Artificial intelligences do not undergo experiences, do not possess a body, do not feel joy or pain, do not mature through relationships, and do not know from within what love, work, friendship or responsibility mean. Nor do they have a moral conscience, since they do not judge good and evil, grasp the ultimate meaning of situations, or bear responsibility for consequences. They may imitate or even simulate, but they do not understand what they produce, for they lack the affective, relational, and spiritual perspective through which human beings grow in wisdom. #MagnificaHumanitas
#ComunicadoFLIP 🧵 A nueve días de las elecciones presidenciales, Abelardo de la Espriella y sus seguidores protagonizan nuevos ataques contra la prensa, esta vez contra @MJDuzan, @JulianFMartinez y @Melquisedec70. Rechazamos estas agresiones y advertimos una cadena recurrente para silenciar, desacreditar y deslegitimar a periodistas.
Qué risa cuando mi perro suspira ¿Qué es lo que te acongoja, mi rey? ¿La inflación, las deudas, el desempleo? ¿El fascismo galopante o el estado de descomposición del mundo?
El duelo de la identidad política
Por: @juanabotero
Las identificaciones políticas nacen de las historias más íntimas de las personas. Por eso el debate político no es técnico: es profundamente emocional y vincular. Nos identificamos no solo por formación política o razones económicas, sino por afinidad de valores, de pertenencia: de lugar, de clase, de raza, de sexo, de generación, de gustos. La política nos habita antes de que tengamos palabras para ella.
Cuando una identificación política es profunda, las personas no sienten afinidad racional —se convierten en algo. Desde lo político, ese algo ha sido una ideología, un partido, un sí o un no, un caudillo u otro. Las identificaciones, combinadas, serían algo así como: los liberales de compromiso ciudadano, del sí, fajaristas; los liberales del nuevo liberalismo, galanistas; los conservadores de la U, uribistas; los neoliberales del partido verde; los liberales de izquierda del Pacto Histórico, petristas; los liberales de izquierda del sí que no son petristas. Y podría seguir. Las variables son tantas que las combinaciones son infinitas.
Pero la mente busca patrones para sentirse segura y tomar decisiones menos complejas. Y el país también. Entonces esta multiplicidad de identidades confusas se redujo a una fórmula sencilla: derecha, izquierda y centro. Uribe, Petro, sí o no. Pacto Histórico, Centro Democrático. Los valores liberales o conservadores frente a los modelos económicos y de sociedad pasaron a un tercer plano; el peso principal lo tomó la manera en que cada quien concebía el final del conflicto armado en Colombia. De ahí, y del manejo que hicieron la institucionalidad y la oposición de esa discusión, surgió la última y más peligrosa división: los paracos y los guerrilleros.
Quedó una sola fórmula de selección múltiple entre dos identidades: los de la derecha del no, uribistas, del Centro Democrático, paracos. Los de la izquierda del sí, petristas, del Pacto Histórico, guerrilleros. Y eso es lo que nos dicen que tenemos que elegir.
No sorprende que los colombianos estemos en duelo de identidad política. Pero no es solo el duelo por los grises, por los matices democráticos, económicos y sociales que desaparecieron. Es que la gente está genuinamente confundida, porque le toca elegir a cuál de los delitos del conflicto le hace apología: si a los del Estado o a los de las narcoguerrillas. Hay que escoger si uno se sienta en la banca de la defensa o de la acusación en el pleito entre Uribe e Iván Cepeda. Tiene que decidir si es "facho" o "mamerto" y luego inventarse cómo defender ese lugar de enunciación obligado al que la polarización nos empuja.
Muy pocos encajan en esas descripciones. Y los pocos que calzan completamente, los realmente paracos y guerrilleros, son criminales y nadie quiere que lo asocien con el crimen cuando no lo ha cometido. Por eso cuando una identidad política se desdibuja en el oponente y se le asocia a delitos cometidos por guerrillas o por el Estado, lo que hay es una guerra a muerte por defenderse. Estas elecciones pasaron la raya de la insensatez por un duelo mal hecho de identidades políticas ficticias y minoritarias.
Y sin embargo, cuando me detengo a mirar a los colombianos —no a sus mandatarios, no a sus partidos— lo que veo es que no estamos tan lejos. Todos queremos vivir en un lugar próspero, seguro, amable, alegre, moderno, verde, diverso, pujante, bonito. Nadie quiere hambre. Nadie quiere violencia. Ese fondo existe, y precisamente porque existe, el duelo vale la pena hacerlo.
