su permanencia. La expectativa de ajustes futuros —vía impuestos o deuda— neutraliza el incentivo presente.
Señor Ministro, el crecimiento sostenible no se decreta reduciendo impuestos a los más ricos, sino construyendo un equilibrio entre eficiencia, inversión pública estratégica y justicia distributiva. Lo contrario no es pragmatismo económico: es una hipótesis débil, sostenida más por convicción ideológica que por evidencia.
Atentamente,
RX.
@MisColumnas
Marcos,
Hay algo particularmente revelador en su respuesta, cuando alguien como usted, con un patrimonio privilegiado decide ejercer su ingenio… contra una anciana vulnerable. No es sólo una falta de empatía; es una confesión involuntaria. Porque hay burlas que no degradan al objeto, sino que desnudan al sujeto, y aquí, el sujeto es usted.
Resulta casi enternecedor —en el peor sentido de la palabra— que un magnate, rodeado de métricas, valuaciones y aplausos corporativos, necesite encontrar superioridad en una mujer que declara no poder costear sus remedios. Es como si un adulto presumiera haberle ganado una carrera a un niño en silla de ruedas: no habla de mérito, sino de una alarmante pobreza moral.
La ironía es gruesa. Mientras ella “no trabajó nunca”, según la lectura superficial, probablemente sostuvo aquello que las hojas de cálculo no registran: la crianza, la educación informal, la estabilidad de un hogar. Ese tipo de trabajo que no cotiza en bolsa, pero sin el cual ninguna sociedad —ni empresa— existiría. Invisibilizado, sí. Irrelevante, jamás.
Galperín, usted en cambio, logra lo improbable: convertir el éxito en mezquindad. Porque no es el dinero lo que define la estatura de una persona, sino qué hace con su voz cuando nadie se lo exige. Y elegir la burla fácil frente a la fragilidad ajena no es audacia, es indigencia ética.
En rigor, no hay grandeza en su comentario. Hay pequeñez. No hay agudeza, hay torpeza disfrazada de ironía. Y lo más llamativo es que, teniendo todos los recursos para ser algo más —más generoso, más inteligente, más humano—, opta por ser menos, por la insignificancia.
Al final, la escena es clara: una mujer mayor enfrentando con dignidad su precariedad, y un multimillonario incapaz de resistir la tentación de exhibir la suya. No económica, por cierto. Esa ya la conocemos. La otra, la verdaderamente importante, quedó expuesta en apenas unas líneas.
Le saludaría atentamente, pero sería una hipocresía de mi parte, pues no lo merece, y con el debido respeto le dejo estas letras que seguro interpretan a muchos y le muestran como ejemplo de la miseria que a veces nos topamos en esta red. Le escribo desde un país hermano, pero con orgullo puedo decir, que por este lado del mapa, ningún magnate, y vaya que los hay, caerían en la bajeza que usted no ha podido evitar, porque evitarlo demanda algo que no se compra, decencia e inteligencia de verdad.
Sobre exención de IVA a venta de viviendas, economista Claudio Agostini: “es un regalo a la Cámara de la Construcción. Si creen en el mercado, bajen el precio de las viviendas hasta que las vendan. Dejen de pedir subsidio del Estado”
Si el barril de petróleo bajó de US$ 110 a US$ 86,85 Brent, me imagino que gobierno propiciará con urgencia baja inmediata del precio de los combustibles en Chile…. o será “ topon pa’ dentro” en las empresas de la cadena del buen negocio??
O pedirán que el saco de papas baje de M$ 15, a los M$5 que le costaba a la gente antes del funeral del Mepco y el brutal traspaso directo del aumento transitorio de los combustibles… ósea, en la proporción de la brutalidad cometida, la bencina debería bajar alrededor de $300/lt y el diesel alrededor de $400… porque de lo contrario no se explica este regalo a las empresas a cuenta de la gente… o no?
¡SE MERECE TODO!
