@IvanZeferin Mi querido profesor:
El estado pierde un Juzgador incólume, desafortunadamente la ciudadanía será quien resienta de manera directa el autoritarismo del poder, el mayor de los éxitos en lo futuro, que seguro estoy así será.
Abrazo con cariño, admiración y profundo respeto.
@gibran_zazueta@M_OlgaSCordero@_ElenaRios Y seguramente el poder judicial de la federacion, seguramente dictó un fallo protector, para que el poder judicial del fuero común hiciera bien su trabajo!
El verdadero punto de inicio en la pésima administración de justicia es de abajo para arriba, no al revés.
@JoseMarioMX Abogado buen día, me podrías compartir la sentencia? ( si se puede la demanda ), para saber en qué se basó la persona juzgadora, tengo serias dudas con relación a la procedencia de indemnización por daño punitivo,
Estoy haciendo una investigación de un asunto que se me está complicando mucho. Tengo muchas dudas.
Buscando en mis viejos archivos de cuando era proyectista y de criterios viejos que sostuve cuando era Juez en Tampico, me encontré un relato que escribí en los inicios de mi encargo y que compartí sólo con un pequeño número de amigos. Un relato sobre un día en la vida de un juez federal.
Se los comparto:
"...Tengo treinta y cuatro años, de los cuales, casi 16 han sido al servicio de México por conducto del Poder Judicial de la Federación. Casi 4 sólo como meritorio o practicante, cuando no estaba prohibido; y 12 como funcionario. 16 años que necesité para llegar a mi cargo como Juez Federal, después ser oficial administrativo y Secretario de Tribunal Colegiado, previos exámenes de aptitud y concurso de oposición entre más de mil sustentantes.
Me levanto a las seis de la mañana para hacer un poco de ejercicio para mantenerme sano en el encargo de mi profesión y en mi vida personal, pues en seis meses como Juez de Distrito, aumentaron no sólo mis tallas; sino mi colesterol y triglicéridos al nivel de una persona de más de 45 años. Muchas veces no me es posible siquiera despertar temprano, por el agotamiento físico y mental que, sin generalizar a quienes ejercen una función como la mía, me aqueja de vez en cuando.
Tras una sesión de ejercicio breve, regreso a casa, esperanzado en ver a mi hijo despierto. Durante mi carrera he sido testigo de muchas rupturas familiares por las dificultades que este trabajo implica; por el alejamiento de mis compañeros con su familia. Regreso apurado y de vez en cuando temo caer en esa problemática, desgraciadamente, tan común entre nosotros.
Con la más grande felicidad en mi vida saludo gustoso a mi hijo. Le ofrezco todo el cariño que puedo, porque sé que en pocos minutos debo retirarme, pues soy catedrático titular de una materia en el Curso Básico para Secretarios, que se imparte de ocho a diez de la mañana de lunes a viernes. No sé si lo veré en el día o hasta el siguiente. Eso me entristece, pero me obliga a ser más eficiente, sin descuidar el ejercicio de mi deber. Me dirijo al Instituto de la Judicatura Federal con la pasión y cariño que siempre le he tenido y comento con los alumnos, jóvenes brillantes entusiasmados con ingresar y pertenecer a la carrera judicial, la materia correspondiente. Esa carrera judicial de la que soy producto, junto con miles de Jueces y Magistrados.
Son las diez de la mañana.
Termina la clase y con mucha prisa me retiro al Juzgado de mi adscripción que es en materia mixta. Llego a las diez con veinte y advierto el cúmulo de acuerdo. Más de cien expedientes están ya en mi escritorio a esa, relativamente, temprana hora.
Comienzo por verificar las demandas que ingresaron y las propuestas de los Secretarios. Unas cuantas donde se reclaman las omisiones y dilaciones en que incurren las Juntas de Conciliación y Arbitraje. Otra más donde se reclama un auto de vinculación a proceso en un proceso penal sujeto a las reglas del nuevo sistema acusatorio y oral. Algunas en materias administrativa y fiscal, donde se reclaman aseguramientos de inmuebles, cobros de créditos fiscales, desposesiones arbitrarias de bienes muebles e inmuebles por parte de las autoridades, entre otros casos. Y las últimas, civiles y familiares, donde se involucran cuestiones sobre alimentos y convivencia de padres e hijos; así como indebidos emplazamientos a juicios concluidos y lanzamientos de familias de sus hogares, quienes alegan jamás haber sido escuchados.
