𝐋𝐨𝐬 𝐄𝐬𝐭𝐚𝐝𝐨𝐬 𝐔𝐧𝐢𝐝𝐨𝐬 𝐠𝐚𝐧ó 𝐥𝐚 𝐠𝐮𝐞𝐫𝐫𝐚: 𝐥𝐚𝐬 𝐫𝐞𝐯𝐞𝐥𝐚𝐜𝐢𝐨𝐧𝐞𝐬 𝐝𝐞𝐥 𝐜𝐨𝐦𝐚𝐧𝐝𝐚𝐧𝐭𝐞 𝐉𝐞𝐬ú𝐬 𝐑𝐨𝐦𝐞𝐫𝐨 𝐪𝐮𝐞 𝐬𝐚𝐜𝐮𝐝𝐞𝐧 𝐞𝐥 𝐭𝐚𝐛𝐥𝐞𝐫𝐨 𝐯𝐞𝐧𝐞𝐳𝐨𝐥𝐚𝐧𝐨
Elizabeth Sánchez Vegas | Venezuela Late
En medio del luto y el dolor que dejaron los dos terremotos que golpearon a Venezuela y en plena transición tras la captura de Nicolás Maduro, el espacio Venezuela Late del 5 de julio de 2026 ofreció algo más escaso y necesario que la solidaridad: claridad estratégica sin filtros.
Hubo una frase que atravesó como un rayo la conversación de esa noche, y que resume mejor que ninguna otra el tono con el que se desarrolló: “Hubo una guerra, y la guerra la ganó los Estados Unidos”. La dijo, sin rodeos, el comandante retirado de la Marina de Estados Unidos Jesús Daniel Romero, hijo de piloto de la Fuerza Aérea Venezolana y madre estadounidense, 37 años de servicio combinado entre las armas y la diplomacia, autor de dos investigaciones de referencia sobre narcotráfico transnacional y una de las voces con mayor acceso a fuentes de inteligencia sobre el hemisferio.
Durante casi dos horas, Romero desmontó, pieza por pieza, el relato con el que muchos venezolanos intentan explicarse lo que ocurre en el país desde la captura de Nicolás Maduro el 3 de enero. No vino a consolar. Vino, según sus propias palabras, a hablar “sin sentimientos, sin emociones, sin meter el factor humano” y lo hizo. Esto es lo que dijo, ordenado para que nada se pierda.
Romero insistió en fijar primero la lente correcta. Todo lo que ha ocurrido en Venezuela en el último año y medio, explicó, se deriva de la Estrategia de Defensa Nacional 2025–2026 de la administración Trump, que identificó al Cartel de los Soles y al Tren de Aragua como amenazas directas a la seguridad de Estados Unidos. No fue, subrayó, una decisión tomada por afecto hacia el pueblo venezolano ni por indignación moral ante el chavismo: fue una respuesta a un daño interno, medible, en territorio estadounidense.
Ese daño tiene nombre y cifras. En su primer libro, El vuelo final: la reina del aire, Romero documentó una red de más de mil aeronaves que despegaban principalmente desde el Catatumbo y Apure para introducir droga en Centroamérica y el Caribe con destino final a EE. UU. Miles de muertes por sobredosis en territorio norteamericano, sumadas al elemento criminal que trajo consigo una porción de la migración venezolana, miembros comprobados del Tren de Aragua, según afirmó tener evidencia plena, fueron, en su relato, el detonante real.
Para ejecutar la operación que culminó con la captura de Maduro, el gobierno estadounidense tuvo que sustentar jurídicamente su actuación bajo las autoridades de los Títulos 10 y 50 del Código de Estados Unidos, marco legal que distingue entre operaciones militares y de inteligencia y que, según Romero, poca gente fuera del círculo especializado comprende realmente.
