Gracias por investigar y por poner los hechos en contexto. No soy cuota política de nadie. He construido mi trayectoria profesional durante años y llegué a este proyecto por mi propio trabajo y convicción.
Luché y seguiré luchando, desde donde me corresponda, por ayudar a construir la Patria Milagro del presidente @ABDELAESPRIELLA, junto a @jrestrpn que empieza hoy para la gloria de Dios.
Conozco las regiones, creo profundamente en su potencial y siempre que tenga la oportunidad trabajaré por su desarrollo, con una visión integral y descentralizada.
De “Pensar el Caribe” a Fontur: la ruta de María Isabel Campo con Abelardo https://t.co/ZSIuXwG9rd
El carbón es un recurso que se sigue consumiendo en el mundo, y en cifras récord en los últimos años, mientras que en Colombia enfrenta presiones fiscales y un entorno regulatorio que afecta su competitividad.
¿Qué futuro tiene el carbón en Colombia? ¿Aguantará otros cuatro años más si @IvanCepedaCast es electo presidente? #10MinutosCon habló con @carloscantep, presidente de @fenalcarbon, para entender mejor lo que está sucediendo en un sector que siempre ha mantenido andando al país.
Paloma Valencia ha lidiado hoy con responsabilidad, serenidad y firmeza la selección de su fórmula. No debería ser nada fácil lidiar con presión por todas partes.
Colombia 🇨🇴 sigue viviendo el calvario de la salud.
Ayer fue Kevin. Hoy puede ser cualquiera.
Después de mi trino de ayer, varias mamás empezaron a escribirme. Historias durísimas. Realidades que duelen.
Hoy les pido algo muy simple:
¿Me ayudan a repostear este video?
La presión mediática salva vidas.
Sí, salva vidas.
Adriana Grillo, mamá de una joven de 21 años, ha hecho TODO: tutelas, derechos de petición, llamadas, ruegos, medios… y aún así el sistema no responde.
El Gobierno y @MinSaludCol deben desembolsar y autorizar los medicamentos que su hija necesita.
No más vidas en riesgo por negligencia.
No más familias abandonadas.
Repostear toma segundos.
Para ellos puede significar la vida.
@Supersalud
A por todo
La constituyente anunciada por el señor Gustavo Petro a final de año y ahora promovida por el candidato Iván Cepeda y por otros sectores que históricamente han detestado la Constitución de 1991, como el Eln y las Farc, es la réplica del modelo que impuso el régimen chavista para desmontar el Estado de derecho y sustituir la democracia en el país vecino. Paradójicamente, todos, incluidos por supuesto Hugo Chávez y Petro, lograron llegar al poder amparados en constituciones y regímenes democráticos que hoy desprecian y que desde esa posición buscaron y buscan acabar.
Fue tan enfático Petro en su compromiso por respetar la Constitución Nacional que incluso reconozco que hasta se tornó sospechoso para muchos. Ahora vemos que todo fue una farsa, un engaño que tuvo su confirmación con la presentación del proyecto de constituyente por el “superministro” Antonio Sanguino. Quedó al descubierto su verdadero propósito: acabar con una Constitución que les estorba, que detestan por constituir el principal obstáculo para imponer su modelo de Estado y de sociedad.
Lo que pretenden está claro, desmontar uno por uno los pilares de nuestra arquitectura constitucional: la democracia, el Estado de derecho y el modelo de funcionamiento de los poderes públicos.
Quieren, además, reconfigurar la propiedad privada, limitar hasta donde sea posible la iniciativa particular y, como es bien sabido, la estatización de cuanta actividad definan como estratégica. Quieren recentralizar recursos y competencias para subordinar alcaldes y gobernadores. Quieren acabar con la independencia del Banco de la República, porque la disciplina monetaria es incompatible con el populismo fiscal que promueven. Quieren acabar con el sistema de pesos y contrapesos, neutralizar a las cortes y a los órganos de control, porque los límites al poder les resultan insoportables. Quieren un Congreso obediente o irrelevante. Quieren, en suma, un Estado gigante, omnipresente y omnipotente, y un gobierno sin freno ni limitación. Un Estado como el que se instaló hace más de dos décadas en Venezuela.
