Sociólogo sobreviviente a la sociología tradicional. Anarquista, libertario y conservador. Políticamente incorrecto y de derecha mientras no haya otra opción.
La cualidad más importante de la mujer, eso que la hace irrepetible y especial, es su capacidad de dar vida.. lástima que el feminismo le haya hecho tanto daño a la mujer que hoy la juventud no sólo no admira esa cualidad sino que ls aborrece.
Nos llaman locas, putas, asesinas y drogadictas por alzar la voz y confrontar. Somos mentirosas cuando nos atrevemos a denunciar. Dicen que somos el sexo débil y somos capaces de dar vida. Se burlan de nuestros cuerpos, de nuestros argumentos. Hoy no celebramos, conmemoramos. 8M
Cuba 🇨🇺
Por dos noches consecutivas, los cubanos han salido a protestar, dando el grito de libertad y abajo el comunismo. Han llenado las paredes de grafitis pidiendo ayuda a Trump Y el fin de la dictadura.
Nadie, absolutamente nadie está pidiendo el fin del bloqueo.
¡Cuba quiere libertad!
La Unión Soviética enviaba petróleo a Cuba a precios preferenciales, Cuba consumía una parte y reexportaba el excedente en el mercado internacional para obtener divisas fuertes.
En los años finales del bloque soviético (década de 1980), Cuba recibía aproximadamente:
➡️≈ 13 millones de toneladas de petróleo al año (finales de los 80)
➡️Esto equivale aproximadamente a 260 000 barriles diarios.
El consumo interno cubano era mucho menor que lo recibido. Aproximadamente:
➡️6-7 millones de toneladas se utilizaban en la economía nacional. El resto quedaba disponible para reexportación.
➡️Esto significaba que alrededor de 3 a 5 millones de toneladas anuales podían venderse fuera.
Estimaciones económicas sitúan la reexportación en:
➡️≈ 3-5 millones de toneladas anuales vendidas en el mercado internacional.
➡️Eso equivalía aproximadamente a 60 000-100 000 barriles diarios.
Los ingresos obtenidos eran una de las principales fuentes de divisas del régimen cubano, junto con el azúcar. Diversos estudios económicos estiman que la ayuda total soviética a Cuba (que incluía petróleo, precios preferenciales y créditos) alcanzaba aproximadamente:
➡️≈ 5000 a 7500 millones de dólares anuales en los años 80. El petróleo era uno de los componentes centrales de ese subsidio.
Y nunca cesaron las colas, las restricciones, los apagones. No pudieron arreglar baches ni construir viviendas. El sistema no sirve. Puedes darle todo el oro del mundo y se lo roban para beneficio personal.
El feminismo es probablemente la ideología más patológica que ha infectado occidente en las últimas décadas. El efecto ha sido completamente devastador, tanto para hombres como para mujeres, haciendo imposible la convivencia armónica. Es una ideología totalitaria que, como toda derivación del marxismo, busca la destrucción de los fundamentos de nuestro sistema occidental.
Cuando la extrema derecha y la extrema izquierda te atacan inventando cosas y mintiendo, es porque haces las cosas bien. Ya decidí mi voto. @LopezChauNava debe ganar en primera vuelta.
Aryna Sabalenka, la número 1 del tenis femenino, se niega a usar el brazalete del arcoíris LGBT en el tenis:
“El tenis debería centrarse en jugar, competir y ganar, y no convertirse en una plataforma de propaganda política o ideológica”.
¿Estás de acuerdo con ella?
Amigos, sobre la fallida relación entre el Presidente Balcázar y Hernando de Soto, comparto con ustedes mi reciente columna..
Lea, comente y comparta. 🧐🤓🥸
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¿Gaza?
¿Hiroshima?
¿Tel Aviv?
¿Belgrado?
¿Vietnam?
¿Irak?
¿Siria?
No, La Habana, donde no ha habido un conflicto armado con ningún país. El mismo que se apoderó de la capital en 1959 fue el mismo que la destruyó, y luego siguió por todo el país porque le pareció poco el desastre.
¿Cuba o Brasil?
