Perderse para encontrarse
Por: @danysernam
Tengo 32 años y últimamente me pregunto qué me falta desaprender.
En el colegio me enseñaron religión y recato. Las películas me enseñaron princesas que pasaban media vida dormidas esperando al príncipe. En casa, roles de género tradicionales. En la universidad, el éxito tenía una sola forma. Y mientras más pasan los años, más evidente se vuelve que gran parte de lo que absorbí, más que conocimiento, era libreto.
Durante mucho tiempo nos dijeron que la vida tenía una secuencia: estudiar, casarse, tener hijos, trabajar, jubilarse, tener nietos. Cualquier desviación era un error, cualquier omisión, un fracaso.
Hace unos días tuve un viaje soñado con las amigas del colegio. Antes de salir me imaginaba que nos encontraríamos con las mismas personas de siempre. Y sí, la esencia sigue intacta. La complicidad también. Pero lo que más me impresionó fue ver la evolución de cada una, como si la vida hubiera tomado un punto de partida común y hubiera escrito historias completamente distintas.
Veo separaciones que no representan un fracaso, sino una decisión consciente para proteger la paz. Veo cambios radicales de carrera cuando la vida pide un nuevo rumbo. Veo emprendimientos que nacen y fracasan. Veo terapias que no se esconden sino que se divulgan. Veo luchas que se reconocen y dan valor en lugar de ocultarse. Veo mujeres que deciden por su cuerpo y no por miedo ni por estigma. Veo decisiones basadas en el criterio y no en la expectativa. Veo mujeres que dejaron de explicarse. Veo madres criando hijos y mujeres que han decidido no tenerlos. Veo incluso a las mamás de mis amigas reinventándose.
Veo todo menos la película que nos enseñaron.
Y somos afortunadas de poder verla diferente. Muchas mujeres en el mundo no tienen la posibilidad de habitar esa incertidumbre ni la libertad que da elegir.
Por eso hay un enorme valor en no tenerlo resuelto, en cuestionar lo que incomoda, en descubrir que una decisión puede ser correcta aunque nadie alrededor la entienda. Tal vez eso es lo que significa para mí el feminismo: no una batalla ni un nuevo conjunto de reglas para reemplazar las antiguas, sino la posibilidad de que cada mujer pueda escribir su propia versión de la historia. Que las niñas crezcan sabiendo que son protagonistas, no personajes secundarios. Que el carácter, la inteligencia, el humor y la autenticidad ocupen el lugar que siempre merecieron. Que no carguen en sus hombros tantas reglas y expectativas.
Y no crean que yo me escapo de esto. Soy la primera que se compara con el cuerpo, el trabajo, las relaciones, los tiempos. Esta columna también es terapia. Escribir me permite disociarme un momento de mi vida para ir al ideal, y en ese viaje de ida y vuelta, algo se acomoda.
Quizás el cambio más profundo es entender que no vinimos al mundo a interpretar perfectamente un papel, sino a descubrir quiénes somos. Y eso implica, inevitablemente, perdernos algunas veces. Porque los caminos más felices rara vez fueron los planeados.
Nos dijeron que las mujeres debían hacerlo todo por amor. Hoy creo que debemos hacerlo todo por amor propio.
Red Flags políticas: una guía para sobrevivir la temporada de campañas electorales
Por: @danysernam
Se acerca la época de campañas electorales y mi mente había olvidado lo jarto que resulta sobrevivir estos meses de bombardeo publicitario que poco —o nada— aporta a la vida cotidiana.
La semana pasada, con el regreso “oficial” al año en forma, también regresaron las estrategias de campaña más pobres, ruidosas y perezosas que uno pueda imaginar.Por eso quise escribir esta columna como una lista clara y honesta de red flags políticas.
Primero, para que —si usted es político— haga un esfuerzo adicional y trate de comunicar algo importante.
Y segundo, y más importante, para que —si usted es votante— aprenda a identificar señales de alerta y no se convierta en un instrumento más de la maquinaria electoral. O, al menos, aporte a un análisis más juicioso que derive en una mejor elección.Hay algo que no deja de ser llamativo: las estrategias de muchos políticos no han cambiado prácticamente nada con el paso del tiempo.