Lo he advertido en columnas anteriores. Este libreto ya lo vimos en Venezuela, impusieron una constituyente para desmantelar la institucionalidad, perseguir a la oposición y perpetuarse en el poder. Allá también se habló de “poder popular”, de “cabildos populares”, de “refundar la democracia”, y el resultado fue la sustitución del Estado de derecho por la arbitrariedad, los abusos, la violencia paraestatal y el colapso económico.
La constituyente de Chávez fue convocada violando la propia Constitución. El Ejecutivo impuso unas bases electorales hechas a su medida que aseguraron su hegemonía política; estableciendo la “doctrina de poder originario ilimitado” que allanaría el camino para el posterior desastre institucional de la constituyente de Maduro. Se creó un órgano supraconstitucional, sin controles ni límites, que anuló la Constitución preexistente, se arrogó funciones legislativas, desplazó al Parlamento legítimamente elegido y sometió al Poder Judicial para rediseñar todo el aparato del Estado al servicio del régimen.
Y ese es exactamente el modelo que pretenden imponer en Colombia. No en vano, el señor Petro, su gobierno y sus aliados promueven la movilización permanente como mecanismo de presión. Desacatan sistemáticamente las decisiones judiciales, deslegitiman a las cortes cuando no fallan a su favor, estigmatizan a la oposición y gobiernan por decreto. Ni qué decir de la complacencia con las estructuras criminales bajo la farsa de la ‘paz total’.
Estamos en un punto de quiebre y nos enfrentamos a un debate decisivo. De un lado, un sector político encabezado por Petro y el candidato Cepeda que quiere sustituir la Constitución para, entre otros objetivos, perpetuarse en el poder. Y del otro, un país que valora las libertades, la separación de poderes y las reglas de juego que nos dimos en el 91. Esta discusión no admite matices: o se defiende la Constitución o se la entrega.
El país merece claridad y a estas alturas, ‘ad portas’ del proceso electoral, es indispensable saber quiénes están de cada lado. El 8 de marzo, al definir la conformación del Congreso de la República, sabremos si una constituyente al estilo venezolano como la que propone el Pacto Histórico contará con las mayorías para ser convocada. Por ello, esta elección es crucial si queremos mantener nuestra Constitución, preservar el modelo de Estado y, sobre todo, nuestra nunca bien valorada democracia.
https://t.co/8eJtnc8Wme
La tibieza emocional, una enemiga silenciosa y muy peligrosa
No estás triste, pero tampoco feliz. Es un estado de ánimo desconcertante, porque vives paralizado sin saber por qué. Actividades que antes gozabas, ya no. El foco aparece y desaparece. Te preguntas si estás deprimido y los psicólogos te indican que no, si bien no dan con lo que tienes. Así transcurrieron mis últimos años, en una suerte de apatía funcional sin hallarme. Repito, ni tristeza ni felicidad. Animal de costumbres como somos, se aprende a convivir con ello. O más que acostumbrarse, recurrimos a cualquier justificación para darle sentido a esa tibieza emocional: que si afugias económicas, que si el divorcio, que si la crisis de los 40; en fin, razones que una vez superadas no paliaban la situación.
Resignado a mi nueva realidad, me encontré sin querer un reportaje en este diario con un titular que me atrapó: “ ‘Languishing’, aunque no es depresión podría frenar su bienestar”. Desde el primer párrafo me identifiqué. “Estar de vacaciones y viajar hacia un destino soñado hasta que, de repente, el carro comienza a fallar y se detiene en medio de la ruta. A los costados, miles de automóviles siguen su marcha, pero el viajero, con el vehículo parado, pareciera perdido, sin rumbo. Sin señal en el teléfono para pedir ayuda y sin herramientas para revisar o resolver el problema del auto, se ve atrapado en un estado de “limbo”. No puede avanzar hacia su destino, tampoco afrontar la situación que lo detiene”.
