¿CANDIDATO O PRESIDENTE?
Las cuentas públicas cumplen una función simple: informar lo realizado, explicar lo pendiente y rendir cuentas sobre el ejercicio del poder. Son el momento en que un presidente deja de hablar de promesas y comienza a hablar de resultados.
La reciente cuenta pública de José Antonio Kast tuvo una particularidad difícil de ignorar: más que una cuenta pública, pareció más un acto de campaña. No la campaña de un futuro candidato, sino la de alguien que todavía no termina de asumir que ya ganó la elección.
Hay políticos que pasan gran parte de su vida intentando llegar a La Moneda. Kast pasó tantas elecciones como candidato que pareciera haber quedado atrapado en ese personaje. El problema es que una vez alcanzada la presidencia, el país espera un gobernante. Y en esta cuenta pública volvió a aparecer, una vez más, el candidato.
La diferencia entre ambos roles es simple. El candidato describe problemas. El presidente debe resolverlos. El candidato identifica culpables. El presidente asume responsabilidades. El candidato promete. El presidente responde.
Kast recorrió el catálogo de sus lugares comunes favoritos: inseguridad, crisis heredada, deterioro institucional, exceso de burocracia, fronteras vulnerables y un Estado ineficiente. Los mismos conceptos y prácticamente los mismos argumentos que ha utilizado durante años en entrevistas, debates y campañas.
Por momentos daba la impresión de que alguien había encontrado un viejo discurso electoral y simplemente le había cambiado la fecha.
La explicación de los problemas continúa estando en los gobiernos anteriores. Una fórmula extraordinariamente cómoda, porque permite atribuir cualquier dificultad a la herencia recibida y reservar para sí mismo todos los méritos futuros. Tiene, sin embargo, una limitación evidente: mientras más tiempo se permanece en el poder, menos creíble resulta.
Llegado un punto, la herencia deja de ser una explicación y comienza a parecer una excusa.
Resulta llamativo que el gobierno siga describiendo un país que muchos ciudadanos simplemente no reconocen. La narrativa oficial insiste en una crisis permanente que justificaría reformas urgentes y medidas extraordinarias. Sin embargo, la sensación que transmite es la de un diagnóstico construido para justificar decisiones previamente adoptadas más que para describir la realidad.
Es la lógica del médico que primero receta el tratamiento y después busca la enfermedad.
La seguridad volvió a ocupar el centro del escenario. Zanjas, drones, inteligencia artificial, control fronterizo, patrullajes y recuperación de barrios. El listado fue tan abundante que por momentos pareció una feria tecnológica más que una evaluación de gestión. Lo que faltó fue responder la pregunta esencial: ¿qué resultados concretos podemos esperar y cuáles son los plazos para ello?
Porque gobernar no consiste en anunciar herramientas. Consiste en demostrar efectos.
La economía recibió un tratamiento similar. Mucha apelación al crecimiento, al mérito, al trabajo y a la libertad económica. Conceptos valiosos, sin duda, pero que forman parte del repertorio habitual de Kast desde hace más de una década. Escucharlo fue como asistir a un concierto donde todas las canciones son conocidas. El público puede tararearlas de memoria, pero termina preguntándose cuándo llegará algo nuevo.
Y allí aparece el principal problema político de esta cuenta pública. No fue la falta de convicción ni de claridad ideológica. Kast fue coherente con lo que ha dicho siempre. Precisamente ese es el problema.
Nada en el discurso permitió percibir la transformación que debería producir el ejercicio del poder. No habló un presidente moldeado por la complejidad de gobernar. Habló el mismo candidato que durante años recorrió Chile denunciando problemas y prometiendo soluciones.
Y quizás esa sea la paradoja de esta cuenta pública. Kast llegó a la presidencia, y el único que parece no haberse enterado aún, es el propio Kast.
