“En la Argentina no te baja la mirada ni el muchacho que vende estampitas en el semáforo”, me dijo un vez un europeo que estaba de viaje por Latinoamérica. Eso que algunos llaman soberbia es dignidad, legado del “naides es más que naides” artiguista.
Lo hermoso de que Inglaterra pida sanción de la FIFA por el mensaje de Malvinas es la paradoja: la sanción solo tiene sentido si se reconoce que, efectivamente, "Malvinas" se refiere a las islas.
Si "Malvinas" no fuera una forma válida de nombrarlas, sería una palabra cualquiera.
Pero al denunciarlo como un mensaje político, admiten justamente lo contrario: que "Malvinas" nombra un territorio en disputa, que el reclamo argentino existe y que "Falklands" no es un nombre neutral ni definitivo, sino atravesado por su propio imperialismo.
Y esa es la revolución: lograr que la frase "Las Malvinas son argentinas" siga disputando sentido, incomodando al imperio (que todavía, en pleno siglo XXI, tiene 14 naciones subordinadas al Commonwealth) y recordando que la ocupación, al menos en ese pedacito de tierra del sur global, nunca consiguió volverse completamente legítima.
Hay partidos que trascienden el fútbol.
Como Veterano de Malvinas, hoy solo quiero agradecerles a estos chicos por la enorme alegría y la inmensa caricia al alma que nos regalaron.
El deporte nunca cambia la historia, pero a veces ayuda a sanar emociones que siguen muy vivas.