EL GOBIERNO DEL LOBO IMAGINARIO
La Moneda volvió a incendiar el debate para terminar desmintiéndose sola.
El caso de los niños haitianos.
Hay gobiernos que fabrican crisis, las exageran y luego deben reconocer, con expresión compungida, que el incendio lo provocaron ellos mismos. El gobierno de Kast parece haberse especializado en eso: prender fuego al establo, convocar a la prensa para denunciar el humo, y terminar admitiendo que quizá alguien exageró.
El caso de los niños haitianos es probablemente el ejemplo más grotesco —y más torpe— de esa política de alarma permanente convertida en sello de esta administración. Durante días, Chile fue bombardeado con titulares sobre niños desaparecidos, redes de tráfico, vuelos sospechosos y mafias internacionales. El catálogo completo del terror contemporáneo servido en horario prime para una ciudadanía agotada de vivir entre amenazas imaginarias y conferencias apocalípticas.
Y entonces apareció un enemigo mortal para el relato: la realidad.
El preinforme reservado N° 541 de Contraloría —el mismo documento que desató la histeria— jamás habló de trata de menores. Nunca habló de mafias. Nunca habló de tráfico infantil. Ni una sola vez. Lo que describía era algo mucho menos cinematográfico y mucho más chileno: oficinas públicas que no se coordinan, bases de datos mal cruzadas, protocolos inexistentes y funcionarios que simplemente no hicieron la pega.
Pero esa verdad era demasiado aburrida para un gobierno adicto al dramatismo. Un “terrible desorden administrativo” no sirve para encender matinales ni justificar cruzadas morales. No produce titulares con música de suspenso. Y así, lo que era una demostración vergonzosa de incompetencia estatal terminó convertido, por obra y gracia de La Moneda, en una supuesta red internacional de tráfico infantil.
La operación fue grotesca incluso para los estándares de este gobierno.
Bastó que Contraloría dijera que 64 niños “no fueron ubicados” en una visita domiciliaria para que el oficialismo y buena parte de los medios tradujeran aquello como “niños desaparecidos”. Como si cualquier chileno que no abre la puerta un martes a las once de la mañana hubiese sido secuestrado por una organización criminal.
Después vino el ridículo inevitable. Los municipios comenzaron a encontrar a los niños en colegios, consultorios y viviendas familiares. Estaban matriculados, vacunados y viviendo con tutores. Pobres, muchas veces hacinados, pero presentes. Exactamente donde cualquier persona sensata habría supuesto que estaban desde el principio.
Y entonces llegó el momento más humillante: el propio gobierno desmintiendo el incendio que ayudó a provocar.
El ministro Fernando Barros terminó reconociendo que no existían antecedentes serios sobre tráfico infantil, prostitución, órganos ni desapariciones masivas. La frase quedará para la antología del bochorno administrativo chileno: “todo indica que se trata de un terrible desorden”.
Exactamente lo que el informe decía desde el inicio.
Pero el daño ya estaba hecho. La comunidad haitiana fue convertida durante semanas en sospechosa colectiva. Familias completas quedaron bajo una nube de insinuaciones miserables. Y todo para sostener la vieja obsesión política de este gobierno: demostrar que todo lo anterior fue caos y corrupción, aunque para ello deban inventar monstruos que luego ellos mismos terminan negando.
Ahí aparece inevitablemente Pedrito y el lobo.
El gobierno de Kast gobierna exactamente así: denunciando lobos imaginarios con la esperanza de que el miedo sustituya a la gestión. Cada error administrativo se transforma en conspiración. Cada descoordinación estatal en amenaza existencial. Y después, cuando la realidad destruye el montaje, llegan las rectificaciones tibias y los ministros pidiendo prudencia frente a la histeria que ellos mismos promovieron.
El problema es que el crédito de la mentira siempre se agota.
Y cuando aparezca un lobo verdadero, probablemente ya nadie les creerá.
@MisColumnas
LA CLÍNICA CLANDESTINA DEL AJUSTE
Cuando un país entra caminando a un chequeo y despierta sin pulmón.
Imagine UD., una escena digna de una tragicomedia sanitaria. Un ciudadano cualquiera entra a una clínica para un control rutinario. En el velador de su pieza encuentran una colilla de cigarro. No le hacen escáner, no le toman biopsias, no le preguntan siquiera si fuma. Nada. Bastó la colilla. De inmediato aparece una tropa de iluminados vestidos de blanco, con expresión doctoral y vocabulario solemne. “Hay que intervenir”, dictaminan. Lo meten al pabellón, le extirpan un pulmón y luego, mientras el paciente despierta, le explican que aquello era indispensable para salvarle la vida.
Más tarde se descubrirá que la colilla ni siquiera era suya.
Eso mismo está ocurriendo en Chile.