@MisColumnas
Comparto este video que lanzaron ayer Silvio Rodríguez y Chico Buarque; los fondos que se recaben serán donados a la Sala de Pediatría del Instituto de Oncología de Cuba, así que si queréis verlo, darle like y compartirlo con otras personas, es un pequeño grano de arena para aliviar la difícil situación en que se encuentran.
El vídeo es precioso y presenta esa Habana tan digna como empobrecida.
https://t.co/AVk6LbJAI7
¡Preciosa mañana! 🌅⚓ Así se conmemoró el 21 de mayo en Porvenir, en una ceremonia marcada por un impresionante cielo anaranjado que acompañó el discurso de autoridades de la Armada.
🇨🇱 El registro rápidamente llamó la atención por el impactante paisaje que enmarcó el homenaje a las Glorias Navales. ¿Qué te parece? 👇
Una pareja se divorcia. Él sale con su sueldo, su horario, su carrera intacta y la posibilidad de seguir creciendo. Ella sale con la mochila invisible: juntas escolares, fiebre de madrugada, uniformes, tareas, comidas, traslados, citas médicas y una vida laboral partida en pedazos. El expediente dice “pensión compensatoria”; la realidad dice: ¿quién pagó el costo de cuidar?
La tesis publicada en días pasados, es brutal porque obliga al juez a mirar lo que casi nunca se ve: no sólo quién cuidó durante el matrimonio, sino quién seguirá cuidando después del divorcio. No basta preguntar cuánto gana cada quien. Hay que preguntar quién puede trabajar sin interrupciones, quién tiene red familiar, quién carga con la niña cuando se enferma, quién falta al empleo, quién rechazó oportunidades y quién puede reconstruir su vida sin tener que pedir permiso al caos doméstico.
Esta tesis pone el dedo en una herida histórica del derecho familiar mexicano: el amor no se factura, pero el sacrificio sí empobrece. Si los tribunales siguen tratando el cuidado como “ayuda”, “instinto” u “obligación natural”, seguirán premiando a quien pudo desarrollarse porque alguien más sostuvo la casa. La justicia empieza cuando el juez entiende que cuidar también cuesta vida.
Aquí puedes consultar la tesis que generó este caso: https://t.co/2NePztWBe2
LA MENTIRA COMO POLÍTICA DE ESTADO
Hay gobiernos que administran recursos, y expectativas. Y están aquellos —más sofisticados en su precariedad— que administran la verdad como si fuese un insumo flexible, maleable y prescindible. No la consideran un pilar, sino una variable de ajuste. En ese punto, la política deja de ser conducción y se convierte en una técnica de ficción.
Cuando Jorge Quiroz niega recortes en educación mientras circula un documento oficial firmado por él mismo que indica lo contrario, no estamos frente a un lapsus comunicacional. Es algo más estructural: una disociación deliberada entre lo que se dice y lo que se hace. No es torpeza; es método, es diseño y está lejos de ser un error.
La escena se repite con precisión, la vocera afirma que el almuerzo en La Moneda del presidente con sus excompañeros fue financiado de manera privada. Horas más tarde, José Antonio Kast reconoce que se utilizaron fondos públicos. ¿Contradicción? No exactamente. Más bien una coreografía donde la verdad entra tarde, cuando el daño ya cumplió su función: instalar confusión, diluir responsabilidades y desgastar la capacidad de discernimiento ciudadano.
Pero el patrón no se agota en los voceros. Se origina y se valida desde la cúspide. El propio José Antonio Kast, en campaña, prometió reducir su salario y el de sus ministros como señal de austeridad. Ya en el poder, no sólo incumplió: los sueldos se incrementaron. La austeridad era consigna; no compromiso.
El fenómeno, sin embargo, excede a un gobierno y empieza a parecerse a una cultura transversal. La diputada Pamela Jiles, en televisión, renegó de su pasado, negando haber sido de izquierda. Abundan, sin embargo, registros de su participación en el Partido Comunista y publicaciones donde reivindicaba esa identidad. Ayer era motivo de orgullo; hoy, es negación. La memoria, en política, se ha vuelto selectiva… o derechamente descartable.
