Desde finales del siglo XIX comenzaron a aparecer en algunas escaleras las llamadas «rinconeras para el polvo»: pequeñas piezas metálicas instaladas en los encuentros interiores de los peldaños, precisamente allí donde la escoba tenía más difícil acceso y tendían a acumularse el polvo y la suciedad.
Su funcionamiento era tan sencillo como ingenioso. Al suavizar el ángulo cerrado entre las superficies, estas pequeñas piezas evitaban que la suciedad quedara atrapada en las esquinas y facilitaban considerablemente el barrido y la limpieza de la escalera. Un pequeño detalle de diseño nacido para resolver un problema cotidiano.