"... la justicia social exige mirar a las personas y a los pueblos comenzando por los que son más vulnerables: los pobres, los migrantes, los refugiados, los desplazados internos, las víctimas de la violencia ..."
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Esta escena de #ThePitt anoche me conmovió tanto. La reivindicación de la compasión, de la empatía y la capacidad que todos tenemos de cambiar la vida de alguien, incluso con un gesto de generosidad. Fue dolorosísima y de las cosas más bellas que he visto en la televisión este año.
Opino que podrían sacar una suscripción que fuera solo a la @Revista_Sabado y la Ya. O en efecto, solo la Sábado. Esa si la compraría. Ni A, B, C. Las puras revistas
If you're the mother who was reading Harry Potter and the Philosopher's Stone aloud to your child on the LNER train from London to Edinburgh yesterday, one of my grown up children was listening and says you did the voices brilliantly❤️🥹
Hemos adoptado vocabulario psicológico para explicarlo todo: límites, heridas, apego, validación, trauma. Nombramos mejor, sí pero no siempre vivimos mejor. Normalizar el vocabulario psicológico para la vida cotidiana la vuelve rigida. No todo necesita análisis ni nombre.
Durante 10 años, Gisèle Pelicot se levantó, puso la mesa, hizo café y vivió una vida “normal”. Sin saber que por las noches su esposo la drogaba para que decenas de hombres la violaran mientras él lo grababa. Cuando el caso explotó, no solo se derrumbó su matrimonio: se derrumbó la idea cómoda de que el mal siempre se ve venir.
Lo más brutal es esto: había videos, había pruebas, había culpables… y aun así hubo quien dudó. Jueces que hablaban de “escenas de sexo”. Abogados buscando “consentimiento” donde había sedación. Médicos que pensaron en Alzheimer, en ansiedad, en cualquier cosa menos en violencia. El proceso penal no solo juzgó a los acusados: también puso a prueba la dignidad de la víctima.
Por eso ella exigió un juicio público. No por morbo. Por justicia. Porque entendió algo que muchas sociedades se niegan a aceptar: la vergüenza no era suya. Era de ellos. Y cuando una mujer logra que la vergüenza cambie de bando, no solo gana un caso: abre una grieta en el sistema. Y por esa grieta entra, por fin, la verdad.
Ayer mi hermanita me preguntó por dónde miraba series cuando era adolescente y le terminé contando de Cuevana y el cierre de Megaupload como quien combatió en la Guerra de Malvinas.
The Holdovers es una anomalía dentro del cine navideño, y justamente por eso, una de las mejores. No habla de quienes viajan para reencontrarse con sus familias y cumplir el ritual de las fiestas, sino de quienes se quedan atrás: los que no son esperados en ningún lugar. En ese margen, lejos del entusiasmo obligado, la película encuentra algo más honesto: un espacio para el afecto, para el encuentro inesperado y para aquello que más falta en Navidad: la posibilidad de no fingir, de no tener que estar bien, y de simplemente ser, en paz.