Uno de los giros más agudos de la noche fue su insistencia en que Venezuela no es el centro del ajedrez, sino una ficha dentro de él. Según Romero, la operación venezolana está entrelazada con los objetivos que la administración Trump se trazó respecto a Irán, y con un calendario político doméstico muy concreto: las elecciones legislativas de noviembre en Estados Unidos, con un barril de petróleo que llegó a cotizarse en 124 dólares y una necesidad urgente de bajar el precio de la gasolina en los surtidores.
“Los Estados Unidos no está haciendo esto por Venezuela ni por usted ni por mí, lo está haciendo primero y principal por los intereses norteamericanos”, esa fue, en sus palabras, la clave para entender cualquier decisión que a simple vista parezca contradictoria.
Y sobre las contradicciones aparentes, el presidente diciendo una cosa y el Secretario de Estado otra, Romero fue tajante: no son fallas de comunicación, son parte deliberada de la estrategia.
Romero fue explícito en reconocer que la Casa Blanca no tenía en sus planes los dos terremotos devastadores que golpearon a Venezuela. Señaló que Estados Unidos buscaba llevar a cabo esta transición con el mínimo derramamiento de sangre y la mínima destrucción posible, y que los terremotos, sin que nadie lo hubiera diseñado así, terminaron contribuyendo a ese objetivo.
Aquí llegó una de las revelaciones más contundentes de la noche. Romero sostuvo, con la autoridad de quien trabajó casos de narcotráfico de alto perfil, que Delcy Rodríguez fue la fuente que entregó a Estados Unidos la información que permitió capturar a Nicolás Maduro. No estaba en Caracas el 3 de enero: se encontraba fuera del país y fue la propia administración estadounidense la que gestionó su regreso para que condujera la negociación ya pactada.
El mecanismo, según explicó, fue meticuloso: para poder pagarle una recompensa de 50 millones de dólares, Washington necesitaba primero removerla de la lista de sanciones de la OFAC; no se le puede pagar un reward a alguien sancionado y ella, a cambio, tuvo que abrir su situación financiera completa y entregar el dinero de sus cuentas. Esa es, en su lectura, la explicación real de por qué Delcy sigue en pie mientras Maduro está preso: ella tenía algo que ofrecer y lo ofreció.
Un dato que Romero destacó como prueba indirecta: Jorge Rodríguez, hermano de Delcy, sigue sancionado por Estados Unidos. En su interpretación, eso no es un descuido sino una palanca: se mantiene la presión sobre él hasta que ambos “cumplan su parte” del acuerdo.
Sobre Diosdado Cabello, Romero fue igual de directo, aunque con más cautela en las certezas. Dijo percibir un cambio de comportamiento evidente respecto al Diosdado que conoció en intercambios públicos previos. Recordó haberlo alentado abiertamente en su propio programa, sin saber que también aparecería en el de Cabello, advirtiéndole que si no negociaba con un bufete estadounidense terminaría entregado a la justicia norteamericana por la recompensa que pesa sobre su cabeza. Señaló que este no es el mismo Diosdado Cabello del 3 de enero.
Su lectura de fondo: los tres, Nicolás, Delcy y Diosdado, llevarían, en distintos grados, algún tipo de negociación con fiscales estadounidenses. No en el sentido de “irse limpios”, aclaró, sino bajo la lógica de la conspiración: en el sistema legal de EE. UU., una vez formulada una acusación, hay que enfrentar el cargo, aunque se colabore. Delcy y Jorge, dijo, encajan como coconspiradores dentro del caso narco-estatal contra Maduro, sepan o no que ocupan formalmente ese lugar.
Su pronóstico, con las reservas de quien no tiene “bola mágica”: algo grande se avecina y terminará en una de dos vías, la salida de Delcy o la entrega efectiva del poder por parte de Diosdado.