Hay calles en América Latina que se parecen entre sí como primas lejanas marcadas por el abandono. Cableado enredado como una telaraña neurótica, fachadas despintadas que enseñan el hueso del ladrillo, perros flacos y desnutridos cruzando sin mirar, postes torcidos que sostienen milagros eléctricos. En un barrio marginal de Brasil, como la periferia de Recife o alguna favela de Río de Janeiro, esa precariedad suele convivir con algo más; expansión improvisada, sí, pero también movimiento comercial, mototaxis, puestos informales, música saliendo de una ventana, antenas satelitales apuntando al cielo como desafío. Hay desorden, hay pobreza; y mucha, pero también hay dinamismo. La miseria allí es hija de la desigualdad histórica, de la urbanización caótica, de la violencia estructural y de la corrupción política que es permitida, en parte, por votantes ignorantes que no saben dónde y cómo poner un paro a tanto descaro. No es un modelo económico cerrado que prometió el paraíso y entregó ruinas. Ni es un sistema político que se vende como el mejor del mundo y no ha cambiado nada en casi 70 años.
En Cuba, el deterioro no es periférico; es sistémico. No nace de la exclusión del mercado sino de su estrangulamiento. Desde 1968, con la llamada Ofensiva Revolucionaria, Fidel Castro arrasó hasta con los timbiriches privados; 55 000 pequeños negocios fueron estatizados en cuestión de semanas. Se decretó que todo debía pasar por las manos del Estado, ese Estado que medio siglo después no puede garantizar ni el cableado ordenado ni la pintura de una fachada. En Brasil, el barrio pobre está al margen del sistema; en Cuba, el barrio entero es el sistema.
En una favela brasileña hay tráfico ilegal, sí; pero también hay propiedad privada, compraventa, alquiler informal, inversión pequeña que crece si hay suerte. En la Isla, durante décadas, ni siquiera se podía vender una casa libremente. Hasta las reformas parciales de 2011 el mercado inmobiliario estuvo asfixiado por prohibiciones heredadas del dogma. La pobreza brasileña es brutal; la cubana es homogénea, administrada desde la cúpula, nivelada hacia abajo con una férrea disciplina ideológica.
El contraste es incómodo para la narrativa romántica del castrismo. Porque la izquierda continental vendió durante años la imagen de Cuba como vitrina moral frente al «capitalismo salvaje» latinoamericano. Sin embargo, en muchas periferias brasileñas, con todos sus males, se ve algo que en la Isla escasea: iniciativa individual sin pedir permiso, comercio que no depende de una libreta de racionamiento, techos que mejoran cuando alguien prospera. En Cuba, si mejoras demasiado, levantas sospechas y terminas perdiéndolo todo.
Brasil carga con dictaduras pasadas, corrupción endémica y desigualdad obscena; pero no convirtió la escasez en doctrina ni la ruina en épica discursiva. El castrismo sí. Lo hizo desde 1959 y lo consolidó en los 70 bajo el modelo soviético, cuando la economía quedó atada a los subsidios de Moscú hasta 1991. Cuando la URSS colapsó, quedó al desnudo la estructura; sin petróleo regalado, el «hombre nuevo» resultó ser un sobreviviente haciendo malabares con lo poco que hay.
Comparar no es absolver a Brasil ni santificar su realidad marginal. Es desnudar una mentira persistente. La favela es producto de fallas múltiples; el barrio cubano degradado es consecuencia directa de una planificación central que fracasó y nunca rindió cuentas. En un caso, la pobreza es síntoma de desigualdad; en el otro, es política de Estado maquillada de justicia social.
Ahí está la diferencia; uno promete movilidad y la niega a muchos. El otro prometió redención total y entregó un paisaje detenido en el tiempo, con cables cruzados como metáfora perfecta del enredo ideológico que lo produjo.
¿Esto lo ha provocado Trump con su presión sobre Cuba? ¿En serio?
Si no sabes de la realidad cubana, cállate la boca. No opines sin conocimiento del tema para no parecer estúpido.
Desde que tengo uso de razón y memoria, por allá por la fatídica década del 80, mi barrio se llenaba de escombros, de basura, de tanques repletos, de bolsas tiradas por todas partes.
Hay un documental de Enrique Colina, llamado Vecinos, donde se menciona el tema. Y en la década del 80, la URSS mandaba petróleo por tuberías para Cuba, que el régimen revendía en el mercado internacional.
No me jodan. Lo que no funciona es el castrismo y su mecanismo socialista de mierda.
He leído muchas publicaciones hablando de los “pobrecitos delincuentes”, que crecieron en pobreza, que la sociedad los excluyó, que el sistema los orilló.
Es el viejo relato de la izquierda para romantizar al criminal y culpar a la sociedad. Pero nada más falso que eso.
