Mi perro ha muerto.
Lo enterré en el jardín
junto a una vieja máquina oxidada.
Allí, no más abajo,
ni más arriba,
se juntará conmigo alguna vez.
Ahora él ya se fue con su pelaje,
su mala educación, su nariz fría.
Y yo, materialista que no cree
en el celeste cielo prometido
para ningún humano,
para este perro o para todo perro
creo en el cielo, sí, creo en un cielo
donde yo no entraré, pero él me espera
ondulando su cola de abanico
para que yo al llegar tenga amistades.
Ay no diré la tristeza en la tierra
de no tenerlo más por compañero,
que para mí jamás fue un servidor.
Tuvo hacia mí la amistad de un erizo
que conservaba su soberanía,
la amistad de una estrella independiente
sin más intimidad que la precisa,
sin exageraciones:
no se trepaba sobre mi vestuario
llenándome de pelos o de sarna,
no se frotaba contra mi rodilla
como otros perros obsesos sexuales.
No, mi perro me miraba
dándome la atención que necesito,
la atención necesaria
para hacer comprender a un vanidoso
que siendo perro él,
con esos ojos, más puros que los míos,
perdía el tiempo, pero me miraba
con la mirada que me reservó
toda su dulce, su peluda vida,
su silenciosa vida,
cerca de mí, sin molestarme nunca,
y sin pedirme nada.
Ay cuántas veces quise tener cola
andando junto a él por las orillas
del mar, en el invierno de Isla Negra,
en la gran soledad: arriba el aire
traspasado de pájaros glaciales,
y mi perro brincando, hirsuto, lleno
de voltaje marino en movimiento:
mi perro vagabundo y olfatorio
enarbolando su cola dorada
frente a frente al Océano y su espuma.
Alegre, alegre, alegre
como los perros saben ser felices,
sin nada más, con el absolutismo
de la naturaleza descarada.
No hay adiós a mi perro que se ha muerto.
Y no hay ni hubo mentira entre nosotros.
Ya se fue y lo enterré, y eso era todo.
Pablo Neruda.
El poema original "Un perro ha muerto" fue escrito por el célebre poeta chileno Pablo Neruda (1904-1973) y publicado en 1974 dentro de su libro póstumo Defectos escogidos (aunque fue compuesto a finales de la década de 1960).
Esta obra nació a partir de un dolor real: la muerte de Calbuco, un perro de raza boyero de Berna que fue el fiel compañero de Neruda en su mítica casa de Isla Negra, frente al Océano Pacífico.
A lo largo de su vida, Neruda tuvo una relación muy profunda con la naturaleza y los animales.
En su madurez, viviendo en la costa chilena, Calbuco no era una simple mascota; era el testigo silencioso de sus caminatas por la playa brava, del viento invernal y de sus horas de escritura.
Cuando el perro murió, el poeta rechazó las convenciones del luto tradicional humano o las promesas religiosas del catolicismo.
En su lugar, decidió enterrarlo en su propio jardín, marcando el inicio de un poema que se convertiría en el máximo referente de la poesía elegíaca animal en la literatura hispanoamericana.
El estilo de Neruda en este poema
"Un perro ha muerto" pertenece a la etapa tardía de Neruda, caracterizada por una poesía de las cosas sencillas, un giro que inició en los años 50 con sus famosas Odas elementales.
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