Toda elección representa en sí misma una renuncia. Mujer de fe, de hojalata a veces y espanta pájaros otras tantas. Opiniones estrictamente personales.
Hay una confusión que conviene deshacer: el auto que manda a Ruffo a prisión no decide en qué cárcel. Que esté privado de libertad lo define la medida cautelar; dónde y bajo qué régimen lo define la Ley Nacional de Ejecución Penal y el sistema penitenciario, bajo control del juez de ejecución. Son dos decisiones distintas. Y por eso el confinamiento en el Altiplano, máxima seguridad, es autónomo, separado, e impugnable por su cuenta, aunque la prisión preventiva fuera válida.
El punto es que los penales de máxima seguridad están reservados por ley a internos de alta peligrosidad: liderazgos violentos, riesgo extremo de fuga, amenaza para la seguridad institucional. La asignación debe ser una clasificación individualizada. ¿Encaja Ruffo? Un hombre de 74 años, sin antecedentes de violencia, acusado de un delito económico-fiscal, que se presentó y colaboró. Meterlo al régimen más gravoso exige una motivación reforzada que, hasta hoy, nadie ha ofrecido. Sin ese perfil, el máximo nivel de seguridad es desproporcionado, y lo desproporcionado es inconstitucional (arts. 18 y 19; art. 5 de la Convención Americana).
Y hay un agravante: la lejanía. Las Reglas Mandela y la propia Ley de Ejecución reconocen el derecho del interno a cumplir su reclusión cerca de su domicilio y núcleo familiar, porque el vínculo es parte de su dignidad. Recluir a un bajacaliforniano de 74 años en Almoloya, a más de 2,000 km de su familia, contraviene ese principio salvo justificación excepcional y motivada. La Corte Interamericana (Chinchilla Sandoval) impone además al Estado un deber reforzado frente a personas mayores privadas de libertad. Esta batalla, el dónde y el cómo, puede ganarse aunque la de la domiciliaria se pierda. Y es, técnicamente, la más sólida.
A veces pienso que una de las mayores muestras de cariño es la curiosidad. Preguntar, escuchar, recordar detalles. Hay personas que dicen quererte y nunca han sentido interés por descubrir quién eres realmente.
Hace 20 años, José Ramón Cossío dio un discurso sobre el papel de los abogados. Su advertencia era que una abogacía concentrada únicamente en resolver casos aislados difícilmente puede construir una comprensión común de la Constitución y de los conflictos que atraviesan al país.
ayer leí que en italiano hay dos formas distintas para el verbo “olvidar”: dimenticare (sacar de la mente) y scordare (sacar del corazón)….. no hay nada más bonito que el lenguaje
¿Qué ocurre cuando una sociedad entra en estado festivo?
Una fiesta modifica la manera en que la comunidad experimenta el tiempo. La rutina deja de gobernar la existencia: las obligaciones continúan, pero pierden importancia durante ese momento. El trabajo espera, los problemas parecen alejarse, el reloj cotidiano deja de imponer su disciplina y la sociedad vive bajo otra temporalidad, una donde importa mucho más compartir una emoción que cumplir con un horario.
De Hugo Garciamarín (@HGarciamarin):
https://t.co/dmsfgRYydg
Un mal nunca va a ser un bien. Una adversidad no necesita un discurso optimista para ser pensada de otra manera; no es la connotación de la situación lo que cambia, sino lo que el ser humano logra hacer con ella. Y eso es lo que asombra: su capacidad de sobreponerse, de reformularse, de atravesarlo o de seguir adelante, a pesar de ese mal. No se glorifica la adversidad; se reconoce la fuerza de la respuesta humana frente a ella.
Tienes que hacer esto. Hazme caso. Envía ese currículo. Ese chico no te conviene. Deja ese trabajo. Frases así se escuchan en cualquier conversación entre amigos, familiares o compañeros de trabajo. ¿Por qué algunas personas no pueden parar de dar consejos? https://t.co/mH0lM3ztYs
Dos jugadas de este Mundial me dejaron pensando en algo que trasciende el resultado: cuánto tensiona el reglamento del fútbol principios que, fuera de la cancha, damos por intocables.
La primera fue la anulación de un gol de Egipto ante Argentina. El VAR se retrotrajo a una falta cometida en el origen de la jugada, varios segundos y muchos metros antes de la definición, para borrar el tanto. En este caso la decisión pudo ser correcta: el contacto existió. Pero el principio que la habilita inquieta. Si un gol, el hecho más definitivo del juego, el que hace estallar un estadio y un país, puede deshacerse retrocediendo a una fase previa cuya frontera es interpretativa, entonces ningún gol es del todo firme hasta que alguien, desde una cabina, decide hasta dónde mirar hacia atrás. La certeza, ese bien que en el derecho protegemos como sagrado, queda supeditada a una apreciación elástica sobre dónde empieza una jugada.
Hay un viejo aforismo jurídico que parece darle la razón al videoarbitraje: causa causae est causa causati, la causa de la causa es causa de lo causado. Si la falta originó la jugada, y la jugada terminó en gol, ¿no es la falta, al final, causa del gol? Suena impecable, pero tiene trampa. El propio derecho que acuñó la máxima aprendió pronto a ponerle freno: sin límites, todo termina siendo causa de todo, y habría que sentar en el banquillo también a quien fabricó el arma, y al que le vendió el acero. Por eso la doctrina se queda en la causa próxima y no persigue la cadena hacia atrás hasta el infinito; el aforismo se agota en una o dos iteraciones, no en varias jugadas y muchos metros de distancia. El VAR, en este caso, sí la persiguió. Retrocedió pases y metros como si el hilo causal no tuviera que cortarse nunca. Toma el aforismo, pero se olvida de su límite.