Cada vez que se viola la ley, el responsable es quien la viola, nadie más. Ya va siendo momento de restaurar el principio básico de que cada individuo es responsable de sus acciones y de sus decisiones.
Después de casi 70 años, estas son las «bondades» que el castrismo ha dejado en el campo cubano.
La revolución cubana empobreció al campo y lo hizo involucionar más de 60 años. Durante el régimen de Batista, con todas las diferencias sociales que había, el campo cubano producía alimentos de todo tipo y tenía maquinaria norteamericana de punta para la época.
Psicología de las masas. Gustave Le Bon
En 1895, en una Francia todavía marcada por la revolución, la Comuna de París (1871) y el ascenso de los movimientos de masas, Gustave Le Bon publica Psychologie des foules. Su preocupación no es económica, sino psicológica. ¿Qué ocurre cuando el individuo se diluye dentro de la multitud?
Le Bon sostiene que, en la masa, el individuo pierde rasgos críticos y adquiere una mente colectiva primitiva. Disminuye la responsabilidad personal, aumenta la sugestionabilidad, predominan las emociones intensas sobre los razonamientos complejos. La multitud responde más a imágenes, consignas y símbolos que a argumentos racionales. No es que todos se vuelvan incapaces, sino que la dinámica grupal altera profundamente el comportamiento.
A finales del siglo XIX, Europa experimenta sufragio ampliado, sindicalismo, movilizaciones populares y propaganda política emergente. La política deja de ser un asunto de élites parlamentarias y pasa a movilizar a miles en calles y plazas. Le Bon observa ese fenómeno con inquietud.
Su tesis central es incómoda: la masa puede ser heroica o destructiva, pero rara vez es reflexiva. Necesita líderes fuertes, narrativas simples y estímulos emocionales.
La izquierda del siglo XX entendió muy bien esta lógica. La movilización constante, el mitin multitudinario, la consigna repetida y el símbolo omnipresente no son espontáneos; son herramientas de construcción emocional. Por ello, se manipulan estos elementos:
- Simplificación extrema del discurso en dicotomías morales.
- Uso reiterado de lemas que apelan a la identidad antes que al análisis.
- Exaltación de la unidad emocional frente a la deliberación individual.
- Estigmatización del disidente como traidor al colectivo.
Le Bon advertía que la masa responde más a imágenes que a cifras. Los movimientos de izquierda han explotado esa dinámica mediante iconografía, ritual político y narrativa épica de lucha permanente. El argumento técnico cede espacio a la emoción compartida.
La psicología de masas facilita la transferencia de responsabilidad. En el grupo, el individuo siente respaldo y anonimato. Las decisiones colectivas intensifican la convicción moral. El sentimiento de pertenencia refuerza la adhesión a la línea dominante.
La izquierda revolucionaria ha utilizado históricamente esta energía colectiva para impulsar cambios políticos rápidos. El problema surge cuando la emoción sustituye a la evaluación crítica. La movilización constante puede generar cohesión, pero también reduce el espacio para un análisis matizado.
En entornos altamente ideologizados, la masa no solo apoya; legitima. La presión emocional convierte la discrepancia en riesgo social. La racionalidad individual queda subordinada al impulso colectivo.
Le Bon no escribía contra una ideología específica; analizaba una dinámica psicológica universal. Sin embargo, los movimientos políticos que dependen de la movilización masiva constante encuentran en su teoría una confirmación operativa.
Cuando el discurso se diseña para impactar emocionalmente y consolidar la identidad grupal, la deliberación racional pierde terreno. La masa actúa como amplificador de narrativas simples. La psicología de las masas no invalida la participación popular. Pero advierte que la multitud, sin contrapesos institucionales y sin cultura crítica sólida, puede convertirse en un instrumento fácilmente direccionable.
Y cuando la política se apoya más en la emoción colectiva que en la evaluación estructural, la frontera entre movilización legítima y manipulación ideológica se vuelve peligrosamente tenue.
Es increíble el avispero que puede levantar una simple publicación. Y vuelvo sobre el tema de Elon Musk y lo que sucedió en México.
Resulta que ahora hay una bandita malhumorada, desquiciada y frenética intentando dar lecciones de historia o política a Musk por lo que dijo en lugar de preocuparse más por la violencia que está arrasando a México desde hace décadas. Sí, décadas.
Ya el tipo pasó página, siguió con sus temas personales y los chairos y susceptibles andan lloriqueando con lo que él dijo, cuando la violencia sigue ahí, los narcos siguen ahí, las drogas siguen ahí; y lo peor de todo, la 4T y el partido Morena siguen ahí.