La imagen del encargado de negocios estadounidense, John Barrett, conversando amistosamente con Diosdado Cabello durante la despedida de los equipos de rescate generó un profundo malestar en gran parte de la audiencia. Romero, que ya había manifestado públicamente en X su desacuerdo con comentarios anteriores de ese mismo diplomático, explicó el trasfondo operativo y legal: Estados Unidos puede prestar asistencia militar humanitaria internacional al amparo del Título 10 del Código de Estados Unidos, particularmente de las secciones 401 y 404. Bajo ese marco, Washington trabaja con quien ejerce autoridad efectiva en el terreno durante una emergencia humanitaria, sin que eso implique un aval político ni una relación de cercanía con el régimen.
Su argumento fue pragmático: cuando hay miles de venezolanos que necesitan rescate, no se puede generar caos por no coordinar con las autoridades locales de facto. Entendió que la imagen genera resentimiento, pero insistió en que no se gestionan los sentimientos individuales cuando lo que está en juego es evitar un desastre mayor para las familias venezolanas que requieren ayuda inmediata.
Frente a la idea de que un posible levantamiento, impulsado por la frustración y el dolor tras los terremotos, podría evitarse si María Corina Machado regresara a canalizar esa energía popular, Romero se mostró escéptico. Dijo no ver indicios de que el pueblo venezolano vaya a salir a las calles: no lo hizo el 3 de enero, no lo hizo durante el terremoto, y con más de mil efectivos estadounidenses de fuerzas especiales en suelo venezolano, tampoco lo ha hecho ahora. Su pregunta de fondo fue directa: ¿cuándo es suficiente para que la gente salga simplemente a manifestar su voluntad? Fue más allá al recordar que ya el año pasado, en septiembre, había advertido públicamente que no se pidiera la entrada del Departamento de Guerra de EE. UU. a Venezuela, porque conocía de primera mano las consecuencias de activar esa maquinaria: “cuando los Estados Unidos empieza a mover este gran monstruo, no lo puede parar”.
Sobre la líder opositora, Romero fue enfático en un punto que generó cierta tensión con las conductoras: ella tiene todo el derecho a regresar a Venezuela cuando lo considere prudente, sin necesidad del permiso de nadie. Dijo discrepar de la propia administración estadounidense en cuanto a condicionar ese regreso.
Reveló, además, que fue el propio gobierno de EE. UU. el que pagó los vuelos que la sacaron de Venezuela rumbo a Noruega para recibir el Premio Nobel, y que Washington tiene un interés genuino en que ella regrese. Que se le haya negado la entrada en cierto momento, explicó, respondería más a un cálculo de tiempos que a una ruptura de fondo entre ella, el Departamento de Estado y la Casa Blanca. Descartó, en ese sentido, que existan fisuras reales en ese triángulo.
Uno de los datos más inquietantes de la noche: según Romero, los efectivos estadounidenses desplegados en territorio venezolano no son infantería de marina ni infantería del ejército, como en la invasión de Panamá, sino fuerzas especiales, y en buena parte, Fuerza Delta, la misma unidad que lideró la operación que capturó a Maduro el 3 de enero.
Más revelador aún: al observar la infraestructura que Estados Unidos ha instalado en el aeropuerto de Maiquetía, Romero dijo no percibir una presencia temporal, sino las bases de algo semipermanente. Su hipótesis, planteada con cautela pero sin ambigüedad: Washington podría estar ya trabajando directamente con la Fuerza Armada venezolana, bajo tutela estadounidense, para garantizar el orden el día en que se requiera una salida de fuerza en las calles.
Ante la pregunta sobre la llegada de Bernardo de la Espriella a la presidencia colombiana en agosto, Romero fue optimista pero matizado. Cualquier escenario, dijo, sería mejor que la gestión de Gustavo Petro, a quien acusó de haber permitido el crecimiento descontrolado de los cultivos de coca, 330.000 hectáreas según los últimos datos que conoce, posiblemente más ya y de haber cedido el control de zonas clave, como el llamado “área de distinción” en el Catatumbo, que en la práctica se convirtió en una autopista para enviar cocaína colombiana hacia Venezuela y de ahí a Centroamérica, el Caribe, Europa y África.
