Hay follón entre estadounidenses y europeos con que si usamos mucho o poco o nada el aire acondicionado.
Pues mirad lo que os digo, hace 2400 años, en Persia, ya inventaron una manera de refrescarse: fabricaban hielo EN EL DESIERTO.
Esta es la historia:
Imaginad los desiertos de el Dasht-e Kavir y el Dasht-e Lut, en la actual Irán. Son extensiones donde el día castiga con cuarenta grados largos y la tierra parece el recuerdo de un mar que se evaporó de pura desesperación. Imaginad ahora, brotando de la arena parda, una colina de barro con forma de colmena gigante o de teta apuntando al cielo, una cosa con pinta de cosa-que-no-debería-estar-ahí y sin embargo está, lleva siglos estando. Es un yakhchāl, palabra que significa, literalmente, pozo de hielo.
Y dentro de la cúpula, que es de adobe, en mitad del horno, los persas fabricaban hielo. Lo hacían nacer de la noche y de una elegantísima comprensión de la física. Insisto, hace dos mil cuatrocientos años.
El truco era no luchar contra el desierto sino aliarse con su peor enemigo secreto, que es el propio desierto. Porque el desierto es como el matón de una peli americana de institutos, esto es, tiene una debilidad: de noche, cuando el sol se pone, el cielo seco y despejado se convierte en un sumidero. El calor del suelo se escapa hacia arriba, hacia el espacio negro, sin vapor de agua que lo retenga, y la temperatura se desploma. Enfriamiento radiativo, lo llaman los manuales. Venganza nocturna, lo llamaría yo.
El agua se vertía en pozas poco profundas, resguardada por muros orientados de este a oeste que la mantenía en sombra durante el día asesino, y perdía calor hacia el cielo nocturno hasta congelarse. A veces ayudaban sembrando un bloque de hielo traído de las montañas, una semilla de frío, para que el resto cuajara antes. Y al amanecer cortaban las láminas heladas y las bajaban a una cámara subterránea, una suerte de vientre del yakhchāl, donde aguantaban el verano entero.
Porque el vientre era la otra mitad del prodigio. Muros de hasta dos metros de grosor en la base, levantados con sarooj, un mortero de arena, arcilla, clara de huevo, cal, ceniza y pelo de cabra mezclados en proporciones precisas, impermeable y reacio al calor como un monje al pecado.
Bajo tierra, un hueco que en los pozos grandes podía alcanzar miles de metros cúbicos. Arriba, la cúpula con un orificio en lo alto para que el aire caliente se escapara por arriba y arrastrara consigo el bochorno, dejando el fondo frío y quieto.
Porque aquellos persas no conocían la termodinámica pero no tenían la palabra termodinámica, no tenían la palabra albedo, no tenían a Carnot ni a Clausius ni los gráficos del programa Copernicus que hoy nos dicen que Europa se calienta al doble de velocidad que hace cien años. Pero tenían barro, sombra, agua, paciencia y una observación feroz del cielo. Y con eso fabricaban hielo en el infierno.
Nosotros, que sí tenemos la termodinámica entera, que sabemos exactamente por qué la noche del desierto enfría y por qué la dorsal atmosférica nos asa, respondemos a la canícula encendiendo aparatos que devuelven al aire más calor del que extraen de la habitación, exportando el problema al pasillo, a la calle, a la atmósfera, al año que viene, a nuestros hijos y a los hijos de nuestros hijos. Compramos frío a plazos y no somos conscientes de lo que pagamos a cambio.
Mientras, los yakhchāl siguen en pie, pero ya no se usan. Algunos se conservan por su evidente valor antropológico pero fueron jubilados con la invención del frigorífico—que en persa, por cierto, también se llama yakhchāl, ironía perfecta—. Cuando los miras en fotos, ahí en medio de los desiertos de Irán, nos recuerdan que hubo una vez una manera de combatir el calor que no consistía en fabricar más calor, a veces solo era necesario mirar arriba para entender el cielo nocturno.