En la mayoría de asuntos se solicitó la suspensión del acto reclamado, para levantar los aseguramientos, evitar el cobro de los créditos fiscales, impedir la ejecución de una regla de convivencia supuestamente lesiva para los menores, suspender una pensión alimenticia injusta o arbitraria, evitar que lancen a una familia de su hogar o que desposean a una persona injustamente de sus propiedades, etcétera. Cada caso implica hacer un análisis superficial sobre la posible inconstitucionalidad del acto reclamado y ponderar los intereses jurídicos involucrados; verificar si es posible paralizar los efectos nocivos de dicho acto e inclusive, de restituir provisionalmente a los quejosos en el goce del derecho probablemente violentado. Se trata de evitarles un daño, actuando de inmediato. Las demandas se recibieron un día antes por la tarde. Mi obligación es resolverlas hoy mismo. Cuento con unas cuantas horas para atenderlas todas y tomar mi decisión, fundada y motivada. Ese es mi deber como Juez Federal.
Apenas empieza el día.
Ya son las doce del mediodía.
Después de revisar las demandas, paso a las audiencias constitucionales e incidentales, pues es hora de resolver en definitiva los juicios de amparo relativos o sus incidentes de suspensión. Son más de veinte audiencias.
Tomo unos minutos para revisar mi celular; para saber cómo está mi familia. Suspiro profundamente deseando tener la oportunidad de verlos. Ello depende de las tareas del día; depende del cumplimiento efectivo de mi deber, pues nunca olvido que en esta función, me debo más que a nadie, a la sociedad. Al pueblo Mexicano que espera justicia pronta, expedita e imparcial.
Reanudo mi labor y recibo una llamada de mi secretaria particular. Vienen unas personas a hablar conmigo sobre un asunto. Recibo su alegato “de oreja”, en el cual me quieren convencer de darles la razón porque su contraparte intenta ofuscar mi percepción de los hechos. Porque es un maleante, mentiroso, delincuente, aprovechado. No atendieron ni siquiera el tema jurídico involucrado. Escucho con atención antes de intervenir.
Finalizan su crítica y les respondo: “Agradezco que acudan a comentarme su percepción del asunto. Sin embargo, debo aclararles que mi obligación y mi deber como Juez de Distrito, es resolver conforme a los hechos y circunstancias acreditados en el expediente y no con lo que se me expone de manera informal. Desde luego que, como servidor público, es mi deber escucharlos y atenderlos cuando lo requieran, mi puerta siempre está abierta.”
Pasó casi una hora.
Cuando se retiran reanudo mi revisión de audiencias.
La primera era un caso en materia penal. Un quejoso, ofendido en un expediente, pidió amparo para que no fuera citado ni confrontado con el probable responsable del delito, porque ello lo revictimizaría y afectaría su estado emocional y psicológico. La causa penal derivaba de un delito donde el probable responsable estaba sujeto a prisión preventiva; estaba en la cárcel. Me proponen conceder el amparo para evitar esa revictimización.
Inmediatamente me cuestiono: ¿Qué pasa entonces con el derecho del probable responsable de enfrentarse o carearse con quien lo acusa? En la propuesta de proyecto se asumían los argumentos de la revictimización; pero no se solucionaba el atorón procesal del juicio de origen.
Eran ya dos años de citas al ofendido y de su renuencia a acudir a carearse con el procesado. Dos años de prisión a quien solicitó al Juez precisamente confrontar a quien lo acusaba. Dos años de prisión de un no culpable, bajo el principio de presunción de inocencia. Llamo al secretario y le pido reestructurar el proyecto. Debíamos ponderar el derecho del ofendido a no ser revictimizado y el del probable responsable al debido proceso; y la solución, a mi criterio, era otra más equilibrada en función de los intereses en conflicto, permitiendo que fluyera el proceso sin limitar ni restringir los derechos de ninguno de los involucrados.
