Ayer acompañé a mi hermano a un curso de finanzas personales que costaba 180€ por persona. El profesor pasó tres horas explicándonos que debíamos dejar de comprar cosas innecesarias, evitar las deudas y pensar antes de gastar.
Al terminar, nos dijo que tenía una oferta exclusiva para los asistentes: una mentoría de seis meses por 2.400€.
Mi hermano parecía interesado. Me dijo que quizá era justo lo que necesitaba para empezar a gestionar mejor su dinero.
Cuando estábamos saliendo, el profesor se acercó corriendo con una carpeta y una sonrisa enorme.
Pensé: «Por favor, que no venga a intentar vendernos otra cosa».
Nos dijo que, como habíamos prestado mucha atención, podía dejarnos la mentoría por 1.800€ si pagábamos antes de medianoche.
«Os estáis ahorrando 600€», insistió.
Mi hermano me miró entusiasmado. Para él, aquella rebaja era una oportunidad que no podíamos dejar escapar.
Entonces le pregunté al profesor si podía hacerle una última consulta.
«Por supuesto», contestó.
«Si acabo de pagar 180€ para aprender a evitar gastos innecesarios y tomar mejores decisiones financieras, ¿no sería un poco absurdo gastar ahora 1.800€ en una mentoría que ni siquiera tenía pensado comprar?».
El profesor dejó de sonreír.
Mi hermano se quedó pensativo.
De camino a casa me dijo que, por un momento, había sentido que estaba perdiendo 600€ si no aceptaba la oferta.
Le respondí que no había perdido 600€.
Había evitado gastar 1.800€.
Y esa fue probablemente la lección más útil de todo el curso.
Ayer acompañé a mi hermano a un curso de finanzas personales que costaba 180€ por persona. El profesor pasó tres horas explicándonos que debíamos dejar de comprar cosas innecesarias, evitar las deudas y pensar antes de gastar.
Al terminar, nos dijo que tenía una oferta exclusiva para los asistentes: una mentoría de seis meses por 2.400€.
Mi hermano parecía interesado. Me dijo que quizá era justo lo que necesitaba para empezar a gestionar mejor su dinero.
Cuando estábamos saliendo, el profesor se acercó corriendo con una carpeta y una sonrisa enorme.
Pensé: «Por favor, que no venga a intentar vendernos otra cosa».
@Maurohe72 El problema es que sabías que el embrague empezaba a patinar y no se lo comentaste antes de venderlo. Una cosa es comprar un coche usado asumiendo su desgaste y otra descubrir después que el vendedor conocía un problema y decidió callárselo.
@WilbertPPe Exactamente, Wilbert. Lo que para una empresa grande puede ser una cantidad insignificante, para un autónomo puede suponer pagar el alquiler, los impuestos o los gastos del mes.
@mindclimb25 Hay una diferencia enorme entre ser fiel porque lo has elegido y serlo porque la otra persona te ha rechazado. En este caso, parece que la fidelidad dependía de un tercero.
@DrHadizaib Exactly. Your work has a price, but so does your time and your cash flow. Too many freelancers negotiate the first and give away the other two for free.
Un amigo diseñador recibió un encargo de 1.500€ de una empresa grande. El responsable de compras le dijo: «Pagamos a 90 días. Es nuestra política». Mi amigo respondió: «Perfecto». Y envió dos presupuestos: 1.500€ por adelantado o 1.680€ a 90 días. El responsable le llamó…
@DanielV70735709 Ojalá más empresas tuvieran esa consideración, Daniel. Lo que para unos es un simple trámite administrativo, para otros puede significar llegar a fin de mes sin problemas.
Mi mujer anunció el domingo que iba a cerrar la pastelería que llevaba ocho años construyendo.
El año pasado había facturado 226.000€.
Cuando lo dijo durante la comida familiar, mi suegro dejó de cortar la carne.