@sonarfm#radiotransmisor quise hacerme el creativo y pensar en alguien distinto, pero Ángel Parra es demasiado grande. Sugeriría a Roberto Parra, nuestro Django Reinhart chileno, ya q su influencia es bastante más relevante de lo que parecería
Somos potencia solar y la luz subió 50%. Hay una tecnología probada, sin subsidio, que baja la cuenta 15-25% y se paga en 3 años: el panel enchufable. Alemania: 1,5 millones instalados. Chile: trámite imposible. Es hora de enchufarsela el sistema. Hoy en La Segunda. https://t.co/xqjGsBGGQ0 🔌
Este hombre se llama Mohamed Bzeek, vive en California y esa niña que tiene en brazos murió pocos días después de que le hicieran la foto, también en sus brazos. No era su hija. Era uno de los diez niños que han muerto bajo su cuidado. Porque Bzeek es padre de acogida y solo acoge a niños en estado terminal, para que no mueran solos.
Nació en Trípoli en 1954, antes de irse de Libia corría maratones. En 1978 entró en Estados Unidos con un visado de estudiante y allí se quedó. Vive en Azusa, una de esas localidades del extrarradio de Los Ángeles por donde circulan camiones y donde las casas tienen una pinta genérica, agrupadas sin llamar la atención.
En 1989 conoció a Dawn Rowe, que ya era madre de acogida desde principios de los ochenta, se casaron y empezaron a acoger juntos. En 1995 tomaron la decisión de dedicarse exclusivamente a niños con enfermedades terminales, los que nadie quería.
Me pregunto cómo fue ese momento exacto en que dos personas se sientan en una cocina y deciden que van a abrir su casa a los niños que se mueren, y en cómo esa decisión se toma, sin actas, sin nada que la registre, y sin embargo organiza el resto de una vida.
La primera niña que murió en su casa tenía un año, espina bífida, parte de la columna le crecía fuera de la piel. Murió el 4 de julio de 1991, mientras Mohamed se duchaba y Dawn preparaba la cena, él recuerda haber salido del baño y haber encontrado médicos en su salón. Lloró tres días.
Desde entonces ha acogido a unos ochenta niños, diez han muerto en sus brazos. El condado de Los Ángeles, cuatro millones de habitantes, lo llama cuando no hay nadie más. Lo llaman el padre de último recurso.
Muchos llegan sin nombre, nacen en hospitales y los abandonan, las familias no los nombran y en el papel pone "Baby boy", "Baby girl". Mohamed los nombra, les pone un nombre antes de que mueran.
Un nombre es gratis, cuatro sílabas, pero ese gesto, cuando se pone el nombre, decide si un niño que vivirá tres semanas existirá como persona o como registro administrativo.
Su hijo biológico, Adam, nació con osteogénesis imperfecta y enanismo, se ha roto casi todos los huesos del cuerpo. Dawn murió en 2015 de una enfermedad pulmonar y desde entonces Mohamed sigue solo, solo puede ocuparse de un niño a la vez. Cuando un periodista del Los Angeles Times entró en su casa en 2017 cuidaba de una niña de seis años con microcefalia, ciega, sorda, pies zambos, caderas dislocadas, no movía brazos ni piernas, tenía convulsiones. La había recibido con siete semanas de vida y le habían dicho que viviría unos meses. La sostenía durante las convulsiones y le hablaba aunque no oyera.
Sé que no puede oír, sé que no puede ver, pero le hablo, tiene sentimientos, es un ser humano.
En 2016, a Bzeek le diagnosticaron cáncer de colon, le pidió tiempo al médico, no puedo operarme todavía, tengo a un niño en casa que es terminal y tengo a mi hijo, que es discapacitado, no hay nadie más para ellos. En el hospital, ingresado, solo, dijo que por primera vez entendió lo que sentían los niños que cuidaba. Si yo a esta edad estoy asustado, cómo estarán ellos. Se operó y siguió.
Bzeek es musulmán practicante. Su historia se hizo internacional en febrero de 2017, justo cuando Trump firmó la orden ejecutiva que vetaba la entrada en Estados Unidos a ciudadanos de siete países de mayoría musulmana, Libia era uno de ellos. Ese mismo mes, en Azusa, el único padre de acogida de toda la ciudad de Los Ángeles dispuesto a llevarse a casa a los niños terminales era un libio musulmán.