Hoy, con redes sociales, acceso inmediato a información y canales reales para comunicarse con los ciudadanos, seguir dependiendo casi exclusivamente de vallas, jingles y padrinos políticos no responde a una tradición ni a una convicción. Responde a la comodidad de no tener que explicar ideas, asumir posiciones ni construir argumentos propios. Es la forma más simple de activar una estructura de poder que ya existe.Y aquí el punto incómodo: si usted considera que el Congreso y los políticos en general son corruptos, cambiar el status quo no se logra con abstención ni con cinismo. Empieza por el interés, el activismo, el amor por el país y la comprensión de los deberes democráticos. No dejemos las decisiones en manos de otros para luego quejarnos del resultado. Estas campañas son, quieran o no, una oportunidad para identificar personas y representantes que generen esperanza, confianza y valores ciudadanos.Algunas de las señales más evidentes que se repiten en estas campañas son las siguientes:
-Montajes en vallas donde el candidato “levita” al lado de una figura polarizante del pasado o del presente. No es solo mal diseño: es dependencia política pura. Cuando alguien necesita colgarse de otro para ganar relevancia, suele ser porque no tiene trayectoria ni mensaje propio que lo sostenga.
-Publicidad que solo muestra nombre, número y colores de partido. Municipios enteros empapelados sin una sola idea, logro o postura clara. No es descuido: es una apuesta deliberada al voto ciego, a la inercia y a la maquinaria local.
-Exceso de publicidad omnipresente —vallas, buses, eventos masivos, redes pagadas—. Cuando la campaña lo invade todo, la pregunta es obligada: ¿de dónde sale tanto dinero? El derroche no es competencia; con frecuencia es indicio de financiamiento opaco o de deudas que luego se pagan con favores, contratos o poder.
-Respaldo automático de partidos tradicionales. No es una condena a todos sus miembros, pero sí una alerta inicial. Estructuras con décadas de clientelismo y escándalos no merecen confianza por costumbre.
Campañas basadas más en odio, rabia y polarización que en propuestas. Ataques personales constantes, victimización permanente y narrativas de “nosotros contra ellos” sin un plan concreto. El odio puede movilizar, pero no construye país.
-Promesas maximalistas sin estrategia. “Seguridad total”, “cambio absoluto”, “dignidad real”, “transformación radical”. Suenan potentes, pero ¿cómo se financian?, ¿en qué plazos?, ¿con qué capacidades reales? Exija planes, no slogans.
-Falta de mérito técnico real. Candidatos sin trayectoria profesional o pública sólida en áreas clave como economía, seguridad, salud o educación; con escándalos pendientes o sin resultados verificables. Cuando no hay experiencia probada ni integridad demostrada, suele primar el espectáculo sobre la capacidad para gobernar.Frente a este panorama, vale la pena recordar algunas recomendaciones básicas para quienes votan:
Lea la trayectoria real de la persona (no solo la foto sonriente).
No vote ciegamente por partido: elija a quien lo represente de verdad.
Cuestione si le piden el voto para “conservar puestos” o favores. Pregúntese qué más han direccionado además de su voto.
Desconfíe de desconocidos absolutos. Si nunca ha visto logros concretos, absténgase.
Investigue el origen de los dineros, especialmente cuando los gastos son excesivos. La transparencia financiera es clave.
Exija propuestas con números, plazos y fuentes de financiación. Desconfíe de frases bonitas sin un plan claro de implementación.
Busque al candidato en redes, en Google y en medios independientes. Verifique méritos más allá del padrino o de la viralidad.Una democracia no se deteriora de un día para otro. Se erosiona cuando aceptamos el ruido como argumento, la repetición como propuesta y la cara en una valla como representación.Estos son solo algunos de los red flags que he identificado en estas campañas, pero la lista no está cerrada. Los invito a que entre todos la complementemos, pongamos estas señales sobre la mesa y las discutamos, porque leer campañas con criterio, debatirlas y votar pensando en el país también es hacer política.
Medellín: Entre el relato oficial y la realidad incómoda
Por: @danysernam
Hace treinta años mencionar a Pablo Escobar en Medellín era bajar la voz, cambiar de tema o callar. El narco era la vergüenza colectiva, la mancha que lavábamos en silencio. Hoy los turistas lo buscan en TripAdvisor como la atracción número uno —duplicando y triplicando en reseñas cualquier otra actividad de la ciudad—. ¿Cuándo pasó que lo que nos avergonzaba se volvió motivo de orgullo?
Tenemos el relato perfecto del resurgimiento y lo repetimos como oración: Metrocable, bibliotecas-parque, innovación, flores, startups, “la ciudad más educada”. Esa es la Medellín que nos enseñaron a vender y que nos contamos para dormir tranquilos.