Dato que pocos recordaban: fue la propia administración Biden, al iniciar su relación con Petro, la que decidió suspender el monitoreo satelital de cultivos de coca que Estados Unidos mantenía históricamente, una decisión que Romero dijo no comprender hasta hoy.
No espera, sin embargo, un enfrentamiento militar directo en la frontera entre el nuevo gobierno colombiano y las tropas estadounidenses en Venezuela: los narcotraficantes, explicó, evitan el contacto armado directo con fuerzas norteamericanas. Sí, prevé fricciones entre el Ejército colombiano fortalecido y las organizaciones criminales, y una Colombia dispuesta a alinearse con los intereses de Washington y, eventualmente, a coordinar con las propias fuerzas armadas venezolanas.
Romero no evitó la crítica hacia la administración anterior. Recordó, con evidente indignación, cómo mientras él y otros dedicaron años a capturar a figuras como “el Pollo” Carvajal o Cliver Alcalá, la administración Biden, a través de Juan Sebastián González, llevó adelante negociaciones que terminaron en la liberación de los llamados “narcosobrinos” y el regreso de Alex Saab a Venezuela. Dijo haber denunciado esto formalmente ante congresistas y senadores republicanos de Florida, e incluso reveló que la propia administración Biden bloqueó su testimonio ante el Congreso en mayo de 2024 sobre la amenaza aérea contra Estados Unidos.
Quizás el momento más categórico de toda la noche llegó cuando se le preguntó por la legitimidad del gobierno de facto de Delcy Rodríguez frente a la Constitución venezolana. Romero fue frontal: Estados Unidos no está evaluando esto en términos de legitimidad democrática, sino en términos de guerra ganada. No hubo negociación con un régimen, dijo; hubo una derrota de un narcoestado. Washington no está preocupado por lo que piensen los venezolanos ni por lo que piense él mismo: está imponiendo una dirección, y esa dirección se decidirá, según insistió, cuando finalmente se celebren elecciones y sean los propios venezolanos quienes determinen el futuro del país.
A la pregunta final —si la inteligencia estadounidense lo sabe absolutamente todo sobre lo que ocurre en Venezuela— Romero prefirió no exagerar su propia certeza, pero fue elocuente: calculó que el conocimiento de Washington sobre el terreno venezolano ronda el 90-92 %, producto de décadas de seguimiento al Cartel de los Soles que antecede incluso al chavismo. Recordó que ya en los años previos a Chávez se derribaban aviones cargados de droga saliendo de Venezuela, y que la corrupción y el narcotráfico no nacieron con la revolución, aunque esta los haya profesionalizado hasta convertir al país en lo que llamó, sin matices, un narcoestado.
Su mensaje final a los venezolanos fue simple y directo: dejar de mirar los dimes y diretes discursivos y observar los hechos. Ahí, dijo, está la única brújula confiable para entender hacia dónde va este proceso.
Todo lo anterior puede leerse, con razón, como un balde de agua fría. Sin embargo, conviene no perder de vista que Romero, a pesar de la dureza de su diagnóstico, describió un proceso que no busca instalar una tutela indefinida ni un régimen sustituto, sino llegar a un punto en el que sean los propios venezolanos quienes, mediante elecciones, definan el rumbo de su país.
Y en medio de esa realidad cruda, Romero dejó entrever un horizonte que, sin promesas fáciles, tiene peso propio: el proceso que describió no busca instalar una tutela indefinida ni un régimen sustituto, sino llegar a un punto en el que sean los propios venezolanos quienes, mediante elecciones, definan el rumbo de su país. Esa dirección final, votar y decidir, fue, en última instancia, la que él respaldó al cerrar la noche con una frase sencilla pero cargada de sentido: “Simplemente, voto por el futuro de Venezuela.”
