La pelea es mucho más violenta y sucia de lo esperado. Apenas se sienten una a la otra, porque toda la adrenalina está puesta en quién comete primero el asesinato.
Intenta liberarse del yugo del metal desesperadamente, y vistiendo una tonalidad púrpura en la piel, extrae >
No se lo espera. A pesar de haberse mantenido alerta, el ataque le toma por sorpresa y se aparta de ella sin aliento, ejecutando una patada violenta sobre su cara. Mientras se aleja, arrastra consigo a la brasileña y la arroja contra una pared, el golpe despertándola >
> abruptamente.
«Te dije que no hicieses tonterías, Annika».
Es un lamento, mientras se sujeta el brazo herido con una mano y sostiene la pistola bajo la otra. Y apunta a Melisa, disparando sin parpadear. La bala le atraviesa un costado, y chilla. El grito >
> encuentra. Sin esperar una respuesta, llena pausadamente la jeringa de oxígeno y se lo inyecta. No hay sangre. No hay hematomas. Solo aguja y piel.
«¿Y si es en una arteria?»
La agente no se acerca a la rusa. En vez de eso, se acuclilla junto a su compañera inconsciente y tira suavemente de su cabeza hacia atrás, buscando la carótida con las yemas de los dedos. Justo en la zona blanda y hueca, cerca de la garganta, la >
«Aire».
Lo anuncia con una sencillez abrumadora. Efectivamente, la jeringuilla no contiene nada más que oxígeno.
«¿Sabes lo que sucede cuando te inyectan aire en vena, Annika?»
«Todas las redes tienen una cabeza, Annika. Las hormigas continúan vivas gracias a su reina. Y sin ella no sois nada».
Se reincorpora y desaparece brevemente en las sombras cenizas de la habitación. Cuando vuelve, en vez de una pistola porta una jeringa gruesa.
«¿Y por qué te han mandado aquí, Annika?»
El nombre se arrastra por su garganta empapado en recelo. Vuelve a guardar el dispositivo y enarca una ceja, severa.
«Por supuesto, no estás relacionada con el atraco que lleva seis días sucediendo en el ICBC».
«Bien, Annika. Vamos a buscar tu ficha, si te parece bien».
Extrae del bolsillo una pequeña tableta electrónica, entrando en el sistema de datos.
«A menos de que este no sea tu nombre real, y no vaya a encontrarme tu cara».
«No hagas ninguna tontería. No te conviene».
La mujer adelanta una mano y le arranca la mordaza de la boca, tirándola a un lado.
«Quiero saber quién eres y para quién trabajas».
El eco de unos pasos duros interrumpe el silencio. Una policía de rasgos occidentales se acerca a ellas y, aprovechando el privilegio, se acuclilla frente a JJ. Carga una pistola.
«Te voy a quitar el trapo de la boca, y vas a hablarme de quién eres. ¿Estás de acuerdo?»
La policía arrastra los cuerpos inconscientes de las dos infiltradas a un calabozo improvisado en el fondo de la carpa. Atadas de pies y manos, con la boca amordazada, esperan a que se despierten.
Miércoles quince de julio de 2051. El gran día había llegado al fin. Iban a salir. La negociación con el mismísimo presidente de China tendría lugar al anochecer. En ella tocarían los puntos más importantes, sentando las bases de lo que ambas partes esperaban que fuera una +