La eliminación del MEPCO sobre los combustibles ha sido presentada como una especie de cruzada moral contra el despilfarro estatal, una cirugía económica heroica destinada a salvar al país de un colapso que nadie vio venir porque, sencillamente, no existía. Pero cuando uno observa el procedimiento, descubre algo fascinante: el paciente no estaba agonizando. No había quiebra nacional, no existía una hiperinflación terminal y no se estaban incendiando los mercados. Chile tenía problemas, por supuesto, como cualquier país serio, pero de ahí a practicarle una neumonectomía económica sin anestesia hay una distancia que solo puede cruzarse mediante fanatismo ideológico o una incompetencia olímpica.
El llamado “plan de reconstrucción” posee esa estética propia de las estafas elegantes: nombres grandilocuentes, tono técnico y un marketing emocional diseñado para que la ciudadanía agradezca mientras le vacían el bolsillo. Porque la lógica detrás de estas medidas no parece provenir de un análisis económico, sino de una obsesión doctrinaria casi religiosa: el Estado es malo, el bienestar social es sospechoso y cualquier alivio ciudadano debe ser castigado como si fuese un pecado presupuestario.
Lo notable es que hablan del dinero fiscal con el tono de aristócratas ofendidos. Como si los recursos públicos provinieran de una herencia familiar escondida en una bóveda privada y no de millones de contribuyentes que sostienen el país pagando IVA, impuestos específicos, contribuciones y tributos de toda especie. Cada vez que anuncian un recorte o eliminan un mecanismo de amortiguación, lo hacen con la solemnidad de quien sacrifica parte de su patrimonio personal por el bien común.
Una generosidad conmovedora, salvo por el pequeño detalle, que el dinero no es suyo.
Y así aparecen los nuevos cirujanos de la patria. Economistas de TV, contadores apocalípticos y predicadores del eterno ajuste. Hablan de “responsabilidad fiscal” con el mismo fervor con que la inquisición hablaba de redimir el alma. Cualquier cuestionamiento es tratado como herejía económica. Si alguien pregunta por el impacto inflacionario, por el costo en transporte, alimentos o servicios, inmediatamente es acusado de populista, ignorante o adicto al subsidio. La discusión técnica desaparece y emerge la liturgia ideológica.
Lo verdaderamente inquietante no es solo la operación. Es la convicción fanática de quienes sostienen el bisturí. Porque el problema nunca ha sido ajustar cuando corresponde; el problema es amputar por doctrina. Crear artificialmente un enfermo para justificar después un tratamiento brutal. Debilitar al paciente para luego administrar dependencia desde el poder. Primero destruyen el pulmón y después venden oxígeno.
Y mientras el ciudadano intenta respirar, aparece el coro gubernamental explicando que todo es parte de un proceso —necesario, valiente y transformador—. Las mismas palabras que usaría una clínica clandestina sorprendida extirpando órganos sanos.
Quizás en algunos años descubramos que el diagnóstico fue falso, que los exámenes nunca existieron y que los médicos que dirigían la cirugía apenas sabían lo que era un estetoscopio. Pero para entonces el pulmón ya no estará.
"Nos gobierna un terraplanista cultural".
📣@mdaza_abogado y @freddy_stock dieron la primera entrevista por el regreso de #EnStockTV, y abordaron las críticas del Pdte. #Kast a la investigación científica y los #humedales, entre otros temas de la actualidad.
Nunca hubo EMERGENCIA...
Solo crearon el escenario para justificar la rebaja de impuestos a los más ricos, mientras a usted le suben todo, absolutamente TODO.
El programa de alimentación escolar que funciona en Chile permite que millones de niños aseguren su comida día a día. Que se evalúe ahorrar dineros “descontinuando” este programa sugiere un desconocimiento profundo de la realidad. ¿Así se va a compensar la rebaja de impuestos?
UN GOBIERNO MANOS DE HACHA
El problema no es que el gobierno se equivoque, sino que no entiende por qué se equivoca. Ahí radica el verdadero problema.
Hay una lealtad que en el fútbol resulta entrañable y, en política, peligrosamente indulgente. El hincha sabe cuándo su equipo juega mal: lo pifia, lo critica, lo increpa. Pero no abandona la camiseta. En política, en cambio, el elector suele practicar una gimnasia más compleja: la negación elegante, el silencio cómplice o, en su versión más sofisticada, la justificación creativa.
A poco más de un mes de iniciada la nueva administración, el cuadro es menos un equipo en mala racha que un plantel sin libreto. Lo que se prometía como orden y disciplina ha derivado en una coreografía errática de decisiones mal calibradas, anuncios precipitados y rectificaciones que llegan tarde y mal. No hay aquí un problema de rodaje; hay, más bien, un déficit estructural de criterio.
La seguidilla de nombramientos fallidos —autoridades que duran lo que tarda en circular su currículum— no es una anécdota administrativa: es un síntoma. Se designa primero y se evalúa después, como si el Estado fuera un laboratorio de ensayo y error, pero sin método. El resultado es un gabinete que no transmite ni densidad técnica ni solvencia política, atributos mínimos para gobernar en escenarios complejos.