Tras más de diez proyectos igualmente interesantes, paso a las suspensiones de los actos reclamados. En la primera, un ciudadano pedía paralizar la construcción de una obra pública porque, en su concepto, se afectaría el medio ambiente. Argumentaba potenciales daños a inmuebles, pérdida de negocios por los cierres existentes, tala de árboles, etcétera. La propuesta era negar la suspensión. Ahora me tocaba ponderar qué estaba más arriba o era más valioso: si el interés particular de un ciudadano que consideraba nociva la obra para él y la sociedad; o el interés público que toda obra pública, bajo las directrices que para ellas establece la Constitución en su régimen específico y las leyes que corresponden, representa; pues por su naturaleza de “pública”, precisamente lleva a sufragar alguna necesidad que es, precisamente, de orden público. Llamé al secretario y tras una breve charla, reestructuramos la suspensión con un enfoque más exhaustivo y complejo. Restan muchas más suspensiones que revisar.
Es la una de la tarde pasada.
Nos encontramos desahogando una prueba testimonial y surge una acalorada discusión con los abogados. Cuando se formula una repregunta existe oposición del abogado contrario e intervengo. Les explico que conforme a la legislación aplicable la calificación me corresponde como Juez, pero que en aras de una más adecuada solución al problema me limitaría a escuchar la postura de ambos y a tomar mi decisión que, precisamente conforme a la ley, es irrecurrible. Los escucho y califico de legal la pregunta. Continuamos.
Ya son las dos de la tarde.
Empiezo a preocuparme porque no he desahogado las cuestiones de trámite, en cuanto a los juicios de amparo. Aún falta revisar los acuerdos de la mesa civil y de la mesa penal.
Enseguida solicita audiencia un abogado. Me expone que ha promovido muchos juicios de amparo y que siempre, o lo desechamos o le negamos la suspensión del acto reclamado. Pido los expedientes, los reviso con él presente y le explico que todos se promueven por el mismo quejoso, quien se ostenta tercero extraño a un juicio donde se pretende lanzar de un inmueble a la parte demandada en ejecución de sentencia; y que no ofreció ninguna prueba, en ninguno de esos casos, para demostrar que tenía derecho a poseer el inmueble o a ser llamado en el juicio. Además, le comento que en esos términos se fundó y motivó la decisión, pues en unos no acreditó su interés jurídico y en otros, el suspensional. Que se explicó claramente mi decisión y que tiene a su alcance, si estima que incurrí en un error, los recursos que la Ley de Amparo prevé. Se molesta y me afirma que “la traigo en su contra”; le explico que mi deber como Juez Federal es ser objetivo e imparcial y que únicamente atiendo a lo expuesto y demostrado en el expediente; y que dicto la solución jurídica al problema que estimo pertinente. Me afirma que irá al Consejo de la Judicatura Federal a denunciarme por corrupto y por desconocerle sus derechos; le reitero que está en todo su derecho de hacerlo.
Se retira y suspiro profundamente para tranquilizar mi ánimo. Es algo común, en un día como Juez Federal. Cada asunto implica un vencedor y un perdedor. Para el vencedor soy el mejor Juez del mundo; para el perdedor, un corrupto e ignorante.