La segunda es más antigua, pero igual de incómoda: la sanción que trasciende al infractor. Una expulsión que no solo se paga en el partido donde se comete la falta, sino en el siguiente. Y como el fútbol es una empresa colectiva, el castigo, formalmente individual, lo termina cumpliendo todo un equipo, una afición, casi un país. En 1998, Zidane fue expulsado en la fase de grupos y su ausencia dejó a Francia al borde de la eliminación ante Paraguay, salvada apenas por un gol de oro. La falta fue de uno; el precio estuvo a punto de pagarlo una nación entera.
Conviene recordar que esta norma no es de derecho divino. Las tarjetas nacieron apenas en 1970, y la propia FIFA acaba de reformar en 2026 el castigo por acumulación, precisamente para que los seleccionados no se pierdan partidos decisivos. Es decir: la institución ya admitió que el diseño podía ser injusto. Solo que la reforma se quedó a medias, porque atacó la acumulación de amarillas pero dejó intacta la raíz: que una pena recaiga sobre quienes no cometieron la falta.
Naturalmente no pido un fútbol sin reglas ni sin tecnología. Pido, apenas, que reparemos en la paradoja. En el torneo que más se acerca a lo que Shankly llamaba, con ironía, algo más importante que la vida y la muerte, dos de sus normas: la falta de certeza del gol por actos futbolísticamente lejanos y la pena que trasciende al infractor, chocan de frente con nociones de justicia que en cualquier otro ámbito nos parecerían inaceptables.
El fútbol se toma licencias que el derecho no se tomaría. Vale la pena, al menos, pensarlas.
Escuchar música que amabas a los 15 años es una forma de autocuidado. No es nostalgia. Es reconexión. El cerebro recuerda cómo se sentía ser tú en ese momento. Y a veces, para avanzar, necesitas recordar quién fuiste cuando soñabas sin límites.
Pocas veces un video resume tan bien la intensidad de un partido.
La BBC acertó: en apenas minuto y medio captó lo que significó el México vs. Inglaterra.
Un video que vale la pena ver.
Una de las distinciones más complejas en terapia:
Que algo sea tu responsabilidad no significa que haya estado bajo tu control.
No eliges lo que te ocurrió, el contexto en el que creciste ni muchas de las experiencias que te marcaron y contribuyeron a construir tu identidad. Pero sí puedes elegir qué hacer con ellas a partir de hoy.
Asumir la responsabilidad no es cargar con la culpa; es reconocer que, aunque no hayas tenido el control de su origen, sí puedes influir y tienes responsabilidad en el rumbo que toman.
Se ha escrito mucho sobre la selección mexicana y muy poco sobre la afición de México.
He visto varios videos de la convivencia festiva, lúdica, de mexicanos con coreanos, sudafricanos, marroquíes, colombianos, japoneses y, ayer, con ingleses. Es reconfortante constatar que se celebra y se lamenta sin agresiones, con gozo compartido.
En particular, me impresionó gratamente ver a cientos de personas que fueron al Azteca a apoyar a México en su partido contra Inglaterra felicitando a los fans ingleses que salían del estadio o de algún Fan Fest.
Qué fregón es eso, carajo. Desgañitarnos en el apoyo a los nuestros y luego, pese a la tristeza por haber perdido, reconocer a los ganadores. Así debe ser el deporte y así debe ser la vida: magnanimidad en la victoria y buena voluntad en la derrota. ¡Viva México!
¡Aplausos!
🔴Jugamos como nunca y perdimos como siempre
Y aquí estamos de nuevo: México volvió a perder. Y otra vez aparecieron las justificaciones de siempre: que se compitió contra una potencia, que Inglaterra sí sufrió, que al equipo le faltó carácter, que dos minutos de desconcentración cambiaron todo, que se perdió con dignidad...
Pero en un Mundial, competir no basta, porque en un partido de eliminación directa no puedes recibir dos goles en menos de dos minutos. No puedes jugar más de media hora con un hombre de más y quedarte, otra vez, en la orilla... en el casi sucede.
📹Mi videocolumna en @postamx
With all due respect.
What makes this case extraordinary is not that a red card was rescinded. It is that the rescission occurred amid public pressure and lobbying from the highest levels of political power in the host country of the tournament.
The comparison isn't with a missed penalty call or an unfortunate refereeing decision. It's with one of the foundational principles of international sport: that political power should not intervene in the administration of competition.
The "spirit of the game" argument isn't some quaint European attachment to suffering nobly. It is the recognition that sporting institutions derive their legitimacy from the perception that they operate independently of political influence. Once a government (particularly the government of the host nation and the world's most powerful country) appears capable of influencing disciplinary outcomes, the problem is not a “red card”. The problem is the integrity of the competition itself.
And yes, FIFA's history is riddled with corruption, hypocrisy and political accommodation. But that is not an argument for accepting yet another breach of sporting independence. Quite the opposite!!
It is precisely why even the appearance of political intervention should alarm anyone who cares about the credibility of international competition.