La única forma de querer a este país es despreciándolo. Hay mucha gente decente pero también hay número equivalente o superior de gente mala. Sigo aquí porque no creo en abandonar el terreno ni a mis seres queridos, pero plenamente consciente que es una decisión estúpida, porque en cualquier momento te pueden dar de baja. Las “fiestas patrias” ya no me llaman. Las paso trabajando, estudiando y ejercitando. Apoyar a la selección de fútbol, bailar jarabe tapatío y comer chiles en nogada no es tener patria. Nuestro patriotismo no pasa de estas exhibiciones baratas. Si quieren a su país abracen a sus familias, vayan a misa, pidan mucha fe y fuerza a Dios y la Virgen de Guadalupe. Lo único que le espera a la inmensa mayoría es más miseria.
Todas las razas tienen características positivas y negativas, pero el espectro creativo de las características varía muchísimo tanto en cantidad como en calidad y no todas hacen las mismas cosas bien — algunas son simplemente mejores que otras formando civilizaciones y su deber es gobernar, mientras otros nacen para ser gobernados, educados y guiados hacia la verdad, el bien y la belleza.
La selección alemana representa muy bien la psicología colectiva del país actualmente: gente derrotada, débil, que siente vergüenza de luchar por la gloria.
El cuento de la excelencia
A los neoliberales se les ocurrían puras ocurrencias.
Durante décadas intentaron convencernos de que la excelencia era una virtud. Empezaban desde la primaria, donde sometían a las pobres creaturas al trauma de las calificaciones y premiaban a los pocos privilegiados que, gracias a una serie de ventajas injustas como haber desayunado o tener un IQ superior a 87, conseguían sacar ochos, nueves y, en el caso de los más fifís, hasta dieces.
Al mismo tiempo, humillaban a los hijos del pueblo nada más porque eran incapaces de aprenderse la tabla del dos, agregaban una ese al final de la conjugación de los verbos en pretérito perfecto simple o no sabían si escribir “haber” o “aber” cuando querían ver.
Luego llevaron esa misma lógica clasista hasta las universidades. Ahí seguían premiando a los estudiantes que estudiaban, hacían tareas y aprobaban exámenes, sin detenerse a pensar que algunos de sus compañeros vivían en Tecámac, Ecatepec o Coacalco y tenían que salir de su casa a las tres de la mañana con dos celulares (el bueno y uno de mentiritas por si los asaltaban en la combi) para llegar a la clase de las siete. Una evidente desventaja estructural que jamás apareció en los reactivos de los exámenes de cálculo.
Pero la obsesión neoliberal con el mérito no terminaba al titularse. También querían que los jueces supieran Derecho, que los ministros de la Suprema Corte tuvieran una carrera judicial y que las resoluciones fueran redactadas por gente capaz de distinguir una relación laboral de la comisión de un delito. Puro requisito superfluo e innecesario.
La obsesión con la excelencia era absoluta. Los neoliberales también querían ingenieros de excelencia que construyeran trenes que no se descarrilaran, pilotos de excelencia que no chocaran las aeronaves, científicos de excelencia que pudieran desarrollar una vacuna y, como recordó esta semana la presidenta Claudia Sheinbaum, hasta médicos de excelencia a los que no se les murieran los pacientes de una gripa mal cuidada.
Por fortuna, esa visión clasista ya está quedando atrás.
El régimen descubrió que la excelencia no es una virtud sino un privilegio, y que México merece algo mejor: un país donde todos tengamos acceso a todo, sin importar si quien lo provee sabe o no cómo hacerlo.
Por eso ya no reprobamos a los niños, para que ninguno crezca traumado por el fracaso. Por eso elegimos ministros de la Suprema Corte por elección popular con la ayuda de acordeones, para que la justicia la impartan los que más votos juntan (y junten más votos nuestros amigos). Por eso llenamos los gabinetes especializados con gente leal antes que capaz, siguiendo la fórmula probada del Licenciado: 10% de conocimiento, 98% de lealtad… o algo así.
Al fin y al cabo, la excelencia siempre fue un privilegio de unos cuantos. La lealtad, en cambio, está al alcance de cualquiera. Y quizá ése sea el mayor logro del régimen: haber democratizado la mediocridad. Porque la excelencia nos divide entre más nos eleva, mientras que la incompetencia nos iguala entre más nos arrastra para abajo.
Y en México todos debemos ser iguales.
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Hoy, día del padre, quiero recordarte que nunca es un buen día para subir a tus hijos a redes sociales.