Hay que hacerlo pronto, además, porque todo lo que nos impide llegar a ser ese país hay que empezar a eliminarlo sistemática, metódica y técnicamente. Erradicar la pobreza y la inequidad requiere que todos estemos en el mismo bus, aunque no estemos de acuerdo. Hay que hacer ese duelo porque si no, medio país va a quedar sin cabida cuando su mandatario pierda o lo decepcionen, si sigue viendo en él su identidad personal. Aquí cabemos todos y con o sin esos caudillos aquí seguimos. No podemos perder a nadie más por violencia. No puede haber hambre. Tiene que haber riqueza, educación, salud. Esa es la verdad, y si quien está prometiendo esas cosas no las cumple, hay que dejar de defenderlo porque es insensato e irresponsable defender lo indefendible.
Un duelo es un asunto que hay que tomarse en serio. Tiene etapas, es un proceso, y es difícil atravesarlo en medio de unas elecciones con mucho ruido, sin debate político con altura, llenas de estrategias y herramientas digitales que engañan en vez de esclarecer. Pero somos más que eso.
Las etapas del duelo son la negación, la rabia, la negociación, la depresión y la aceptación —para que de ahí surja una nueva mirada sin dolor. Colombia, en esta historia, no ha podido llegar a la aceptación. Es un país inmaduro emocionalmente lleno de rabia y deprimido, y aunque cante a grito herido, baile y beba cada ocho días, la verdad es que la gente desconfía de todo, porque hay una historia muy larga de decepciones. Pero la depresión también puede ser exceso de pasado: seguimos queriendo encontrar al culpable, seguimos tristes, y no hemos aceptado lo que ya pasó, ni hemos aprendido a diferenciarlo de lo que hoy pasa. No hay posibilidad de futuro si no se suelta el pasado.
Por eso es importante que creemos otras identidades, o que aprendamos a prescindir de ellas cuando votamos. Que le hagamos el duelo a lo que haya que hacerle, para que tengamos ojos de futuro, de posibilidad, de justicia, de abundancia. No podemos ser el país victima para siempre. Ojala podamos ser sujetos lo suficientemente libres del pasado para preguntarnos qué necesita Colombia hoy, y a quién que -más allá de cómo habla, de qué símbolos usa, de a qué tribu pertenece o que a lealtad histórica me ata su discurso— es quien realmente sabe y tiene lo que hay que saber y tener para gobernar un país de más de 50 millones de habitantes, diverso, complejo y lleno de oportunidades y con el mayor de los retos: el narcotráfico y la violencia. Hay que tomarse en serio la pregunta de quien tiene lo que se necesita para manejar un país con dignidad y con altura y quien puede armar ese equipo que lo acompañe en la labor más difícil del país.
Votar sin poner ni dejarse poner la identidad en juego, no es indiferencia, ni acomodamiento. Es el duelo completado. Es decirle al caudillo: usted no es mi identidad. Es decirle al país: no neguemos lo que ha pasado, pero tenemos que agarrarnos de la mano y salir de ahí, de una vez por todas. Es recuperar la distancia necesaria para pensar. Y en esa distancia, curiosamente, nos volvemos a encontrar: porque lo que queremos en el fondo es lo mismo, y siempre lo fue.
La Silla Vacía solicita rectificación a la @RevistaSemana y a @GermanCalderonE, abogado de @ABDELAESPRIELLA por el artículo "La periodista y el imperio familiar: los conflictos de interés que La Silla Vacía no cuenta".
Aquí señalamos sus falsedades:
https://t.co/nveFBdwkxA
Pregunta seria, que alguien me diga una sola iniciativa, liderada por una curul de colombianos en el exterior, que nos haya traído bienestar y derechos.
Vi el tarjeton interactivo de la @sillavacia pero para mi sorpresa no incluyeron a Cámara en el exterior 😂
Llevo todo el mes pensando por quien votar, ni hay publicidad en redes, o propuestas relevantes… los Colombianos en el exterior no valemos un peso
A 4 años de la invasión rusa en Ucrania, analizamos su impacto global.
II Encuentro Online – EuroDefense
🗓 26 feb | 17:00 (Madrid)
🌐 En inglés
Con Maksym Skrypchenko y Oleksandr Slyvchuk
Inscríbete:
https://t.co/zn1qnoj85Y
#EuroDefense#Ucrania#Geopolítica
ICE encarceló a una niña colombiana de 9 años, que viajaba con una visa de turista válida, para atrapar a su mamá que reside en Nueva York.
113 días encarcelada cuando iba a ir a Disney a pasar sus vacaciones soñadas. @CancilleriaCol feb hacer lo posible por su liberación.