Aunque mi corazón se rompa, dijo una vez, la muerte es parte de la vida, estoy con ellos hasta el final, los conforto, los quiero, quiero que sientan que tienen una familia, que tienen a alguien. Que no están solos.
Mi carta d hoy @latercera: Cambiar (y casi derogar) x decreto normas d zonas residenciales en todo Chile, sin focalizar donde se requiere ni apuntar a vivienda asequible, es un grave error del gobierno. No genera más acceso, sino menos y más conflictos. Sin política de suelo no hay solución.
#LunesdeCarreteras
En Australia, entre Balladonia y Caiguna, hay una carretera con UNA RECTA DE 150 km de longitud.
Y eso es muy peligroso, mortal de necesidad.
Por eso se instalaron carteles con preguntas cuyas respuestas se muestran kilómetros después.
Un Road Trivia.
Lo que van a cobrar los cuatro astronautas de Artemis-2 por el viaje de diez días a la Luna 🥈🥈🥈🥈
Aunque parezca sorprendente para una misión de tal magnitud, los cuatro astronautas de la misión Artemis II (Reid Wiseman, Victor Glover, Christina Koch y Jeremy Hansen) no reciben ningún bono, sueldo extra ni "paga por peligro" por viajar a la Luna. Al contrario, como empleados gubernamentales, su salario sigue siendo el mismo que si estuvieran trabajando en una oficina en Houston. Aquí tienes el desglose de lo que realmente "cobrarán" por esos 10 días:
1. Salario Base (Escalafón Federal). Los astronautas de la NASA son civiles o militares con rangos específicos en el sistema de pagos del gobierno de EE. UU. (generalmente los niveles GS-13 a GS-15). Rango estimado: Entre $100,000 y $160,000 dólares anuales.
Por los 10 días: Si dividimos un salario promedio de $130,000 entre los 365 días del año, cada astronauta ganaría aproximadamente $3,560 dólares durante el tiempo que dure la misión.
2. Las "Dietas" de Viaje (Per Diem). Aquí es donde la realidad supera a la ficción. Al estar en un "viaje de negocios" oficial, tienen derecho a una dieta diaria para cubrir gastos, pero como la NASA les proporciona comida y alojamiento (la cápsula Orion), la cantidad se reduce al mínimo. En misiones anteriores, los astronautas han informado recibir una dieta de apenas $5 dólares por día. Total por el viaje: Unos $50 dólares adicionales en concepto de viáticos por los 10 días en el espacio.
Jeremy Hansen (CSA), al ser de la Agencia Espacial Canadiense, su sueldo se rige por las escalas salariales del gobierno de Canadá, que son muy similares a las de la NASA (entre $90,000 y $180,000 CAD anuales).
Los militares (Wiseman y Glover): Si están en activo, reciben su paga según su rango militar (Capitán o Comandante), la cual suele incluir ciertos beneficios fiscales que no tienen los civiles.
Sin embargo, los astronautas suelen obtener otros beneficios indirectos a largo plazo:
Seguro de vida: El gobierno cubre pólizas estándar, aunque a veces deben contratar seguros privados adicionales (que son extremadamente caros para este perfil).
Prestigio y carrera: Tras la misión, suelen ascender al grado máximo de su escalafón y, al retirarse, pueden generar ingresos significativos mediante conferencias, libros y consultorías.
En definitiva, ninguno de ellos va a la Luna por el cheque de esos 10 días; lo hacen por el salario de un funcionario público de alto nivel y el honor histórico de la misión.
La verdadera resistencia es la amabilidad frente a la prepotencia. Hoy que todo el mundo tiene una narrativa inmoral, agresiva, vulgar e inhumana, hay que construir un relato inverso. Podemos ser mucho mejores personas si nos desconectamos de los discursos odiosos. Digo yo.
Robert DeNiro is leading the #NoKings March in NYC, holding a banner alongside Attorney General Leticia James and Rev. Al Sharpton as they march down 7th Avenue in Manhattan
La historia de la música está llena de leyendas urbanas, fechas fatídicas, edades marcadas por el destino y coincidencias extrañas.
Y no me refiero solo al rock: también pasó en lo que llamamos música clásica.
Hoy, en #LaHistorietaMusical, la maldición de las nueve sinfonías.