Inmediatamente después, celebramos una audiencia de modificación de medida cautelar, en una causa seguida bajo el sistema penal tradicional o escrito. Este incidente tiene como fin que yo, como Juez de la causa, analice si existe algún cambio en la situación del procesado que amerite modificar esa prisión preventiva por otra medida menos lesiva, como una fianza u obligarlo a firmar determinadas veces en el Juzgado, para evitar su sustracción o evasión del proceso sin privarlo de su libertad. La familia del procesado me pide audiencia. Los recibo y me plantean sus inquietudes; lloran y desahogan su frustración por el problema tan grave que les aqueja. Son la madre, esposa e hijos de esa persona. Les digo que con la mayor brevedad posible voy a resolver ese asunto por su naturaleza. Entiendo que su familiar, que tiene varios años en prisión preventiva, pudiera recobrar su libertad. Entiendo sus expectativas para que yo haga un buen trabajo, un trabajo justo, pero que ellos sólo lo esperan traducido en una libertad y no de otro modo. Más de una vez he llegado a las lágrimas cuando salen de mi oficina esas personas, esperanzadas en un aparato de justicia eficiente y justo, valga la redundancia. En la mayoría de los casos he negado esas solicitudes, ya veremos ésta. Hago abstracción de mis sentimientos y sigo trabajando.
Tres de la tarde.
Caliento mi comida y hago un espacio en una mesa, al lado de mi escritorio. Hoy no puedo dejar de trabajar para comer, si quiero ver a mi familia, aunque sea un momento. Como, leo y firmo los acuerdos. Me muevo de lugar cada dos o tres minutos para dar un bocado sin entorpecer mi trabajo (ni manchar los expedientes). Para no entorpecer el cumplimiento de mi deber como Juez Federal.
Seis de la tarde.
Ya revisé más de cien expedientes con los escritos del día y sus propuestas de acuerdo. Recibo ahora al personal del Juzgado con sus dudas y consultas sobre las sentencias, audiencias y acuerdos que me pasarán mañana. Ya preveo que será un día muy difícil.
Estamos a mitad de mes y reviso mi estadística. Han ingresado al Juzgado más asuntos de los que han egresado; lo platico con el personal y les pido hagan un esfuerzo, que cuentan con mi apoyo. Sé que trabajaré los fines de semana, como casi siempre; y que ese personal estará ahí, dando su mayor esfuerzo como lo han hecho. Ellos tampoco tienen horario y también sacrifican a su familia. Trabajaremos en casa, inclusive hasta la madrugada por las guardias y para recibir asuntos urgentes. El cumplimiento de nuestro deber no tiene horario.
Son las ocho de la noche.
Mi escritorio está inundado de acuerdo relativo a los juicios civiles y mercantiles federales y causas penales. Sé que trabajaré algunas horas más; que no veré a mi familia de nuevo. Un día más en el que no estaré presente cuando mi bebé aprenda cosas nuevas o descubra más del mundo que le espera.
Casi a las diez, previas pláticas con mi Secretario, resuelvo fundado el incidente de modificación de medida cautelar. El reo en comento recobrará su libertad porque a mi criterio, con las pruebas ofrecidas, acreditó los extremos necesarios para reconsiderar la medida cautelar que le fue impuesta. Ahora estará junto a su familia y tendrá que venir a reportarse varias veces al mes para asegurarnos de su presencia en el proceso. Me parece lo más justo y apegado a derecho. Su defensora (pública) hizo un trabajo exhaustivo al darme todos los elementos probatorios necesarios para asegurarnos precisamente, de que el reo no se evadirá y de que tiene arraigo familiar, patrimonial, educativo y profesional con el lugar donde se lleva el proceso; es decir, en la zona donde se encuentra este Juzgado. Esa defensora que, por cierto, también trabaja horarios extremos y que está en su puesto porque, como mis compañeros actuarios y secretarios, pasó los exámenes necesarios y cumplió los requisitos de ley.
Es media noche y sólo me acompaña la enorme soledad de mi función. Al final de cuentas, quien asumirá la responsabilidad de mis decisiones, congruentemente, soy yo. Y nadie más.
Un asunto me absorbió más tiempo de lo deseado por su laboriosidad. Un juicio de naturaleza civil donde se lucha por la propiedad de algunos predios enormes, ya urbanizados, donde participan entidades públicas como privadas. Un juicio que tardó casi ocho años en integrarse. Ahora me corresponde dictar la sentencia; para lo cual estudiaré documentos por un total de más de cinco mil páginas.
Finalmente acabo mis labores. Ya es la una de la mañana y me siento agotado física y mentalmente. Mientras me dirijo en coche a mi hogar, pienso que dormiré menos de cinco horas; y ello, dependiendo de cuánto me tarde en conciliar el sueño.