¿Eso no les preocupa? Una vez más, Letrinoamérica centra sus vagos esfuerzos en el objetivo equivocado. Muchas de esas personas (políticos y otras personalidades, o ciudadanos comunes) están verificadas en X, pagan una mensualidad a Elon Musk para criticarlo en su plataforma. Yo no estaría aquí, la verdad.
Cada vez que veo gente preocupada por los derechos humanos de los pandilleros, los narcotraficantes y los delincuentes me pregunto si se sentirían igual después de que alguno de ellos haya asesinado, decapitado, robado, violado o golpeado a algunos de los familiares de los que los defienden.
Economía moral del campesinado y su manipulación por la izquierda. E. P. Thompson
La llamada economía moral no nace como consigna militante, sino como categoría histórica. En 1971, E. P. Thompson publica en Past & Present su ensayo The Moral Economy of the English Crowd in the Eighteenth Century. El contexto es la Inglaterra del siglo XVIII, marcada por crisis de precios del grano, malas cosechas y disturbios populares conocidos como bread riots.
Thompson sostiene que esas revueltas no eran simples explosiones irracionales de hambre, sino respuestas basadas en una noción compartida de justicia económica. Las comunidades rurales creían que existía un «precio justo» del pan y que los comerciantes que especulaban en tiempos de escasez violaban un pacto moral implícito. No defendían teoría socialista alguna; defendían costumbres tradicionales de regulación y protección comunitaria.
El sentido original del concepto es descriptivo. Thompson, marxista heterodoxo, intenta mostrar que la multitud tenía racionalidad cultural, no mera violencia. La economía moral expresa expectativas normativas sobre el comportamiento legítimo en el mercado.
Hasta ahí, un aporte historiográfico serio.
La izquierda contemporánea tomó esa categoría histórica y la convirtió en argumento normativo permanente contra el mercado. Lo que Thompson describía como mentalidad comunitaria del siglo XVIII se reinterpreta como prueba de que el mercado libre es inherentemente inmoral.
La manipulación consiste en trasladar un fenómeno contextual a un principio universal. Si en 1760 los campesinos exigían precios justos, entonces toda fijación de precios o intervención estatal se presenta como restauración ética. Se omite que aquellas economías eran locales, preindustriales y limitadas en escala. No operaban bajo cadenas globales de suministro ni estructuras complejas de producción.
Además, la economía moral no eliminaba la escasez. Expresaba rechazo cultural a ciertos comportamientos comerciales, pero no resolvía el problema material de oferta limitada.
La izquierda ideológica usa la economía moral como justificación para:
- Controles de precios extensivos.
- Intervención directa en mercados.
- Criminalización de beneficios considerados excesivos.
El problema principal aparece cuando la moral sustituye al análisis de incentivos. Fijar precios puede aliviar una tensión inmediata, pero si desincentiva la producción o la distribución, genera escasez prolongada. El discurso moral apela a la justicia; la estructura económica responde a los incentivos.
En el ensayo original, Thompson analizaba cómo las comunidades defendían expectativas tradicionales frente a mercados en expansión. No proponía un modelo viable para las economías industriales modernas. La extrapolación ideológica omite esa diferencia fundamental.
La economía moral se basa en normas compartidas. El mercado moderno se basa en señales de precio y competencia. Cuando se intenta imponer una moral estática sobre un sistema dinámico sin ajustar incentivos, surgen diversas tensiones.
La izquierda suele presentar la intervención como una corrección ética necesaria. Pero rara vez reconoce que la moral colectiva no elimina las restricciones materiales. El trigo sigue siendo finito; el transporte tiene costos; la producción requiere inversión. Convertir las expectativas morales en decreto político puede satisfacer simbólicamente, pero no altera las condiciones estructurales de oferta y demanda.
Thompson aportó comprensión histórica de la cultura popular frente al mercado emergente. Transformar ese análisis en justificación sistemática de intervención permanente simplifica el fenómeno y lo convierte en arma retórica.
La economía moral del campesinado explicaba disturbios del siglo XVIII. No diseñaba política económica para sociedades complejas del siglo XXI. Cuando se usa como argumento contra cualquier lógica de mercado, deja de ser historia y pasa a ser ideología. La moral importa. Pero si reemplaza al análisis de incentivos y sostenibilidad, termina produciendo efectos contrarios a los que pretende evitar.