Tal vez tengamos que aceptar que el otro nunca es cómo queremos o necesitamos que sea. El otro es como es. Como puede. Como le sale. A partir de ahí, posiblemente, empecemos a exigir un poco menos y a entender más.
Lo más bonito es haber estado presente. Que sí estuviste, que sí te diste, que sí te compartiste. Que lo que hubo, fue. Suave, con todo y su tormenta. Haberse empapado, con todo y miedo.