—¿Cómo vas a cerrar un negocio que vende casi un cuarto de millón de euros al año?
Mi mujer respondió:
—Porque ya no puedo seguir.
No había perdido clientes.
La tienda tenía buenas reseñas, trabajaba con varios restaurantes y algunos sábados teníamos que rechazar encargos porque no podía producir más.
Desde fuera parecía un negocio que iba de maravilla.
Mi cuñada le dijo que estaba cometiendo el error de su vida.
Mi suegro se ofreció a prestarle dinero para abrir un segundo local.
Yo mismo llevaba meses insistiendo en que contratara a alguien más y dejara de trabajar tantas horas.
Pero ella siempre respondía:
—No entendéis cómo funciona esto.
La discusión terminó cuando mi suegro dijo:
—Hay gente que daría cualquier cosa por tener una empresa que facture lo que factura la tuya.
Mi mujer no respondió.
Se levantó de la mesa.
Fue al coche.
Y regresó con una carpeta.
Dentro tenía impresos los ingresos, los gastos y los movimientos bancarios de los últimos doce meses.
La dejó delante de nosotros.
—Lleváis años felicitándome por lo mucho que vendo. Ahora quiero que veáis cuánto dinero me queda.
Mi suegro abrió la primera página.
Y dejó de hablar.
En la primera hoja aparecía la facturación anual.
226.000€.
Debajo había una lista de gastos.
Materias primas y productos: 82.000€.
Salarios y cotizaciones de los trabajadores: 83.000€.
Alquiler del local: 25.200€.
Electricidad, agua y otros suministros: 11.500€.
Seguros, mantenimiento, gestoría y otros gastos: 13.000€.
Total:
214.700€.
Quedaban 11.300€ antes de otros costes, impuestos y de remunerar su propio trabajo.
Mi suegro repasó los números.
—Pero aquí no aparece lo que tú cobras.
Mi mujer lo miró.
—Exacto.
Se hizo un silencio incómodo.
Durante meses había retirado pequeñas cantidades de la cuenta del negocio cuando podía permitírselo.
Algunas semanas no había sacado nada.
Otras, 200€.
Otras, 500€.
Mientras tanto, trabajaba desde las cinco de la mañana.
Preparaba los pedidos.
Atendía a los proveedores.
Diseñaba tartas personalizadas.
Contestaba mensajes de clientes a las diez de la noche.
Y pasaba los domingos calculando cuántos pasteles tenía que vender para cubrir las facturas del lunes.
Mi cuñada le preguntó por qué no subía los precios.
Mi mujer abrió otra página.
—Ya lo he hecho dos veces.
Había perdido algunos restaurantes.
Otros le habían dicho que, si volvía a encarecer los productos, buscarían otro proveedor.
Su empresa vendía mucho.
Pero una parte importante de las ventas dejaba un margen demasiado pequeño para sostener la estructura.
Mi suegro le preguntó por qué no despedía a una de las empleadas.
Ella contestó:
—Porque entonces tendría que hacer yo su trabajo. Y ya estoy trabajando sesenta y cinco horas semanales.
Después nos enseñó otra hoja.
Era una oferta de empleo que había recibido hacía tres semanas.
Una empresa de alimentación quería contratarla para desarrollar nuevos productos.
Jornada de lunes a viernes.
Un salario fijo de 32.000€ brutos anuales.
Vacaciones.
Días libres.
Y la posibilidad de no tener que responder mensajes de clientes el domingo por la noche.
Mi suegro no parecía convencido.
—Pero dejarías de ser tu propia jefa.
Mi mujer respondió:
—Llevo ocho años siendo mi propia jefa y no recuerdo la última vez que pude decidir libremente cuándo cogerme una semana de vacaciones.
Nadie dijo nada.
Entonces mi cuñada hizo la pregunta que todos estábamos pensando.
—¿Y qué pasa con las dos personas que trabajan contigo?
Mi mujer sacó otro documento.