Amazonia tiene un nuevo logotipo, y es una obra maestra. Las letras fueron extraídas de imágenes satelitales del propio río.
Se merecen todos los premios de diseño del mundo.
CARTA ABIERTA A LA MINISTRA DE CIENCIA Y TECNOLOGÍA.
Ximena Lincolao. @Ximenatech
Señora Ministra:
Resulta fascinante —en un sentido casi antropológico— leer su entrevista y su afirmación de que la violencia estudiantil “no la ha visto usted en Estados Unidos ni en otras partes del mundo”. Fascinante, porque obliga a preguntarse si estamos ante una declaración de desconocimiento, de negación… o de simple descuido intelectual.
Estados Unidos, precisamente el país en el que usted ha vivido, no sólo ha visto violencia estudiantil: la ha convertido en un fenómeno estadísticamente documentado, recurrente y trágicamente sistemático, como el país del mundo con mayor casos de violencia y asesinatos en establecimientos educacionales de la historia.
Permítame ilustrarlo con algunos hechos, no opiniones.
Entre los años 2000 y 2022, se registraron 1.375 tiroteos en escuelas estadounidenses, con más de 500 muertos y más de 1.100 heridos (USAFacts). Si ampliamos la mirada, desde 1999 —a partir de la masacre de Columbine— se han contabilizado cientos de episodios adicionales, con una tendencia creciente en el tiempo. Sólo entre 2021 y 2023 hubo más de 900 incidentes, el mayor número en cuatro décadas (Reuters).
Pero no se trata sólo de cantidad, sino de brutalidad.
Columbine (1999), donde dos estudiantes asesinaron a 13 personas, marcó un antes y un después. Le siguieron tragedias como Sandy Hook (2012), con 26 víctimas —20 de ellas niños—, Parkland (2018), con 17 muertos, y Uvalde (2022), donde 21 personas fueron asesinadas en una escuela primaria. Estos no son episodios aislados: son hitos de una cadena continua.
A ello se suma una realidad aún más inquietante: la normalización. En 2024 se registraron decenas de tiroteos con víctimas en escuelas, y en algunos años recientes se han contabilizado más de 300 incidentes anuales. En otras palabras, no hablamos de excepciones, sino de una frecuencia que ha obligado a profesores a ensayar simulacros de ataque armado con sus alumnos.
¿No lo ha visto usted?
Es comprensible: a veces la realidad exige no sólo estar en un lugar, sino también observarlo.
Porque la violencia estudiantil en Estados Unidos no se limita a las armas de fuego. Incluye agresiones, apuñalamientos, peleas que escalan a violencia letal y una cultura de seguridad escolar que incorpora detectores de metales, policías armados y protocolos de encierro. Todo esto, en el país que usted menciona como si fuese un oasis.
Por eso su declaración no es simplemente inexacta: es, en términos estrictos, insostenible, y en cierto modo, inaceptable.
Más aún, resulta paradójico que quien ha tenido la oportunidad de conocer esa realidad de primera mano, la describa como inexistente. No es una cuestión de interpretación ideológica, sino de evidencia empírica básica.
Ministra, en política, la ignorancia puede ser un punto de partida. Persistir en ella, en cambio, es una elección.
Quizás la próxima vez que se refiera a la violencia estudiantil —un fenómeno complejo, doloroso y global— convendría hacerlo con algo más que simples impresiones y relatos personales. La realidad, aunque incómoda, tiene la mala costumbre de existir incluso cuando se la niega.
Y en este caso, Ministra, la realidad es abrumadora.
Atentamente,
Un observador que, a diferencia suya, sí ha mirado los datos.
@MisColumnas
LA VERDADERA EMERGENCIA
ES EL LENGUAJE
Gobernar en gerundio, pensar en borrador. Cuando el poder conjuga mal los verbos, la realidad termina mal escrita.
