Soy el claro ejemplo de que, para alejarme de algo, primero tengo que agotar hasta la última posibilidad de salvarlo. No es falta de amor propio, es la bendita fe que tengo en creer que todo puede cambiar, incluso cuando ya casi no queda nada que sostener.
Nadie está realmente preparado para irse del lugar donde alguna vez imaginó quedarse para siempre. Porque no duele solo marcharse; duele aceptar que aquello que soñaste para toda la vida ya no tiene un lugar en ella.