Basically, this AI writer removes a big part of PhD education.
It takes over your brainwork.
Yes, it saves your time by writing for you.
But you skip the essential thinking & analytical process because you don't need to write anymore.
In my view, this is a dangerous road.
Maternidades feministas
Por: @juanabotero
Soy mamá desde hace 11 meses y feminista desde hace más de una década. Llevo más años deconstruyendo modelos de amor y familia, y construyendo una voz propia, que los que llevo siendo madre. Y quizá por eso hoy puedo decir, sin ninguna vergüenza, que algo está profundamente mal en el cuidado de los hijos. No es que, de no ser feminista, no lo hubiera visto, pero seguramente no me hubiera atrevido a decirlo.
Algo está realmente roto en las cargas que asumimos las mujeres, madres y trabajadoras. No sorprende que cada vez menos mujeres quieran tener hijos y que las tasas de natalidad se desplomen. ¿De verdad no quieren? ¿O simplemente no lo ven viable? ¿No quieren o no están dispuestas a cargar con todo? ¿No quieren o no hay suficientes hombres con quienes repartir el cuidado? ¿No quieren o no pueden pagar el altísimo costo de tercerizar el cuidado para poder seguir trabajando? ¿No quieren o no tienen redes de apoyo? No hay decisión libre cuando una de las opciones es imposible o titánica. Tener hijos hoy —sin morir en el intento— es un privilegio de pocos, y eso está muy, muy mal.
Aclaremos algo esencial: el problema NO son los hijos. Los niños son lo más maravilloso que puede vivir una madre. El problema es no tener tiempo para ellos como quisiéramos y, además, no tener tiempo para seguir siendo un ser humano completo, con placeres, pasiones. Con tiempo.
El problema es que el cuidado —que debería ser un diamante sostenido por la familia, el Estado, el mercado y la sociedad civil— simplemente no existe. En lugar de un diamante, tenemos un punto aplastado donde todas las responsabilidades caen sobre una sola esquina: las familias y, dentro de ellas, principalmente las madres.
Cuando una mujer trabajadora tiene hijos, únicamente suma responsabilidades. Nadie le quita otras para que pueda asumir la enorme tarea de criar: alimentar, pedir citas médicas, gestionar vacunas, conseguir buenos alimentos, comprar ropa, jugar, preparar teteros, matricular en el jardín… sin mencionar recuperarse de un parto, atravesar un posparto, reconciliarse con su propio cuerpo y, además, ser una esposa divina y sexy.
El problema también es la maldita culpa que cargamos el 99 % de las madres por no lograr ser todo. Si hay que sacrificar algo, es siempre lo nuestro: nuestras pasiones, nuestros placeres, nuestro tiempo libre.
El problema es que vamos apagando funciones para no morir de agotamiento. Y ese apagarse también es un juicio: primero se apaga la libido, luego la alegría, después la cabeza.
En lo laboral, el problema no es que te echen —eso es ilegal—. El problema es que no se note que eres mamá. Es “súper lindo” siempre y cuando no faltes para vacunarlos, siempre y cuando no lloren en reuniones, siempre y cuando estemos impecables, siempre y cuando no faltemos ni un día aunque no hayamos dormido ni una hora. Siempre y cuando no se note que estamos agotadas. Que somos madres.
Para la mayoría de mujeres, trabajar no es una opción: es una obligación. Por eso la maternidad solo suma cargas, porque el cuidado no se reparte y las cargas económicas tampoco. Hoy casi ninguna familia vive con un solo salario. Y nadie se pregunta si esto es sostenible.
He defendido el trabajo de las mujeres a capa y espada; he luchado por salarios iguales y por mujeres en espacios de poder. Pero debo admitir que me faltaba un pedazo: las mujeres madres trabajadoras. La llegada de mi hija me obligó a preguntarme por el cuidado. Me hizo dudar incluso de mi lucha, de los feminismos. ¿Tiene sentido trabajar así? ¿Vale la pena mi éxito a costa del cuidado? ¿Quiero perderme a mi hija entre reuniones? ¿Puedo renunciar? ¿Quién va a hacerse cargo de todo? ¿Debo bajar mis gastos?
Luego entendí que mis preguntas estaban mal formuladas. Que no tenía por qué elegir. Que estaba eligiendo porque, otra vez, creía que el problema era mío. Y descubrí que no había que dudar de la lucha, sino reforzarla desde el lugar correcto: la corresponsabilidad en el cuidado. Si no es así, la respuesta volverá a ser la misma: oprimirnos a nosotras. Renunciar a los sueños. Dejar de trabajar. Encerrarnos en casa.
