Hablar de “imperialismo yanqui” frente a Venezuela, como hace Myriam Bregman, no es análisis geopolítico: es repetir un eslogan congelado en la Guerra Fría, completamente desconectado de la realidad del siglo XXI y, peor aún, funcional a una de las dictaduras más brutales de América Latina.
Venezuela no es hoy un país “agredido”. Es un país secuestrado por un régimen autoritario que destruyó su economía, anuló la división de poderes, persiguió a la oposición, cerró medios, encarceló disidentes y empujó al exilio a más de 7 millones de personas, la mayor crisis migratoria de la región en tiempos de paz. Nada de eso fue causado por Estados Unidos. Fue causado por el chavismo.
Reducir ese desastre a una supuesta agresión externa es negar la agencia del propio régimen venezolano. Es borrar deliberadamente el colapso productivo, la corrupción estructural de PDVSA, la hiperinflación inducida por emisión descontrolada, el control de precios, el saqueo del Estado y el uso del hambre como herramienta política. No hay bloqueo que explique que un país con las mayores reservas de petróleo del mundo no pueda garantizar agua, luz ni alimentos.
Desde el punto de vista geopolítico, además, el relato “antiimperialista” de Bregman es selectivo y profundamente hipócrita.
No condena la presencia rusa, iraní y china en Venezuela. No dice una palabra sobre el uso del territorio venezolano como plataforma de inteligencia extranjera. No cuestiona la militarización interna ni la alianza con regímenes que violan sistemáticamente los derechos humanos. Para ese relato, el problema nunca es el autoritarismo: el problema es siempre Occidente.
Eso no es soberanía. Eso es alineamiento acrítico con dictaduras, disfrazado de épica progresista.
En el mundo real, las relaciones internacionales no se analizan con consignas, sino con hechos. Y el hecho es que Venezuela dejó de ser una democracia mucho antes de cualquier sanción relevante, y que las sanciones fueron consecuencia del quiebre institucional, no su causa. Países que no violan derechos humanos ni desconocen elecciones no enfrentan ese tipo de aislamiento.
La izquierda que representa Bregman tampoco ofrece una salida. Solo propone “movilización antiimperialista”, una fórmula vacía que no explica cómo reconstruir instituciones, atraer inversión, recuperar moneda, generar empleo ni garantizar libertades. Es una narrativa cómoda desde Buenos Aires, pero completamente ajena al drama real de los venezolanos que huyen del régimen que ella, explícita o implícitamente, termina defendiendo.
La verdadera postura progresista no es justificar dictaduras en nombre de viejos enemigos.
La verdadera postura democrática es defender a los pueblos frente a los Estados que los oprimen, incluso cuando esos Estados se autodenominan “antiimperialistas”.
Negar eso no es militancia internacionalista.
Es cinismo ideológico.