En paralelo, la comunicación ha sido un catálogo de torpezas: declaraciones imprecisas, vocerías desarticuladas y una narrativa incapaz de sostener coherencia entre lo que se dice y lo que se hace. Gobernar no es solo decidir; es también explicar. Y aquí, ni lo uno ni lo otro parece ejecutarse con rigor. Un gobierno que se autodenomina de emergencia pero que no tiene ninguna competencia para abordar una real emergencia si la hubiere. Un país quebrado decían, y hoy lo único roto es lo que ellos mismos han fracturado. Un gobierno “manos de hacha” decía mi abuela.
El episodio del alza de los combustibles operó como un fusible anunciado. Cualquier análisis básico anticipaba su efecto cascada: presión sobre costos logísticos, traspaso a precios finales y, en consecuencia, un rebrote inflacionario. No era un cisne negro; era un manual. Que sus efectos hayan sorprendido a la autoridad no habla de mala suerte, sino de mala lectura. O peor: de una lectura deliberadamente sesgada en favor de intereses que no resisten demasiada luz.
Porque si algo comienza a perfilarse con nitidez es la orientación de las medidas. Bajo la retórica del orden y la eficiencia, se filtra una arquitectura de políticas que parecen diseñadas con precisión quirúrgica para beneficiar a una minoría muy específica. No es descuido: es diseño. Y cuando el diseño excluye, el costo social se vuelve inevitable.
El aumento de la inflación en el primer mes no es sólo un dato; es una señal. Indica que los equilibrios básicos fueron mal entendidos o, en el mejor de los casos, subestimados. Entre un mal gobierno y uno inepto hay una diferencia crucial: el primero se equivoca; el segundo no alcanza a comprender por qué se equivoca. Las señales, hasta ahora, apuntan con inquietante consistencia hacia lo segundo.
Queda, por supuesto, la esperanza del aprendizaje. Pero aprender exige autocrítica, y la autocrítica requiere una honestidad intelectual que escasea cuando la ideología se vuelve dogma. Aquí no parece haber margen para corregir porque el problema no es de ejecución, sino de concepción. Se gobierna desde una convicción estrecha, para un grupo estrecho, con herramientas estrechas.
Y así, mientras la hinchada política se aferra a su camiseta con fervor casi religioso, el partido avanza sin estrategia, sin conducción y, lo que es más grave, sin conciencia del marcador. Porque cuando el problema es de capacidad, no hay ajuste táctico que alcance. Y cuando el proyecto es para pocos, el resto del país no es equipo: es tribuna. @MisColumnas
¡ Bella Ciao !
(Versión Palestina)
¡Hermosa interpretación, para enmarcar!
El Músico Palestino Fouad Khader en medio del Genocidio, decidió recoger niños abandonados y enseñarlos a cantar.
¡Mientras unos los matan otros siembran esperanza en su corazón!
Soy senadora. La senadora socialista con más respaldo ciudadano. Lo que dije, lo sostengo, y lo voy a repetir cuantas veces sea necesario, el ministro Quiroz está encareciendo la vida en Chile y golpeando el bolsillo de miles de familias.
Mientras algunos salen a ponerle piso al gobierno de Kast que tiene al pueblo chileno haciendo fila en las bencineras, sin saber cómo va a llegar a fin de mes, yo no voy a distraerme en disputas internas. La discusión es con un ministro indolente y un gobierno que perjudica al país. Yo estoy del lado de la gente.
Cuando la derecha te diga que “el gobierno anterior se robó toda la plata” que “no dejaron ni un peso en la caja” y que el actual déficit fiscal es “crítico” muéstrales este video para acabar con la mentira que quiere instalar Kast.
@RodRettig@vladomirosevic@PiensaPrensa
El petróleo se cotizó hoy a US$98 el barril. En junio de 2022 llegó a US$110. La diferencia entre el gobierno de Kast y el de Boric radica en quién paga los costos de estas alzas. Pese a la crisis por la guerra de Ucrania Marcel y Grau defendieron el Mepco durante todo el mandato. Jorge Quiroz demoró 12 días en traspasar los costos a los pobres para poder bajar el impuesto corporativo que pagan 1500 ricos de Chile.
@BorisYopo La ultraderecha chilena ha adoptado la doctrina marketera de Goebbels y de Bannon desde hace ya tiempo. La tesis de Goebbels es tan espeluznante como contemporánea: "avivar e inculcar el odio, el miedo y confundir funciona"
Violenta y ridícula. Javiera Rodríguez @capitanarod se disfraza de paca y posa frente a Gustavo Gatica con la frase "Chao pensiones de gracia". Así republicanos desprestigian las instituciones y transforman todo en un circo #CambioDeMando
JAHAJAJANJAHA LO HACE IGUAL.
El actor escocés Lewis MacLeod hace una imitación brillante de Donald Trump. Es realmente espectacular como imita al demente.