No puede existir una disyuntiva entre ser madre y ser feminista, entre ser madre y querer trabajar, entre ser madre y querer divertirse, entre ser madre y querer seguir siendo humana.
Algunos inconscientes han dicho “ahí tienen, eso era lo que querían” o “¿ven?, por eso era mejor no tener hijos”. Comentarios machistas, misóginos e ignorantes. Y no: no era esto lo que queríamos. Y no: no es mejor no tener hijos. Al menos no para mí ni para millones de mujeres que encontramos en los hijos la alegría, el amor y la fuerza más grande del planeta. Pero no se equivoquen: eso no significa que queramos ser heroínas ni que nos arrepintamos de la maternidad. Lo que denunciamos es la falta de corresponsabilidad.
¿Entonces qué queremos?
– Queremos trabajar y tener más tiempo para nuestros hijos sin que eso implique salarios reducidos.
– Queremos cuidar y que nuestras parejas cuiden igual.
– Queremos un Estado que garantice precios justos y jardines infantiles accesibles y de calidad.
– Queremos que tener hijos no sea un privilegio reservado para quienes más tienen.
– Queremos descansar, cuidar menos y que quienes cuidan con nosotras, cuiden más.
– Queremos que la maternidad no se infantilice ni se romantice el agotamiento.
– Queremos colegios y jardines que entiendan que madres y padres trabajamos y no podemos asistir a reuniones a las 11 a. m.
– Queremos que no se nos obligue socialmente a lactar cuando es casi imposible hacerlo trabajando.
– Queremos un sistema de salud que atienda a los niños en horarios no laborales.
– Queremos permisos remunerados para sus cumpleaños, vacunas, enfermedades, graduaciones.
– Queremos que sea verdad que los niños son lo más importante de la sociedad, porque hoy solo lo son para sus padres.
Y queremos, por encima de todo, un sistema donde cuidar no cueste la vida.
A ninguna sociedad liberal ni de libre mercado le conviene que haya menos niños ni menos mujeres trabajando. Esto es un asunto económico, demográfico, social y de futuro. Es de todos.
Algunos datos que acompañan esta columna:
– El 82 % de las mujeres renuncia al trabajo según la encuesta El peso invisible de tu maternidad, aplicada en España a casi veinte mil mujeres.
– En la misma encuesta, el 41 % de las mujeres que se divorcia afirma hacerlo por falta de corresponsabilidad.
– En la última Encuesta Mundial de Valores, el 53 % de los colombianos cree que los hijos sufren cuando las mamás trabajan; esta cifra crece (antes era el 47 %).
Las mujeres estamos cansadas.
Y nada cambia.
The Nobel Prize in Economics is characterised by extreme institutional concentration: almost every prizewinner has passed through an economics department at an elite US university.
Sure, these universities attract top talent globally.
But this institutional concentration of prizewinners is part and parcel of a broader set of problems in the field of economics: elite dominance, intellectual gatekeeping, the dominance of Western perspectives, and disciplinary homogeneity.
These dynamics have been well documented. Here are three papers and one book that examine them:
Fourcade, Ollion, and Algan (2015), “The Superiority of Economists”: Economics is a uniquely hierarchical and self-reinforcing field, where elite training pipelines dominate publication and influence.
Baccini and Re (2023), “Who Are the Gatekeepers of Economics?”: A small group of elite institutions and scholars controls the editorial machinery, reinforcing disciplinary homogeneity.
Freeman, Xie, Zhang, and Zhou (2024), “High and Rising Institutional Concentration of Award-Winning Economists”: Economics has the highest and growing institutional concentration among elite academics across all disciplines.
Dutt, Alves, Kesar, and Kvangraven (2025), “Decolonizing Economics: An Introduction”: Mainstream economics is rooted in Eurocentric, colonial assumptions.
Mi primer 12 de octubre en España. Me encontré con muchas banderas: hechas en la china, vendidas por inmigrantes indocumentados, y una docena de banderas franquistas portadas orgullosamente por hombres jóvenes, casi adolescentes diría yo.
Un día de muchas preguntas.
🤔El medio inglés @TheEconomist encendió un necesario debate: ¿cómo se mapean los actores armados en Colombia?
El mapa que publicó, basado en información de la @DefensoriaCol, no puede leerse como una foto de la “presencia” de los grupos, pues hay matices detrás.
Te contamos porqué en el siguiente hilo 🧵👇