Tal vez la lección más útil de esta conversación no sea “todo va a estar bien mañana”, sino algo más sobrio y, a la vez, más sostenible: el proceso avanza, tiene una dirección clara hacia la democracia, y el costo humano que ya se pagó parece estar sirviendo, al menos por ahora, para evitar uno mayor.
🎧 Los invitamos a escuchar la conversación completa con @CommanderRomero en nuestro canal de YouTube: https://t.co/I4dCF35JsM
@VLate2025@CommanderRomero@elhabito@devorahsasha@LeCoffeeCat
Aperturemos este debate: Si hay una palabra que delata a un venezolano en cualquier banco del mundo, no es el acento. Es el momento exacto en que anuncia, con toda solemnidad, que viene a "aperturar una cuenta".
Porque una buena parte de los venezolanos no abren nada. Aperturan. Y lo más fascinante es que ya ni siquiera se limitan al banco, que al menos era el hábitat natural de esta criatura lingüística. Ahora aperturan de todo. Aperturan locales, aperturan negocios, aperturan expedientes, aperturan eventos, aperturan reuniones. No me sorprendería escuchar pronto a alguien decir que aperturó la nevera para sacar un refresco, o que aperturó la ventana porque hacía calor. El verbo se salió del banco, agarró calle, y ahora anda suelto contaminando absolutamente todos los contextos posibles de la vida cotidiana.
Y el origen de esto es el mismo de siempre, el mismo del abuso del "colocar" del que ya hablé antes: esa manía de creer que mientras más larga y más rebuscada suena una palabra, más profesional, más serio y más culto parece quien la pronuncia. "Abrir" les sabe a poco, les suena ordinario, a algo que hace cualquiera. "Aperturar", en cambio, tiene tono de acto protocolar, de trámite importante, de gestión de gente seria. Es la misma inseguridad de siempre disfrazada de elegancia, el mismo complejo de querer sonar a más de lo que se es, aplicado esta vez a uno de los verbos más simples y hermosos del idioma.
Hay que reconocer un matiz, eso sí, para no ser injustos. Después de años rechazándola con firmeza, la Real Academia Española terminó cediendo e incluyó "aperturar" en el diccionario como abrir algo, especialmente una cuenta bancaria. Así que sí, técnicamente existe. Pero aquí viene lo bueno: la propia RAE, en el mismo movimiento, recomienda evitarla y aclara que usarla como simple equivalente de "abrir" no está justificado. O sea, la metieron al diccionario casi por cansancio, mientras te susurran al oído que por favor no la uses. Es la palabra invitada por compromiso a la que nadie quería en la fiesta y que encima llegó tarde.
Y el remate es de pura lógica implacable. Si vamos a fabricar verbos a partir de sustantivos porque suenan más finos, entonces que los venezolanos sean consecuentes y empiecen a "recepcionar" en vez de recibir, a "coberturar" en lugar de cubrir, a "lecturar" los libros en vez de leerlos. Y ya que estamos, que "cerraduren" la cuenta cuando se cansen de ella, porque si se apertura, lo lógico sería que se cerradure, ¿no? Suena a disparate absoluto. Pues exactamente igual de disparate suena "aperturar" para cualquiera que tenga el oído entrenado y el complejo curado.
Abrir es claro, es limpio, es elegante en su sencillez. Es de las primeras palabras que aprende un niño y no necesita ningún maquillaje corporativo para cumplir su función a la perfección.
Así que la próxima vez que un venezolano se disponga a aperturar lo que sea, ojalá alguien le recuerde con cariño que esa cuenta, ese local y esa nevera se abren. Sin protocolo y sin complejos. Que ya bastante trabajo nos dio aprender a hablar cuando éramos niños como para andar complicándoselo a propósito.
PM Carney tells immigrants to leave behind the feuds of their homelands:
"We don't welcome the world's hatreds"
"When you come to Canada you bring your faith, your tradition, your language, your story - you leave behind your animosities"
Venezuela tiene la capacidad instalada para generar 36 GW, pero podría generar hasta 100 GW de energía.