Había preparado un calendario de cierre, las cantidades necesarias para atender las obligaciones laborales y las opciones para liquidar el inventario.
No pretendía cerrar de un día para otro dejando problemas a los demás.
Llevaba meses estudiando cómo hacerlo.
También había hablado con otra pastelería de la zona para ver si podían entrevistar a sus trabajadoras.
No podía garantizarles otro empleo.
Pero tampoco quería desaparecer sin avisar.
Mi suegro cerró la carpeta.
—Tendrías que haber pedido ayuda antes.
Ella sonrió.
—Os pedí ayuda muchas veces. Pero cada vez que decía que estaba agotada, me respondíais que tenía suerte de tener tanto trabajo.
Me dolió escucharlo.
Porque era verdad.
Yo también lo había hecho.
Cuando llegaba a casa a las diez de la noche y decía que estaba cansada, le recordaba que tenía un negocio exitoso.
Cuando se quejaba de los clientes, le decía que al menos tenía clientes.
Cuando perdía un domingo por un pedido urgente, le decía que algún día todo aquel sacrificio merecería la pena.
Aquella noche hablamos durante horas.
Me confesó que lo que más miedo le daba no era perder el negocio.
Era que todos pensáramos que había fracasado.
Le pregunté si se arrepentía de haber abierto la pastelería.
Me dijo que no.
Que había aprendido muchísimo.
Que había conocido personas maravillosas.
Que había construido algo de lo que seguía sintiéndose orgullosa.
Pero que no quería pasar otros ocho años trabajando de madrugada para poder decir que tenía una empresa.
Su padre sigue pensando que cerrar es rendirse demasiado pronto.
Mi cuñada cree que debería buscar un inversor.
Yo creo que llevaba tanto tiempo intentando que el negocio funcionara que se había olvidado de preguntarse si la vida que tenía era la que quería.
Y hay algo que todavía me hace pensar.
Si una empresa factura 226.000€ pero su propietaria apenas puede pagarse un sueldo digno, no tiene tiempo libre y vive agotada...
¿De verdad es un negocio exitoso?
¿O a veces cerrar una empresa también puede ser una buena decisión financiera?
Mi mujer anunció el domingo que iba a cerrar la pastelería que llevaba ocho años construyendo.
El año pasado había facturado 226.000€.
Cuando lo dijo durante la comida familiar, mi suegro dejó de cortar la carne.
—¿Cómo vas a cerrar un negocio que vende casi un cuarto de millón de euros al año?
Mi mujer respondió:
—Porque ya no puedo seguir.
No había perdido clientes.
La tienda tenía buenas reseñas, trabajaba con varios restaurantes y algunos sábados teníamos que rechazar encargos porque no podía producir más.
Desde fuera parecía un negocio que iba de maravilla.
Mi cuñada le dijo que estaba cometiendo el error de su vida.
Mi suegro se ofreció a prestarle dinero para abrir un segundo local.
Yo mismo llevaba meses insistiendo en que contratara a alguien más y dejara de trabajar tantas horas.
Pero ella siempre respondía:
—No entendéis cómo funciona esto.
La discusión terminó cuando mi suegro dijo:
—Hay gente que daría cualquier cosa por tener una empresa que facture lo que factura la tuya.
Mi mujer no respondió.
Se levantó de la mesa.
Fue al coche.
Y regresó con una carpeta.
Dentro tenía impresos los ingresos, los gastos y los movimientos bancarios de los últimos doce meses.
La dejó delante de nosotros.
—Lleváis años felicitándome por lo mucho que vendo. Ahora quiero que veáis cuánto dinero me queda.
Mi suegro abrió la primera página.
Y dejó de hablar.
@MaSabio1984 Lo de «cuota cómoda» es una genialidad del marketing. Consiguen que te parezca barato algo que no podrías pagar al contado y que acabarás pagando durante años. Cómoda para venderlo, desde luego 😂