Un dolor punzante atravesó su entrepierna. No se esperaba que la chica le arreara semejante patada. Cayó de rodillas, con las manos en la zona afectada.
—¡¿Pero qué...?! —exclamó—. Rata de dos patas... qué maldita cobarde...
—Estoy lo que se dice aburrido, Otoya. —Suspiró—. Aquí no hay mucha marcha, ¿sabes? Ya podría haber un barrio chungo para que pudiera zurrar a un par de maleantes.
—En la onda, sí. ¡Espabila! —¿Pero llevaba toda su vida viviendo debajo de una piedra?—. Pues ni puñetera idea. Un mes, a lo sumo. Si todavía puedes, pírate de este pueblo. Es raro de pelotas.
—Y tú Otoya, ¿verdad? —Qué raro. Ya le había pasado un par de veces lo de reconocer a alguien pero no saber por qué. Se lo consultaría a Botan o a Kurama cuando los viera...
—Bueno, empecé robándoselos a mi vieja, pero nunca me dijo nada, la muy borracha. —Sonrió recordando a su madre. Algún día tendría que llamarla por teléfono—. ¡Ya decía yo! Se nota que somos la mejor generación de largo.
—¿Pero que me vas a hacer? Si tienes media patada. —Le revolvió el pelo a Alois. A continuación, puso un tono infantil y le dijo:— Pobrecito... ea ea ea. Ya pasó.