¡Eso era lo que me pasaba! Estaba languideciendo. Mi estado de ánimo no era un problema de salud mental, aunque claramente algo había ahí. De un día para otro dejé de correr con la disciplina con la que lo había hecho –seis días a la semana durante cuatro años sin parar–; la música que me encantaba oír en el carro, se apagó; la fascinación por devorar revistas y periódicos se congeló. Y así con otras pasiones mías.
Según el psicólogo estadounidense Adam Grant, el “languidecimiento” fue la emoción dominante de 2021. Lo curioso es que quienes padecen de él siguen siendo personas funcionales, no como el depresivo, que se ahoga. El lánguido poco o nada disfruta de las cosas. “Todo lo que emprenden y viven es con demasiado esfuerzo y no terminan de sentir que conectan con un logro”, se lee en la nota del periódico. Párrafo por párrafo, sentí que EL TIEMPO me estaba radiografiando.
¿Y por qué cuento esto?
La angustia de no saber qué está ocurriendo con el estado de ánimo puede atenazarlo a uno tanto que la consecuencia de no dilucidarlo puede desembocar en una depresión. El “languidecimiento” es tan silencioso que siendo ya bien difícil para que lo identifique quien lo padece, imagínense para que lo hagan sus seres queridos o compañeros de trabajo. Para ellos todo sigue normal, sin información para prestar ayuda.
Por si fuera poco, todo lo relacionado con salud mental es aún tabú en el país. Pese a los esfuerzos tan encomiables de la comunidad médica para normalizar la conversación, para incentivarnos a tomar estas enfermedades como algo natural –que son más frecuentes de lo que creemos–, aún evadimos el asunto a más no poder. “No le comentes a nadie que te estás medicando”, dicen algunos como consejo. Acciones tan encomiables como la de Juan Pablo Raba, cuyo pódcast ‘Los hombres sí lloran’ ha tenido una importante acogida, son fundamentales, no obstante aisladas e insuficientes para la magnitud del problema.
Por otra parte, si bien la depresión está ampliamente documentada y sus síntomas tienden a ser evidentes, el “languidecimiento” es un término relativamente nuevo, apenas acuñado a principios de este siglo por el psicólogo Corey Keyes. Este, explica el informe de EL TIEMPO, dividió la salud mental en cuatro niveles: 1) florecimiento o buena salud mental, 2) salud mental moderada, 3) languidez o mala salud mental y 4) depresión. ¿Habían oído del tercer punto?
No tengo cifras de cuántos colombianos podrían estar en una fase de languidez, pero creería que no son pocos. Personas cercanas que no se hallan, como me pasaba. Familiares apagados, pero no nos damos cuenta. Seres presentes ausentes. Y no es que no quieran tratarse, sino que no saben qué tienen. Y como no parece grave, pues apenas reparan en la amenaza.
El “languidecimiento” es la antesala de la depresión. Su detección a tiempo pasa por hacer el esfuerzo por tratar de nombrar lo que nos pasa: quitarle poder a esa emoción, ponerle cara a este estado intermedio, que no es tristeza ni felicidad, que no es depresión pero sí es desgaste.
Cuento esto porque no está de más que también se identifiquen con lo que les pasa. El languidecimiento es leve, pero persistente, como el pitido del carro cuando uno no se pone el cinturón de seguridad. Normalizarlo no lo apaga; solo hace que cada día retumbe con más fuerza.
El languidecimiento es tan silencioso que siendo ya bien difícil para que lo identifique quien lo padece, imagínense para que lo hagan sus seres queridos o compañeros de trabajo
Difícil fijar el punto de inicio, pero hace un par de años, súbitamente, dejé de poner música en el carro, no me apetecía; lo que antes me generaba muchísimo entusiasmo, como ir a cine o leer periódicos hasta el cansancio, me dejó de gustar; viajar, e ir a los mejores restaurantes de comida japonesa que me podía costear, dejó de suceder. Así también con otras cosas que me hacían feliz. Poco a poco, la rutina fue perdiendo color y las actividades que solían llenarme de satisfacción perdieron sentido. Incluso los pequeños placeres cotidianos se fueron atenuando sin que pudiera identificar una razón concreta, sumiéndome en una especie de letargo emocional del que no sabía cómo salir.
