Da mucho miedo que un juez desquiciado te pueda arruinar la vida sin más prueba que sus propias obsesiones personales y un puñado de argumentos inconexos, sin sufrir nunca la más mínima consecuencia por ello. Cuántas veces ocurrirá sin que nos enteremos.
No hay mayor placer para un cocinero que poner al centro de la mesa un plato que invite a estirar el brazo, romper un buen pan y compartir confidencias. Quienes siguen de cerca mi trayectoria saben que hoy mis fogones se nutren del paisaje y el producto de Asturias. Sin embargo, el oficio exige mantener la mente abierta y la maleta dispuesta. Durante uno de mis viajes más enriquecedores, enfocado en una asesoría culinaria en el Perú, me sumergí en una despensa desbordante de vida y color que transformó por completo mi manera de entender la fusión de nuestras raíces.
Para comprender la evolución de este plato, es necesario mirar primero el origen de nuestra propia cocina. Las tradicionales gambas al ajillo son un pilar indiscutible de las tabernas españolas, con una historia arraigada en los bares de Andalucía y del Madrid antiguo. Su grandeza reside en una sencillez casi matemática: buen aceite de oliva, ajos secos laminados que se doran despacio, una guindilla para el toque picante y el marisco saltando en el calor de una cazuela de barro. Una fórmula directa y popular, nacida en ambientes de barra y concebida para disfrutar sin pretensiones.
Durante mis estancias de trabajo en Lima, comprendí que las recetas viajan y se transforman al tocar tierra firme. La costa peruana, bendecida por la corriente marina, sustituye de forma natural las gambas por unos majestuosos y carnosos langostinos. Pero el verdadero vuelco al corazón ocurrió al descubrir el ají amarillo, un ingrediente con miles de años de historia andina. Al fundir esta pasta de ají con el ajo, la mantequilla y un golpe de pisco local, el aceite transparente de siempre se convirtió en una salsa densa, cremosa y de un amarillo brillante. Lo que descansa en la cazuela no es una ruptura con el pasado, sino un abrazo cálido y respetuoso entre la herencia ibérica y la magia del Perú criollo.
Para llevar esta maravilla al centro de la mesa, todo empieza reuniendo medio kilo de langostinos bien frescos —como debe ser siempre en mi cocina— limpios, pero conservando su cola, junto a un par de cucharadas de esa aromática pasta de ají amarillo que previamente hemos hervido y licuado. Al lado, nos esperan cinco dientes de ajo cortados en láminas, dos cucharadas de mantequilla, otras dos de aceite de oliva, un chorro generoso de pisco peruano, perejil fresco picado y una noble rodaja de papa cocida que servirá para absorber todos los jugos.
El ritual comienza en un cuenco, donde dejamos reposar el marisco del día con un toque de sal, pimienta y apenas una pizca del ajo para que vayan despertando sus sabores. Al tratarse de un producto tan noble y fresco, no necesitamos largas esperas. Mientras tanto, arrimamos al fuego una cazuela de barro o una sartén profunda; allí derretimos la mantequilla junto al aceite de oliva a fuego medio y dejamos que el resto de los ajos se doren despacio, vigilándolos con mimo para que tomen color sin quemarse.
Cuando el aroma del ajo inunda la cocina, incorporamos la pasta de ají amarillo, removiendo durante un par de minutos para que el color y los sabores se unan en una base dorada y fragante. Es en ese instante cuando subimos el fuego al máximo y soltamos los langostinos en la cazuela; al estar recién salidos del agua, apenas necesitan un minuto por lado para transformarse y vestirse con un precioso tono rosa coral.
El broche de oro llega al verter el chorro de pisco sobre el fuego vivo. El alcohol se evapora rápidamente en un siseo, arrastrando los jugos de la cocción y ligando la grasa con el ají hasta convertirla en una salsa untuosa, espesa y celestial. Apagamos el fuego de inmediato para garantizar que el marisco fresco conserve toda su firmeza y su jugo natural. Finalmente, espolvoreamos el perejil fresco por encima, acomodamos la rodaja de papa cocida para que se empape bien de la salsa y servimos la cazuela burbujeante directamente en la mesa.
#sedcuriosos
46 minutos llorando. Y lo que me queda.
Final perfecto. Lo han clavado. Nunca dudé de ellas, pero aun así, me ha sobrepasado.
Pocas series me han hecho tan, tan feliz como esta.
Gracias, gracias, gracias, gracias, gracias
#Hacks#HacksFinale@StreamMaxES
“Lorca no es una quimera, no es una idea, fue una persona. Y a Federico García Lorca lo asesinaron por maricón”
Los Javis a @gbelinchon
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Tres platos que nunca fallan en “Taberna Laredo”, una de las mejores barras de Madrid.
- Posiblemente el mejor salmorejo de la ciudad.
- Gambas y espárragos verdes en tempura con mayonesa; adictivas.
- Costillitas de conejo fritas; como pipas.
Qué gusto tener sitios así!
Pregunta de examen:
España tiene 4 expresidentes vivos.
El 1º fue el Presidente del robo y del terrorismo de Estado, el 2º fue el Presidente del robo y de la corrupción de Estado, el 3º fue el Presidente del robo y del espionaje de Estado y el 4º le ganó las elecciones del 2004 al PP, acabó con ETA en el 2011, remontó las elecciones del 2023 otra vez al PP y quería volver hacer campaña en el 2027 contra el PP.
Adivina a cuál acaba de imputar un juez a petición de Manos Limpias.