Cuando la mentira deja de ser un recurso ocasional y pasa a constituir un patrón, se institucionaliza. Se convierte en política de Estado. Y allí el problema deja de ser sólo moral para transformarse en sistémico. La confianza pública, ese activo invisible que sostiene la arquitectura democrática, comienza a erosionarse con una velocidad que ningún programa fiscal logra revertir.
Hay algo particularmente corrosivo en esta práctica: su vocación de normalidad. No se miente con culpa, sino con rutina. No se corrige con pudor, sino con desparpajo. La negación ya no es defensa, es estrategia comunicacional. Se instala así una paradoja inquietante: mientras más evidencia existe, más vehemente es la negación. Como si la realidad fuese apenas una versión discutible.
En términos lexicográficos, podríamos hablar de falacia. En términos políticos, de descomposición. Porque un sistema que borra con el codo lo que firmó de puño y letra no sólo compromete su credibilidad; compromete la lógica misma del contrato social. La ciudadanía deja de evaluar decisiones y comienza a cuestionar intenciones. Y cuando eso ocurre, la sospecha se convierte en idioma dominante.
La consecuencia es conocida: la desconfianza deja de ser síntoma y pasa a ser mecanismo de defensa.
Ya no es el ciudadano quien debe creer; es la autoridad quien debe demostrar, una y otra vez, que no falsea la realidad. Un desgaste infinito, improductivo y profundamente dañino.
Destruir la confianza es fácil. Reconstruirla, en cambio, es tarea generacional. Porque la confianza no se decreta; se construye con consistencia, con coherencia, con esa virtud escasa de decir lo mismo cuando las cámaras están encendidas y cuando no lo están.
Cuando la mentira se instala como política de Estado, la democracia no cae de golpe. Se vacía lentamente. Y en ese teatro, lo verdaderamente peligroso no es que el poder mienta. Es que la sociedad se acostumbre. Porque el día en que la mentira deja de escandalizar, deja también de importar, y entonces, lo que se pierde es la credibilidad. @MisColumnas
Entrevista a:
Ana Victoria Quintana.
Subsecretaria de Prevención del Delito. (TVN)
Aquí algunas de sus declaraciones:
“La gente sabe dónde está el problema, por ejemplo, en su barrio, y probablemente va a evitar pasar por ahí”.
“Lo que yo le puedo decir es que una foto de una realidad no es ni una interpretación, no es una forma de controlar la vida de la gente, es una forma de que la gente esté informada”.
“La ciudadanía puede tomar las medidas que dentro de su libertad estime conveniente. Yo no sé por qué se trata de establecer como si el Estado tuviera que dirigir la vida de las personas”.
“Efectivamente, y por eso mismo es que yo le dije desde un inicio. Usted me pregunta, ¿qué más medidas? Medidas de resguardo personal. La gente sabe dónde está el problema, por ejemplo, en su barrio, y probablemente va a evitar pasar por ahí. Yo no le puedo decir cuáles son las medidas que tiene que tomar. Cada persona, dentro de la madurez que tiene, la responsabilidad que tiene y las capacidades de autocuidado, las tiene que tomar. Yo no le puedo decir a cada persona qué es lo que tiene que hacer con su vida"
Estamos en manos de ineptos.
Cada día declaraciones idiotas, medidas retrógradas que desfinancian al estado, benefician a un grupo pequeño, empobrecen a la gente, y parece que todo no es más que una simple noticia.
Están eliminando beneficios para disminuir el presupuesto de la nación y así poder bajar los impuestos a ellos y sus amigos.
Paren esto que va a terminar muy mal.
Respaldar a Michelle Bachelet para la ONU no obliga a quererla ni a votarla: obliga a pensar en Chile. Si por alergia ideológica se le niega un apoyo casi gratuito y llega igual, la foto será cruel: ella en la cima, el gobierno en la pequeñez.