Hay gobiernos que tropiezan en la gestión, otros en la estrategia, algunos en la ética. Este, en cambio, tropieza —y con estrépito— en algo más primario: el lenguaje. Y cuando la palabra falla, no solo se erosiona la forma; se desnuda el fondo.
Desde la irrupción de José Antonio Kast y su cohorte ministerial, hemos asistido a un fenómeno curioso: la progresiva degradación del discurso público. No se trata de una cuestión estética ni de elitismo retórico, como apresuradamente podrían caricaturizar algunos, sino de un problema funcional. Gobernar es, en esencia, comunicar. Y aquí, la comunicación no alcanza siquiera el umbral de lo aceptable.
Lo que en un inicio pudo interpretarse como inexperiencia, hoy se revela como una constante estructural. Ministros con posgrados —al menos en el papel— que balbucean ideas inconexas; subsecretarios que convierten el exordio en un campo minado de muletillas; vocerías que parecen improvisaciones de sobremesa mal iluminada. La pobreza léxica es apenas la superficie de un problema más profundo: la incapacidad de articular pensamiento con claridad.
Porque el lenguaje no es un adorno: es pensamiento en voz alta. Y cuando la sintaxis se desmorona, lo que cae no es sólo la frase, sino la idea misma. Escuchar a ciertas autoridades es asistir a una suerte de naufragio semántico, donde las palabras flotan sin dirección, sin ritmo, sin jerarquía. No hay cadencia, no hay intención, no hay estructura. Sólo ruido.
En columnas anteriores —pienso particularmente en aquella dedicada a la vocera Mara Sedini— ya advertíamos esta tendencia: una retórica que abdica de toda aspiración a la precisión y se refugia en una falsa cercanía, como si la informalidad fuese sinónimo de autenticidad. Pero no lo es. Es, más bien, la coartada de la mediocridad.
El caso del propio presidente Kast no es mejor, un exordio plano, simplón, facilista, un discurso poco elaborado y pobre en su contenido y técnica, en las antípodas de un estadista de verdad. No hay profundidad, no hay precisión ni conocimiento, menos agudeza ni exactitud.
El caso del hoy diputado Orrego es patético, verbaliza mal, no modula y lo peor, no logra salir del mismo lugar común cada vez que habla. Hasta para insultar se requiere cierta lucidez diría el gran Schopenhauer.
El problema no es que hablen “como la gente”. Es que hablan peor que la gente cuando la gente intenta hablar bien. Hay en ello una paradoja inquietante: quienes detentan el poder parecen haber renunciado a la responsabilidad de elevar el estándar del discurso público, optando en cambio por mimetizarse con su versión más precaria.
Se dirá —y con algo de razón— que la gestión importa más que la elocuencia. Pero esta es una falsa dicotomía. La buena gestión necesita ser explicada, defendida, persuadida. Sin lenguaje, no hay política, hay administración muda. Y un gobierno que no sabe decir lo que hace, termina no sabiendo qué hacer.
Lo más preocupante, sin embargo, no es el diagnóstico, sino el pronóstico. No hay señales de corrección. No hay autoconciencia. No hay, siquiera, incomodidad. Se habla mal con la tranquilidad de quien no percibe el error, de quien ha vivido siempre en un ecosistema donde la precariedad lingüística es norma y no excepción.
Así, el problema deja de ser individual y se vuelve cultural. No estamos ante ministros que hablan mal, sino ante una élite que ha naturalizado hablar mal. Y cuando eso ocurre, la política pierde una de sus herramientas más nobles: la palabra como instrumento de construcción común.
En definitiva, este gobierno no solo desafina: ha olvidado que existe una partitura. Y en ese olvido, cada intervención pública se convierte en una disonancia, en un ejercicio involuntario de descomposición. Porque cuando el lenguaje se empobrece, la política no tarda en seguirle el paso.
@MisColumnas
Cuando la derecha te diga que “el gobierno anterior se robó toda la plata” que “no dejaron ni un peso en la caja” y que el actual déficit fiscal es “crítico” muéstrales este video para acabar con la mentira que quiere instalar Kast.
