El abuso puede tomar muchas formas y no siempre es físico.
Durante estos 16 días de activismo para poner fin a la violencia de género, cada persona puede reflexionar sobre cómo contribuir a proteger a las mujeres y las niñas.
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Hola, me llamo Adolfo, soy un pequeño artista que vive en Zamora y hago ilustraciones como estas. Cuesta 0 euros hacer RT y la verdad es que me ayudaría mucho, gracias 🥺🥺🥺
¿Por qué millones de mexicanos no saben esto? ¿Por qué millones no lo comparten? ¿Por qué millones lo ignoran? ¿Por qué millones no le dan una oportunidad a esta información? ¿Por qué millones seguirán y siguen sus vidas como si nada?
Me lo preguntaré por milenios..
El periodista venezolano Jesús Bastidas gana un Emmy por su cobertura de redada migratoria en Utah
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Guillermo del Toro comprendió la belleza de Frankenstein
«Frankenstein» de Guillermo del Toro es una obra de arte en la dimensión total del concepto, el Gesamtkunstwerk de Richard Wagner. Los detalles son cuidados con el ojo de un poeta que logra que la belleza se manifieste en cada toma. La escenografía corta el aliento. Pocas veces la atmósfera gótica se ha captado con tal precisión artística, que hace que el espectador sienta estar presente, respirando el mismo aire que los personajes.
Por su parte, la música compuesta por Alexandre Desplat es sublime, mientras que el vestuario se vuelve una expresión simbólica en sí misma, rico en claves interpretativas que son sugeridas por los colores, las formas y el brillo de la joyas, auténticas piezas de colección. Los paisajes: el hielo del Polo Norte con el barco encallado, el sol con su paleta cromática que acaricia, el bosque descubierto por ojos vírgenes que hacen que el mismo luzca encantado, la biblioteca que recuerda a la del Monasterio de San Lorenzo de El Escorial, los salones del palacio, el comedor, el edificio donde se levanta el laboratorio, el aula universitaria y las catacumbas donde se encadena a la criatura; cada escena muestra una imagen que se transforma en arte y belleza, al punto que si observamos el film con el único objetivo de analizar su estética ya nos podemos dar por satisfechos.
Pero el tema es que estos detalles apenas son el marco donde se lleva a cabo la mejor historia de Frankenstein que se ha presentado en la pantalla, o que se haya escrito, rivalizando con el mismísimo original de Mary Shelley.
Del Toro comprendió la esencia del personaje como si se hubiera metido dentro del corazón de su creadora y hubiera sentido los latidos experimentados en la producción de aquellas letras escritas al borde del lago Lemán. La figura del “monstruo” abandona el cliché hollywoodense para volverse una escultura griega, con cicatrices que no horrorizan porque son las huellas de una historia, como si se tratase de un kintsugi humano.
El guion es magnífico y un evidente reflejo de alguien que se crio en una biblioteca, leyendo cada libro con la compulsión de un hechizado. Del Toro no solo es un cineasta superdotado, sino un escritor genial, que demuestra con sus frases que el mismo talento para crear cine lo aplica para crear universos literarios.
Hay una frase que no he dejado de reflexionar desde que la escuché en el film. Tras el repaso de su propia vida, y ya en el lecho de muerte, Víctor le dice a la criatura: “deseo que pronuncies mi nombre, que nunca significó nada para mí. Deseo que lo pronuncies como lo hiciste cuando te di la vida, y cuando al pronunciarlo contenía tu universo entero”. Es un pensamiento cargado de las emociones contenidas en una existencia, expresadas en el momento cumbre, cuando comprendemos que hemos presenciado la historia de un padre y un hijo como pocas veces un artista ha sido capaz de plasmar.
Del Toro capta la esencia de Frankenstein y tuvo el criterio acertado de contratar a un actor juvenil, a quien le cambió el destino con esa oportunidad. Jacob Elordi es joven, pero lleva dentro de sí un mundo de emociones propias de los ancianos sabios, que han vivido y sufrido, atravesando los caminos de la existencia sintiendo a su paso cada emoción posible de ser sentida.
La interpretación de Elordi es de lo mejor que he visto. Es impactante ver a un actor incipiente, con toda una carrera por delante, exponer con semejante virtuosismo sentimientos tan complejos, que sabe expresar con una mirada, al mover su cuerpo, con la expresión de su rostro y los tonos vocales perfectos. Es una actuación memorable, digna de los premios más prestigiosos y capaz de permanecer para siempre en el recuerdo del espectador. Es un papel difícil. Cada escena corre el riego de caricaturizarse con el mínimo error interpretativo. Pero no los hay, ni uno. Las escenas donde aparece Elordi son un master class, y eso no se logra a menos de que el intérprete haya sentido en sus entrañas las emociones que transmite. Cuando el actor afirma que nunca se había identificado de forma tan exacta con un personaje, se lo creemos.
Por primera vez vemos a un Frankenstein que produce la ternura y la compasión que le son intrínsecos, la inocencia y el espíritu de asombro, el miedo y la rabia contenida, el deseo de humanidad y, en especial, la soledad, la más oscura, silente y fría soledad.
Elordi es un mago generando esas emociones. Provoca una empatía sobrecogedora, al punto de querer introducirnos en la pantalla para abrazarlo. Los demás actores, virtuosos y experimentados, lucen como novatos al lado de este actor que pertenece a la misma liga que Daniel Day Lewis y Christian Bale.
Guillermo Del Toro además logra captar (¡por fin alguien lo hace!) la intención de Shelley cuando esta denominó a su hijo literario: “El moderno Prometeo”. El director mexicano dota a Frankenstein de la inmortalidad de los dioses y del poder de salvar a la humanidad con sus acciones. El fuego redentor produce el renacimiento, e incluye la inmersión en el agua que crea el efecto de un niño en la placenta materna. Su cuerpo se regenera de cualquier ataque y la fuerza que despliega es capaz de mover un barco y darle un giro a la suerte de su tripulación, devolviéndoles la vida y la posibilidad de navegar hacia un horizonte promisorio.
Si Prometeo le regresó el fuego a los hombres, Frankenstein le brinda el calor humano a su creador y la esperanza a unos marineros que, como en el Pequod de Moby Dick, representan a la humanidad completa. Desde la antigua Grecia, los dioses nos han envidiado la mortalidad. En Frankenstein ese deseo se palpa de manera natural y no es poco el logro de Del Toro produciéndonos la sensación de la importancia del Memento Mori y la razón justificada del Olimpo para sentir celos de los mortales.
El monstruo de Del Toro no es la criatura creada por Víctor. En este film, Frankenstein es lo que debe ser: un espíritu errante que anhela amor y comprensión, mientras choca contra la naturaleza humana, con todas sus miserias y limitaciones.
El “monstruo” de Guillermo del Toro es un salto adelante en la evolución del Sapiens. Su Frankenstein es un ser hermoso, que solo necesita un gesto noble para sentirse vivo y valioso.
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