Mantén lo más importante de tu vida únicamente tuyo.
No necesitas ese like, recuérdalo.
Es naquísimo ser rico en México. Básicamente porque cuando te codeas con otros ricos, invariablemente son políticos, narcos, líderes sindicales, o sus empresas son de vallas publicitarias, casas de empeño o franquicias de autolavados. Nada admirable o digno de una conversación.
I don't know who needs to hear this, but don't quit now—keep pushing. You're so much closer than it looks. Just continue moving forward. All those late nights, setbacks, and sacrifices are about to make sense. Soon you'll look back and be proud you didn't quit. You got this. ⚡️
Linchamiento digital
Lo más valioso de México es su gente.
Puedes notarlo en todos lados. En el tráfico, por ejemplo, la cordialidad de los conductores deslumbra a propios y extraños, pues nadie nunca se ha enojado por un incidente de tránsito, sino al contrario, todos estamos siempre dispuestos a ceder el paso, a permitir la incorporación de los automóviles de las vías laterales a las principales y a respetar los límites de velocidad y, en general, a seguir todas las reglas que nos permiten vivir en armonía como la sociedad civilizada que somos.
Esto se extiende al transporte público, donde los mexicanos nos comportamos de manera ejemplar. También respetamos los lugares exclusivos para discapacitados, tanto en el Metro como en los estacionamientos. Y nunca nadie se ha aprovechado de la vulnerabilidad de los demás para sacar provecho cuando, por poner un ejemplo, se vuelca un tráiler en la carretera, como hacen en muchos otros lugares del mundo donde se practica la llamada “rapiña”.
México no. México está lleno de gente buena. Tanto en el mundo real como en el mundo virtual.
Por eso no resulta raro que hayan vuelto las buenas prácticas digitales de antaño que ya se están perdiendo en Europa y Estados Unidos nada más porque se dieron cuenta de que empoderar a los resentidos no les hace justicia, pero sí les da armas para urdir terribles venganzas contra los que considera sus enemigos históricos, que siempre somos los hombres blancos heterosexuales.
Así es, volvió la llamada “funa” de los personajes del internet que osan comentar o hacer o pensar algo que a nosotros los buenos no nos gusta.
Hace apenas un par de semanas, una turba enardecida de la supercarretera de la información exigía que Chumel Torres fuera despedido de sus empleítos, arrastrado por caballos en la plaza pública y crucificado en el Monte Calvario porque osó publicar la fotografía de una persona con síndrome de Down para dar a entender que una persona sin síndrome de Down estaba toda estúpida.
La semana pasada, la muchedumbre volvió a encender las antorchas cuando un miembro de la llamada “comunidad de los fifas” cometió un terrible ataque racista cuando, en plena grabación de una influencer coreana, se estiró los ojitos así como chino -_- para la cámara.
En el mismo universo machirulo de los fifas, el comentarista deportivo Mauricio Ymay fue encuerado y recibió piquetes de cola —metafóricamente— por la turba furiosa, luego de que sugirió una posible solución a las manifestaciones pacíficas y legítimas de los maestros de la CNTE justo antes de la inauguración del Mundial, cuando dijo: «Tanquetas, agua con potencia, balas de goma… ¿y sabes cuándo va a volver el caos a esta ciudad? Nunca más. Vámonos… no estamos para eso… agua, agua, agua… balas de goma… pum, pum, pum…».
En fin, pura gente malvada diciendo palabras que hieren, palabras que lastiman y que deben ser castigadas por nosotros, los buenos. Palabras que merecen que busquemos los datos personales de esos pérfidos, y exijamos que los corran de sus trabajos, que pierdan sus ingresos, sus medios de subsistencia… y si se puede que se queden también sin casa, ni familia, ni perro que les ladre, mejor. Todo es por su bien, y por el bien de la sociedad. Lo que buscamos es un castigo proporcional a su odio.
Es normal entre la gente buena exigir estándares de calidad tan altos. Y en México somos más los buenos.
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la educación superior pública fue un error histórico. se engañó a su sufrida clase trabajadora con que un título universitario era lo único. Méjico necesita capacitación en trabajo manual, colegios de técnicos, y cientos de miles de brazos que deberían estar labrando el campo.
Una señora búlgara Lituania y judía con complejo de Azteca conquistado dice que yo me siento otra cosa.
El chiste se cuenta solo.
Tiene que ir al psiquiatra
Envy was once considered to be one of the seven deadly sins before it became one of the most admired virtues under its new name, "social justice."
- Thomas Sowell