@RodRettig@vladomirosevic@PiensaPrensa
CULTO A LA FANFARRONERÍA
Cómo la pobreza verbal de ciertos líderes terminó convirtiéndose en un estilo político, y en un síntoma de degradación intelectual.
Hay épocas que producen estadistas y otras que producen vociferantes. La nuestra, por desgracia, parece fascinada con el fanfarrón: ese personaje que confunde volumen con inteligencia, grosería con autenticidad y exabrupto con valentía. Ya no se exige a ciertos líderes que piensen bien, sino que peguen fuerte; no que argumenten, sino que humillen; no que eleven la conversación pública, sino que la arrastren al barro con la soltura de quien se siente cómodo en él.
Javier Milei ha hecho del insulto una identidad verbal. Donald Trump convirtió la pobreza expresiva en una marca registrada. Jair Bolsonaro hizo de la vulgaridad una forma de presencia. Santiago Abascal recurre a una retórica bronca, primaria y binaria, donde el matiz es una amenaza. Y José Antonio Kast, con una cadencia más seca y menos histriónica, exhibe también una precariedad retórica que delata estrechez conceptual: frases planas, ritmo pobre, escasa densidad argumental y una alarmante dificultad para llevar el lenguaje más allá del eslogan. Todos, cada uno a su modo, representan una misma miseria: la del pensamiento reducido a consigna y la política rebajada a arrebato.
Schopenhauer desconfiaba de la grandilocuencia hueca y del ruido disfrazado de profundidad. Hannah Arendt insistió en que pensar es indispensable para no abdicar del juicio. Y Jürgen Habermas sostuvo que una democracia sana depende de la fuerza del mejor argumento, no de la fuerza del grito. Esa idea hoy parece arqueología: hemos pasado del argumento mejor al energúmeno más viral.
El problema no es estético. No se trata de pedir mandatarios con dicción de actor shakesperiano. Se trata de algo más grave: “hablar mal, de manera persistente, suele evidenciar pensar mal”. El lenguaje no es un adorno del pensamiento; es su arquitectura. Cuando el vocabulario se achica, también se encoge la capacidad de matizar, distinguir, comparar, inferir y comprender. Y cuando eso ocurre en el poder, la sociedad entera degrada sus estándares. El líder tosco no sólo exhibe su pobreza: la vuelve aspiracional.
Por eso sus adherentes imitan el método. En redes sociales se ve a diario. Frente a una crítica, no aparece una refutación, sino una jauría. No se discute el contenido: se lanza el agravio. No se rebate una idea: se ensaya una descalificación. El troll es el hijo perfecto de esta época: no argumenta porque no puede; insulta porque le basta. Y como la banalidad digital premia la frase breve, la mueca agresiva y el clip instantáneo, las plataformas terminan siendo menos un espacio de deliberación que una pedagogía de la simplificación.
El contraste con los grandes líderes es brutal. Lincoln podía condensar en pocas palabras una visión moral y política del destino común. Churchill comprendía que el idioma también era resistencia, y Mandela no necesitaba rebajarse para convencer, porque su autoridad no provenía del exabrupto, sino de la estatura intelectual. Había en ellos una convicción elemental: gobernar exige pensar, y pensar exige lenguaje.
Hoy, en cambio, hemos normalizado al rústico gritón, al bravucón de léxico mínimo, al caudillo que insulta porque no puede elaborar una frase inteligente, que simplifica porque no puede comprender y que atropella porque no puede persuadir. Y una parte del público, agotada o intelectualmente desentrenada, celebra esa indigencia como si fuera franqueza. Qué época más triste: la estupidez ya no se disimula; se vota, se aplaude y se comparte.
Sin pensamiento no hay deliberación. Sin deliberación no hay comunidad política. Y sin lenguaje digno, lo que queda no es autenticidad, sino retroceso. La fanfarronería no es una anécdota del estilo: es una enfermedad del espíritu público.