Pero la realidad es otra: nuestro mayor atractivo turístico y cultural sigue siendo la misma cicatriz que juramos haber cerrado.
Los tours narco, la casa donde lo mataron, los grafitis del Patrón, los bares “Cartel”, las camisetas con su cédula, las fotos en las comunas “donde todo empezó” es lo que el mundo viene a ver y lo que paga mejor que cualquier museo o festival.
Y lo que duele reconocer es que nosotros, los locales, adoptamos la narcocultura, la normalizamos y la abrimos al mundo como la casita de Mickey Mouse del paraíso de Pablo Escobar. Vienen a vernos: a las mujeres operadas que se lucen todas igualitas, como medallas, a las fiestas descontroladas que se graban y se viralizan, a la droga que circula sin disimulo y, en los rincones más oscuros que todos conocemos y nadie denuncia, al acceso fácil a la prostitución y hasta a la explotación sexual de menores. Todo eso forma parte del paquete. Y nosotros, sin querer admitirlo, somos el espectáculo.
La plata que todos ven y nadie pregunta, el cuerpo esculpido en quirófano, la obsesión con la imagen y la estética, la camioneta que no cabe en nuestras calles ni en nuestros sueldos, las marcas que gritan, las mesas llenas en restaurantes de lujo… Lo que en los ochenta y noventa identificaba al narco hoy es nuestro ideal de éxito.
Ya no se esconde: se presume. Ya no se rechaza: se anhela. Ya no se critica: se aplaude. Se volvió aspiracional. Se volvió identidad.
Por eso la doble moral nos queda enorme: juramos que superamos el estigma y luego lo convertimos en nuestro principal producto de exportación.
Yo tampoco estoy afuera del espejo.
Esa doble moral también vive en mis prejuicios, en mis silencios, en las conversaciones donde critico y luego aplaudo.
Porque al final no es solo de la ciudad: es mía. Es nuestra.
Y pesa toneladas cuando la veo en mi propio reflejo.
Las cifras de empleo bajo la lupa
Por: @danysernam
La semana pasada celebramos una buena noticia: la tasa de desempleo en septiembre fue de 8,2 %, la más baja registrada por el DANE. Parece un avance. Y lo es. Pero si queremos entender de verdad el mercado laboral colombiano, hay que mirar más allá del titular.
Colombia tiene unos 52 millones de habitantes, de los cuales cerca de 36 millones están en edad de trabajar (mayores de 15 años). Sin embargo, solo el 63,9 % participa activamente en el mercado laboral: unos 23,5 millones de personas que trabajan o buscan empleo. El resto, más de 12 millones, son inactivos: estudiantes, cuidadores no remunerados, personas con discapacidades o quienes, como Ana, una madre soltera que dejó de buscar trabajo por falta de apoyo para cuidar a sus hijos, se desanimaron. Estos inactivos no cuentan como desempleados, pero su exclusión refleja una cara oculta de la desigualdad: millones de colombianos fuera del sistema productivo, sin ingresos propios.
Entre los activos, 2,1 millones están desempleados y 21,4 millones ocupados. Sin embargo, la calidad del trabajo es el verdadero desafío. Más del 55 % de los ocupados labora en la informalidad: sin contrato, sin seguridad social, sin derechos laborales. Solo 9,6 millones de personas —cerca del 18 % de la población— tienen empleo formal. Esto significa que un grupo reducido sostiene con sus aportes los sistemas de salud y pensiones, una base frágil que pone en riesgo su sostenibilidad ante cualquier crisis económica.
La alta informalidad no es solo un número; impacta a todos. Menos cotizantes significan menos recursos para hospitales, escuelas o pensiones futuras. ¿Por qué es tan alta? Factores como los elevados costos de contratación para las empresas, la falta de acceso a crédito para pequeños negocios y la precariedad en sectores como el comercio o la agricultura dificultan la formalización.
Aumentar el empleo formal exige una estrategia integral que combine productividad, simplificación normativa e incentivos bien orientados. Simplificar los trámites para la formalización, ofrecer acompañamiento empresarial gratuito y establecer estímulos tributarios para la contratación formal.
La caída del desempleo al 8,2 % es un paso adelante, pero los retos son enormes. Colombia necesita ampliar su base de empleo formal para fortalecer los sistemas que benefician a todos. Solo así esta mejora dejará de ser un titular pasajero y se convertirá en un avance económico y social sostenible.