De subir el Alto de Letras corriendo —83 kilómetros de ascenso— pasé a entrenar cada vez menos. De 70 kilos subí a 78. Había en mí un desánimo extraño, que no era tristeza pero sí un apagamiento lento. Seguía corriendo, pero me aburría; y quedarme en la casa descansando me aburría igual. Entrenaba dos días y luego dejaba de hacerlo cuatro. Llegué a pasar semanas enteras sin ponerme los tenis. Como dije al inicio de esta columna: vivía en un limbo. Todo me importaba… pero nada me importaba realmente.
Nadie a mi alrededor sabía qué me estaba sucediendo. Bueno, yo tampoco, pero por esa intuición del subconsciente de supervivencia social, me volví experto en fingir felicidad, pese a la tibieza que me generaba cada actividad o su resultado. Ojo, mi cotidianeidad seguía como si nada, en la casa, en el trabajo y con mis amigos. Nunca dejé de lado mis responsabilidades, obligaciones y tareas. No era que me hubiese apagado como una vela vencida por un soplido, sino que por dentro esa vela arrojaba una luz que apenas alcanzaba para ver.
Sin querer emitir aquí un diagnóstico clínico, porque ese solo lo deben dar los expertos en salud mental, creo que lo más peligroso del languidecimiento es acostumbrarse a él, dejar que esa parálisis emocional vaya esparciéndose en el alma como un mar en calma lo hace en la arena de la playa. Los humanos hemos progresado por ser espíritus indómitos, por movernos a través de emociones para crear y construir. En ese orden de ideas, el estado emocional de tibieza es una anestesia casi que mortal.
¿Cómo salí de esto?
En realidad no sé si he salido. Convivo a veces con dicha sensación, pero varios de los placeres que les he nombrado me los vuelvo a gozar. Por mis manos desfilan libros, revistas y periódicos que consumo sin parar. Retomé el hábito del cine y, dicho sea de paso, el de la música. Un viaje me anima, y no veo la hora de ir a comer el mejor sushi.
No fue un psicólogo quien me produjo el cambio. Tampoco un psiquiatra. Y no porque no les crea, sino porque desarrollé una insalvable barrera de confianza tras interactuar con ellos. Pero así como no tengo claro cuándo comenzó mi tibieza existencial, sí sé cuándo me pellizqué y decidí luchar contra el enemigo invisible. Fue en Facebook, cuando la publicación de un amigo me abofeteó sin compasión. Él, en medio de un convulso divorcio, subió unas fotos en las que mostró una transformación personal muy positiva. Yo me sentía yendo en sentido contrario.
A los pocos días, en un restaurante bogotano, donde tenía un almuerzo con una congresista y su esposo, llegué y en la barra vi a Juan Pablo Vanegas, un gran amigo con el que solía correr. Lo vi feliz y a punto de irse a Berlín para correr la maratón. No pude evitar compararme con él. No hace tanto coincidíamos en las maratones. Ya no. ¿Qué te pasó, Diego Santos? Le pregunté por su entrenador y me dio el teléfono. La cosa iba por ahí.
Y es que mi personalidad requiere orden, disciplina, de una hoja de ruta que me motive y un objetivo que me ponga a competir, en cualquier cosa. Llamé al entrenador y le conté lo que me pasaba y sentía; lo que les he narrado aquí. Fue en agosto. Le dije lo que me estaba costando correr, que me aburría, que ya no hacía más de 30 kilómetros semanales, cuando estaba acostumbrado a correr más de 100.
El primer mes me puso a correr 40 kilómetros cada semana, algo suave, con pruebas de velocidad intercaladas. Y así, piano piano, como dirían los italianos, mi cabeza comenzó a reajustarse y las emociones intensas reaparecieron. El orden y la disciplina volvieron (los 100 km semanales también); renació el anhelado sentimiento de felicidad. El languidecimiento no grita. No golpea la puerta. No devasta como la depresión ni alarma como un ataque de ansiedad. Pero erosiona, adormece. Y cuando adormece demasiado, uno deja de vivir para empezar simplemente a durar. A mí me tomó tiempo notarlo. Ojalá esta columna les sirva para encender una alarma, porque la tibieza emocional parece inofensiva, pero no lo es: es una amenaza suave, lenta… y profundamente peligrosa.