Al final, el problema no es que les falte inteligencia, el problema es que les sobra estupidez. @MisColumnas
Todo el mundo habla del petróleo iraní en barriles. Nadie habla de lo que contienen. Esa diferencia explica por qué las refinerías occidentales llevan veinte años operando redes clandestinas a través de Dubái para obtenerlo a pesar de las sanciones.
El petróleo crudo no es un producto básico uniforme. Es un espectro de hidrocarburos con diferentes pesos moleculares, y la composición de un crudo determinado determina la facilidad con la que se convierte en los productos que las refinerías realmente desean vender: gasolina, diésel, combustible para aviones y gasóleo de calefacción.
La medida que refleja esto es la gravedad API. Una gravedad API más alta significa un crudo más ligero con cadenas de carbono más cortas, lo que implica un menor costo energético para el craqueo, un menor costo de procesamiento para la refinación y un mayor rendimiento de los destilados ligeros que tienen un precio superior.
Una gravedad API más baja significa un crudo más pesado que requiere más energía, más pasos de procesamiento, más equipos de capital y produce una mayor proporción de residuos de menor valor.
El crudo ligero iraní opera con una densidad API de 33 a 36 grados, con un contenido de azufre de entre el 1,36 % y el 1,5 %. Este es el punto óptimo de la refinería. Es lo suficientemente ligero como para producir altas fracciones de gasolina y destilados medios sin costos de procesamiento excesivos, pero lo suficientemente pesado como para producir toda la gama de productos que las refinerías complejas están diseñadas para procesar. Es lo que los ingenieros petroleros denominan una mezcla óptima de crudo.
Ahora compare las alternativas. El crudo pesado venezolano Merey tiene una densidad API de aproximadamente 16 grados, con un contenido de azufre entre el 3 % y el 5 %. Refinarlo de forma rentable requiere una unidad de coquización, un hidrocraqueador y un extenso tren de desulfuración. El equipo existe.
Su rentabilidad es viable para refinerías construidas específicamente con materia prima venezolana. No sustituye al crudo iraní. Es un producto diferente que requiere una infraestructura industrial distinta.
El WTI de EE. UU. opera entre 39 y 40 grados API con un contenido de azufre inferior al 0,25 %. En teoría, es el crudo más limpio y fácil de procesar. En la práctica, es tan ligero que no produce los destilados medios más pesados que una refinería compleja necesita para operar a plena capacidad.
Las refinerías europeas y asiáticas que utilizan crudos medios no pueden cambiar al WTI sin mezclarlo con crudos más pesados para lograr la distribución de peso molecular que requieren sus unidades de procesamiento. El WTI no es un sustituto inmediato del crudo medio iraní.
El petróleo iraní encaja donde el petróleo de esquisto estadounidense y el petróleo pesado venezolano no lo hacen. Es el líquido que fluye por el sistema de refinación global sin requerir la infraestructura de coquización para crudos pesados ni las operaciones de mezcla para el petróleo de esquisto ultraligero.
Esta adecuación molecular es la razón por la que se mantiene con una prima persistente sobre grados comparables. Es la razón por la que las refinerías indias mantuvieron las compras de crudo iraní durante cada ronda de sanciones y negociaron la logística para mantener ese flujo. Es la razón por la que existió la red bancaria y comercial paralela de Dubái, que los Emiratos Árabes Unidos ahora consideran desmantelar.
El estrecho de Ormuz no solo transporta petróleo. Transporta la categoría específica de petróleo que el sistema global de refinación se diseñó para procesar con mayor eficiencia. Cerrarlo no solo reduce la oferta, sino que también elimina el tipo de crudo con el que el sistema funciona mejor y obliga a todas las refinerías del mundo a operar con menor eficiencia con cualquier sustituto que puedan encontrar.
Esa es la prima implícita en el precio del petróleo a 82 dólares. No solo el volumen, sino el peso molecular.