Ya en casa todos duermen. Lamento mucho no haber visto a mi hijo y a mi esposa y me pregunto qué hicieron durante el día. Suspiro profundamente.
Antes de dormir, reviso las noticias. Veo que continúan las propuestas legislativas hacia el Poder Judicial basadas en afirmaciones de corrupción, abuso y excesos de Jueces y Magistrados. Me preocupa la situación y sólo espero un sano diálogo en el Congreso de la Unión acerca de las necesidades que afronta el País y de las modificaciones al Poder Judicial de la Federación. Un diálogo basado en apreciaciones racionales y objetivas.
Ya listo para descansar, recuerdo las palabras de un Magistrado Federal que fue mi guía y mentor durante toda mi formación profesional. Esas palabras con las que en mis veintes, incrustó en mí la idea de que en el Poder Judicial de la Federación no existe mayor satisfacción, que el sentimiento del deber cumplido.
No me importa que mis propios familiares se cuestionen si es justo mi salario. No me importa si por el simple hecho de que tengo a otros –familiares-, quienes con base a exámenes y concursos en otros Estados en que jamás he residido y donde no tengo amigos o conocidos, se han ganado por su propio mérito un lugar en la carrera judicial, me califiquen de corrupto porque soy parte de una "red de nepotismo". No me importa que algunas personas descalifiquen mi rectitud moral y mi capacidad jurídica sólo porque no obtuvieron sentencia favorable (sin cuestionarme, claro, cuando obtienen lo que piden). No me importa que me exhiban públicamente, como ha pasado, en medios de comunicación. No me importa que un grupo de legisladores, con base en afirmaciones genéricas, quieran reducir nuestro salario, quitarnos prestaciones y someternos a exámenes patrimoniales (que ya existen), de entorno social (sea lo que sea a lo que se refieran), psicométricos, psicológicos, poligráficos y toxicológicos.
No me importa porque a fin de cuentas puedo dormir tranquilo, pues dentro de mis capacidades, calificadas ya por mi carrera judicial y mediante un extenuante concurso de oposición, que duró tres meses, hago lo mejor que puedo e invierto todo el tiempo necesario. Todos los días me queda la satisfacción de haber cumplido con mi deber como un Juez Federal y pienso en todos mis compañeros que viven una situación similar. Pienso más en quienes, por el lugar donde están, reciben hasta el doble de trabajo que yo. El Juzgado donde estoy tiene una carga de trabajo promedio, con alrededor de 1600 amparos anuales, más unos 100 juicios federales y las casi 200 causas penales que quedan; ni es el más liviano, ni es el más cargado. Estamos en medio.
Y mientras sea posible, como ya mis compañeros se han manifestado, seguiré cumpliendo mi deber, porque es la forma en que, como un Juez Federal, pienso que debo comportarme frente a la sociedad, a la que reitero, es a la que me debo como tal. Además, ese es el ejemplo que quiero que tenga mi hijo; el de afrontar las dificultades de la vida con esfuerzo y dedicación.
Termino así mi día. Un día en la vida de un Juez Federal.
Miguel Ángel Luna Gracia."
@velasco_queta @EFFJ_Mx Desafortunadamente si uno no pertenece a OJ no existe manera de inscribirse, efectivamente es discriminación, afortunados quienes puedan formar parte del curso, mejor aún si incluye sorpresa para el cierre infiero sera formidable.
@gibran_zazueta Lamentable que en nuestro máximo tribunal se encuentren personas intérpretes letristas de la ley suprema, excelente exposición y desentrañamiento dogmático de ambos dispositivos.
@Angela_FriasA@FiscaliaEdomex Audiencia de tutela de derechos con solicitud de vista al fiscal general, de otra no entienden, “es deje la carga de trabajo”
Jajaja
@EFFJ_Mx @defensoriaifdp Si no dan acceso al público en general, no tiene caso enviar sus convocatorias a personas litigantes de corte privada.
DISCRIMINACIÓN PURA!!!