DIEGO SANTOS
ESPECIAL PARA EL TIEMPO
https://t.co/R5pxqTNDJi
La bendición de poder rascarnos el culo
Vivimos sin darnos cuenta de lo privilegiados que somos. En este mundo frenético de banalidades, valores trastocados y satisfacciones inmediatas, hemos perdido la perspectiva de lo afortunados que somos la mayoría de nosotros de tan solo estar vivos, con salud, independientemente de nuestra condición socioeconómica. Les explico.
Recién terminé ‘A Pedazos’, el libro de Hanif Kureishi, el escritor y guionista británico autor de la icónica ‘El Buda de los Suburbios’. Rebelde y contestatario, Kureishi hizo de su vida lo que quiso. Un alma libre. Hace unos años, luego de un paseo por Roma con su novia, estando sentado, repentinamente se desmayó. Al recuperar la conciencia, no podía moverse. Quedó tetraplégico. Una simple caída.
‘A Pedazos’ es un recorrido del año que pasó en cinco hospitales de Italia y el Reino Unido en proceso de recuperación. Recuperación es un decir, porque nunca pudo hacerlo. En un segundo la vida lo despojo de toda dignidad; tan negro vio su futuro que no le quedó más remedio que revivir el pasado. Sin embargo, su recuento, que tenía como objeto ser una terapia de sosiego para él, resultó siendo un sonoro llamado de atención para el lector: valorar las cosas más simples de la vida.
Entiendo que en algunos de sus libros, el filósofo Byung-Chul Han ha abordado este asunto, el de esas simplezas que los humanos hemos dejado de gozar, y lo hace desde un contexto más filosófico, pero no por ello más profundo que el de Kureishi, quien logra que uno conecte más con él por lo crudas de sus reflexiones, incómodas a veces, como lo es el titular de esta columna.
Rascarse el culo, sobarse un dedo del pie, levantar un esfero para escribir cualquier garabato, caminar hasta la nevera para abrirla y sacar una manzana, poder bajarse la cremallera para poder orinar y luego cerrársela de nuevo, levantar un vaso para tomar agua, recoger un papel del suelo que se cayó... Nada de lo anterior nos parece fantástico. Como está ahí, no entendemos el valor de cada acción.
Kureishi lo tenía todo. Lo perdió todo. O casi todo. La verdadera libertad, la verdadera felicidad, la tenemos a la mano. La vida, a la mayoría, nos dio un cuerpo y unos órganos funcionales para hacer muchas cosas, pero la sociedad misma nos ha desligado de apreciar su valía. Padecemos de ceguera cotidiana.
Kureishi me ayudó a recuperar conciencia, a entender que la salud no es eterna, que la autonomía no está garantizada y que la dignidad corporal es un privilegio sumamente frágil. Quizás, si aprendiéramos a detenernos un segundo antes de quejarnos por nimiedades, si volviéramos a valorar lo elemental, seríamos menos crueles con la vida y con los otros. Porque al final, mientras podamos rascarnos el culo, caminar sin ayuda y beber un vaso de agua con nuestras propias manos, seguimos siendo inmensamente ricos, aunque el mundo nos haya convencido de lo contrario.
https://t.co/NTl6nPQCwl
Este video debería tener un millón de RT: Cayetana destruyó en solo 2 minutos el verso del lenguaje inclusivo y el populismo. Subí el volumen, dale like y que exploten las redes.
Cúlpese a usted cuando la inteligencia artificial lo deje sin trabajo
"No será la IA la que acabe con el mundo ni con nuestros trabajos, sino nuestra indolencia, vagancia y comodidad de no haber reaccionado a tiempo".
Cada trimestre busco reunirme con un amigo al que considero que es una suerte de genio. Jamás se lo diré, porque se volvería más insoportable de lo que ya es. Lo cierto es que no sé por qué me reúno con él, porque después de cada encuentro, de lo único que me quedan ganas es de buscar alguna cabaña remota, que tenga agua y huerta, y esperar hasta que San Pedro me llame a sus puertas.