Con esa cantidad de electricidad podríamos producir más de 5 millones de barriles de petróleo al día, habilitar industrias pesadas, crear hidrógeno verde, acero limpio, repatriar a millones de venezolanos a sus hogares, acabaríamos con los apagones y hasta alimentaríamos cómputo para IA y minería de Bitcoin.
Todo con recursos que ya están extraídos y que hoy se destruyen. El Ing. venezolano @morandavid lo explicó en detalle en el reciente Foro Analítica.
¡Esta es la propuesta detallada del Ing. David Morán!
El potencial de energías renovables de Venezuela equivale a 9 millones de barriles diarios de petróleo. El máximo consumo histórico del país, sumando todo, fue de 1,3 millones de barriles.
Por ende, el potencial renovable es 7 veces el máximo consumo que Venezuela ha tenido en toda su historia. Casi ningún país del mundo tiene esa relación.
Morán no habla de esto como un sueño lejano. Habla de recursos físicos que ya existen y que hoy se desperdician o se destruyen.
Su propuesta es convertir cada pasivo en un activo y se divide en "Nodos" de producción energética. Aquí está el mapa:
- Nodo 1. La Guajira y el ZUPI.
Vientos alisios de clase mundial. Irradiación solar que compite con el desierto de Atacama. Guatemala acaba de firmar PPAs solares por 400 MW solo para sus ingenios azucareros. Venezuela tiene las mismas condiciones y no tiene ninguno. Aquí van microredes agroindustriales: plantas lácteas, riego automatizado, cadenas de frío operando off-grid, inmunizadas contra los apagones del SEN.
- Nodo 2. Margarita y las zonas costeras.
Los habitantes de Margarita pagan varios dólares por 1.000 litros de agua en camiones cisterna. Con sol y viento disponibles todo el año, la desalinización solar es completamente viable. Una solución de bajo costo que resolvería el problema de agua de una isla entera sin depender de la red nacional.
- Nodo 3. Los Andes.
Riachuelos con potencial de 1 a 10 MW cada uno. Ingenios azucareros. Ganadería. Biomasa. Cogeneración agrícola distribuida que no requiere extender tendidos eléctricos a poblaciones de 4.000 personas donde nunca será rentable hacerlo.
- Nodo 4. El Oriente: el gas que se quema.
Venezuela ventea y quema el equivalente a 300.000 barriles de petróleo por día en gas asociado. Es una vergüenza ambiental y un activo industrial destruido diariamente. Ese gas alimenta turbinas modulares de 25 a 100 MW directamente en los campos petroleros de Monagas y Anzoátegui. Shell y Pepca ya firmaron un contrato para recuperar parte del venteo en el norte de Monagas. El modelo existe.
- Nodo 5. El Hub Atlántico: hidrógeno verde y materiales críticos.
El río Orinoco descarga 33.000 metros cúbicos de agua por segundo. Es el tercer río más caudaloso del planeta. A unos $50.000 dólares por m3 el valor equivalente de toda esa agua es de unos 4.320 millones de dólares por día.
Con paneles solares flotantes en los embalses y electrólisis a gran escala en la ribera norte del Orinoco, Venezuela puede producir hidrógeno verde y amoníaco verde para exportación.
El amoníaco es el vector más barato para transportar hidrógeno y además sirve para producir fertilizantes, un commodity crítico actualmente por el problema del Estrecho de Hormuz en Irán.
Y ahí no termina. Morán señala que Venezuela ya tiene extraída la materia prima para la transición energética global. Las almueras de los pozos petroleros contienen litio que puede extraerse con tecnología de Direct Lithium Extraction que ya se usa en Canadá.
Las montañas de coque de petróleo en el complejo José son grafeno sin procesar. Solo se necesita temperatura extrema para transformarlos, y eso lo puede proveer la solar térmica.