“Calculo que tenemos menos de cinco años de trabajo conviviendo con la inteligencia artificial. Luego de eso, adiós. Así que hay que inventarse algo que dé buenas ganancias en esta ventana”, me dijo mientras se comía la parte interna de una empanada porque ya no puede comer harinas. “ChatGPT me dio mi plan de dieta y he bajado 10 kilos”.
Creo que muy pocas personas se han tomado en serio el cambio tan monumental que se nos avecina. Seguimos impávidos en nuestro día a día mientras un remolino de innovaciones y cambios se están produciendo cada vez más rápido. Y en vez de estar preparándonos para ese nuevo mundo, gastamos horas consumiendo contenido inservible en redes sociales como si el asunto no tuviera que ver nada con nosotros.
–¡Jesús, Jesús, Judas te va a traicionar! –le grita un gorila con acento mexicano a Jesucristo teletransportándose en el tiempo para salvarlo. –¿Judas Tadeo o Judas Iscariote? –le responde Jesús. –¡Puta madre! –se resigna el gorila agarrándose la cabeza. Lo anterior es el diálogo de un video producido con IA que ha logrado más de 20 millones de reproducciones y se ha vuelto la tendencia del momento. Como este se han producido miles de videos simulando otros escenarios bíblicos e históricos.
Y mientras millones perpetúan su estupidez en estos contenidos, cosas como las siguientes van pasando: la ‘start-up’ Perplexity, empresa de IA fundada en 2022, ya ha puesto en el mercado un navegador web, Comet, infinitamente superior en funcionalidades de IA al que ofrece Google. En apenas tres años, la compañía de Aravind Srinivas ya tiene una valoración de 18.000 millones de dólares en el mercado. Tal es su oferta de valor que Nvidia, SoftBank Vision Fund 2, Jeff Bezzos y Yann Lecun han apostado cientos de millones de dólares en ella.
Para la mayoría de las personas, la IA es un “tema de expertos”. Se asocia con matemáticas complejas, programación y conceptos abstractos como las redes neuronales, y aprender sobre ello pareciera requerir un esfuerzo mental considerable. Y claro, es mejor y más entretenido ver al gorila con Jesús. Pero lo anterior es caer en un error. Es como si la gente no quisiera aprender a manejar porque considera que debe entender cómo funciona la mecánica de un motor de combustión. Millones conducen a diario sin necesidad de saber cómo funciona el motor.
Cada día que pasa sin que nos metamos a entender el mundo de la IA, es un día de más que nos estamos condenando al atraso y estamos perdiendo posibles ventajas competitivas sobre aquellos que han decidido quedarse de brazos cruzados. La IA no es solamente pedirle a ChatGPT que elabore un documento. Tampoco es hacer contenidos en video para compartir por redes sociales y ganar ‘likes’. La IA tiene una infinidad de usos que están ahí listos para que, de nuestras ideas, podamos crear proyectos.
Puede usted tener 20, 30, 40, 50 o 60 años. Nunca es tarde para sentarse a navegar en internet y buscar información para documentarse. Tampoco es tarde buscar cursos en línea o en universidades que se adentren en este universo. Lo que se requiere es voluntad, pellizcarnos, salir del letargo en el que nos encontramos y despojarnos de la pereza de poner a trabajar nuestras neuronas.
No será la IA la que acabe con el mundo ni con nuestros trabajos, sino nuestra indolencia, vagancia y comodidad de no haber reaccionado a tiempo.
https://t.co/eHI4UOlTAG
¿Qué tanto oxígeno le queda al sector minero? ¿Tendrá fuerzas para levantarse luego de la batalla feroz que el gobierno ha emprendido en su contra? El presidente de la @acmineriacol, @jcnarino, presenta un balance de las condiciones en las que el próximo presidente va a recibir el sector. Los problemas del sector, dice Nariño, no se limitan solo a lo que ha hecho Petro. Duque y Santos también son responsables de lo que pasa hoy.
Alejandro Echavarría, gerente de sostenibilidad y comunicaciones CNR, destacó la importancia de la Semana de la Minería, liderada por la Asociación Colombiana de Minería (ACM) en el marco de la #COP16.