El acero de Sidor ya usa reducción directa con gas natural. Cambiando el reductante a hidrógeno verde, produce el acero más limpio del mundo. Los mercados globales pagan una prima por eso.
Y luego están los centros de datos sustentables.
Morán lo nombró explícitamente como uno de los tres grandes sectores de crecimiento del futuro energético de Venezuela, junto con los centros de datos en la nube y el hidrógeno verde. Su argumento: las empresas más grandes del planeta ya no son energéticas, son tecnológicas. Esta es una megatendencia de la actual década y tiene carácter de emergencia nacional en loa Estados Unidos.
En ese contexto, Morán entendió las propuestas que he realizado públicamente sobre la minería de Bitcoin co-localizada con las plantas del Bajo Caroní o con las turbinas de gas del Oriente.
Morán es de los primeros Ing. electricistas venezolanos de renombre en entender que esto no es una apuesta especulativa.
Los datacenters de Bitcoin son el comprador industrial más eficiente de energía varada que existe. Se encienden cuando hay exceso de generación y son el único tipo de centro de datos que puede apagarse en minutos cuando la demanda residencial sube. Además paga en dólares (en forma de Bitcoin que puede ser vendido por USDT, Bs, dólares, lo que sea).
Sumo un comodín a su propuesta: Si Venezuela privatiza su Sistema Eléctrico Nacional (SEN) y crea un mercado con precios nodales reales, @luxor podría integrar dichas señales del precio de la electricidad, y ayudar a los mineros del país a ajustar automáticamente el consumo de cada máquina minera en tiempo real cruzando el precio de lo que paga la red de Bitcoin (lo que ganan) con el precio de la energía cada 5 minutos (lo que cuesta) con un agente de IA que podemos instalar en cada granja de minería.
Exactamente como ya lo estamos haciendo hoy con algunos de nuestros clientes de mining, en el mercado eléctrico de Texas, ERCOT, donde el precio cambia cada cinco minutos y las flotas se optimizan solas.
Pero para que todo esto ocurra, hay una sola condición. Morán lo dijo sin rodeos: eliminar toda la legislación que frena la inversión privada. No regulación previa que ahogue la iniciativa. Abrir el campo, dejar que el capital fluya hacia donde sea más eficiente, y regular después para promover la competencia.
Eso significa derogar la LOSSE.
Crear un ISO independiente como el OPSIS que Venezuela tuvo hasta 2009 y destruyó.
Implementar precios nodales reales.
Publicar los datos del sistema en tiempo real para que pueda exista una API del SEN, como lo hacía la OPSIS hasta 2009, para que cualquier ingeniero venezolano o empresa extranjera pueda integrarlos, hacer pronósticos y automatizar decisiones industriales.
Venezuela no es un problema por resolver. Es la solución que la cadena de suministro global de energía limpia estaba esperando.
Generar más energia es una situación que debe ser tratada con carácter de emergencia nacional. Por ende, debemos conformar un Grupo de Emergencia Nacional para la Reconstrucción del SEN, integrado por los ingenieros electricistas más calificados del país. Lo cual incluye a David, el Ing. @josedeviana, mi ex profesora Aidalena Smith de la @Unimet, el prof. Nelson Rodríguez, el profe José Alonso de la UCV, el Ing. Arturo Arenas, entre otros.
Sin más electricidad no hay recuperación económica.
En esta publicación cubrí la propuesta de David específicamente, pero estaré publicando sobre las propuestas del resto. Con la finalidad de llegar a un consenso y presentar una propuesta conjunta para privatizar y reactivar el SEN.
Que Dios bendiga a Venezuela y a todos los venezolanos.
FIN. 🇻🇪⚡₿
El VIII Congreso Americano de Cunicultura se celebrará del 11 al 13 de noviembre de 2026 en Esquel, Chubut, Argentina, en conjunto con el 49° Congreso Argentino de Producción Animal (AAPA).