When you eat Mexican food, your brain releases endorphins and dopamine. Capsaicin, the compound in chili peppers, binds to pain receptors in your mouth. Your brain reads this as a threat and counters with feel-good chemicals. The burn in a good salsa triggers the same pathway as a runner's high.
This is all happening on top of a food tradition more than 3,000 years in the making. The tortilla in a chicharron taco exists because of nixtamalization, a process Mesoamerican cooks developed roughly 3,200 years ago. Corn kernels are soaked in lime water, which releases niacin, a B vitamin that corn otherwise locks away in an indigestible form. Without this step, corn-heavy diets cause pellagra, a B-vitamin deficiency that killed around 7,000 Americans per year at its peak in the early 20th century. Southern sharecroppers were eating corn without the process Mexico had preserved for three millennia.
In 2010, the UN added Mexican cuisine to its Intangible Cultural Heritage list, the first year any national food culture had ever qualified. The application covered seed preservation, farming customs, ritual preparation, and thousands of years of cooking knowledge passed through communities.
The diversity inside that designation is hard to picture. Mexico has 59 varieties of heirloom corn, more than 60 distinct chili pepper types, and 32 states with cuisines different enough that Oaxacan mole negro (a dark sauce from dried chili and chocolate) and Yucatecan cochinita pibil (slow-roasted pork in a smoky red spice paste) share almost no ingredients. Oaxaca alone has more than 20 types of mole. Mole poblano uses more than 20 ingredients, including several chili varieties, dark chocolate, and cinnamon, in a single sauce.
Chicharron fires three systems at once. Fat carries flavor deep into the palate. The crunch comes from pork skin dried, then dropped in 375-degree oil. The trapped moisture turns to steam, puffs the skin, and produces thousands of flavor compounds through the same browning chemistry that makes coffee and seared meat smell incredible. Then the salsa lands capsaicin on top of everything and the dopamine kicks in.
The "best food ever" reaction has a chemical basis. You are tasting dopamine from capsaicin, browning chemistry from pork fat at high heat, and a tortilla built on a process 3,200 years old. These flavors were engineered to do exactly this.
No quiero ser pesado, peeeeeeero... este artículo describe el primer caso en el que un humano vivo fue conectado a un hígado de cerdo modificado genéticamente fuera de su cuerpo para filtrar su sangre, permitiéndole sobrevivir hasta recibir un trasplante humano...
Este procedimiento, llamado "extracorporeal perfusion xenotransplantation", es posible gracias a avances técnicos clave como la ingeniería genética en animales (que reduce el rechazo inmunológico)...
La pregunta aquí es, que compañía será la NVIDIA de la genética? O no habrá solo una y habrá muchas?
¿Qué libros creéis que son fundamentales para comprender mejor el mundo? Hablo de política, economía, ciencia, historia, filosofía… Principalmente no ficción, pero también ficción.
Médicos entre el lujo y la asfixia @TheEconomist
En la vasta ecología humana contemporánea ―esa que avanza entre bytes, bisturíes y burocracias― los médicos ocupan un nicho paradójico. En Estados Unidos, aparecen como organismos privilegiados: pululan en el estrato más alto de la pirámide de ingresos, viven rodeados de tecnologías brillantes y consultorios que parecen cápsulas espaciales. Y aun así, muchos de ellos se encuentran al borde de la autointoxicación emocional, como si respiraran un aire saturado de estrés y desilusión.
Es un fenómeno digno de estudio evolutivo: profesionales adaptados para salvar vidas, pero poco preparados para sobrevivir a su propio sistema.
La nota de The Economist lo dijo sin rodeos: los médicos estadounidenses son ricos… y profundamente miserables. La paradoja recuerda a esas especies que, después de alcanzar su nicho ecológico ideal, mueren por la presión interna de sus propios mecanismos biológicos. La remuneración es alta, sí, pero viene acompañada de jornadas interminables, un ecosistema regulatorio sofocante y un laberinto administrativo que compite en densidad con el ADN empaquetado en un cromosoma humano.
No es que los médicos estadounidenses ganen bien: es que ganan muy bien. Pero sus días son una cadena interminable de microagonías burocráticas, una coreografía de seguros, autorizaciones, demandas potenciales y métricas de eficiencia que reducen la empatía a un código CPT.
Es como si hubieran cruzado de golpe el umbral entre la medicina y la mecanización: curan, pero no necesariamente viven.
Si cruzamos la frontera hacia México y América Latina, la narrativa no es menos compleja, pero sí más brutal. Aquí nuestros médicos no enfrentan el vértigo de la abundancia, sino la crudeza de la supervivencia.
En México, un médico general gana menos que un auto seminuevo al mes. Menos que un teléfono de gama alta. Menos, incluso, que el sueldo de algunas profesiones con menor formación académica.
La evolución cultural no ha sido amable con ellos: han quedado atrapados en un ecosistema donde la vocación es su único combustible y donde el Estado, cual depredador simpático, los mantiene con tabuladores congelados y contratos temporales.
Aquí no existe la paradoja del médico rico y miserable. Aquí es más bien una ecuación darwiniana simple:
médicos pobres + jornadas extensas + violencia en hospitales + incertidumbre laboral = una especie en riesgo funcional.
Durante décadas se nos vendió la imagen del médico como una figura casi sacerdotal. En Latinoamérica, la bata blanca era un símbolo de estatus, ascenso social y estabilidad. Pero ese prestigio cultural ha sufrido un proceso de erosión, como una roca sedimentaria golpeada por olas incesantes.
Hoy, en muchos hospitales rurales y urbanos, el médico es simultáneamente héroe, terapeuta, burócrata, psicólogo, administrador… y blanco de frustraciones sociales.
Si observáramos a los médicos como si fueran una especie más en un experimento evolutivo, el diagnóstico sería claro:
Estrés crónico, equivalente a una inflamación sistémica.
Burnout, semejante a un síndrome de desgaste neural.
Desesperanza, ese neurotransmisor negativo que baja el umbral de tolerancia al absurdo.
Fuga de talento, comparable a una migración masiva por pérdida de hábitat.
Estados Unidos tiene médicos que ganan demasiado para lo poco que viven. México tiene médicos que viven demasiado para lo poco que ganan.
Ambos están atrapados en la misma paradoja biomédica: cuidan cuerpos, pero nadie cuida el suyo.
¿Qué sigue? Una evolución o una extinción
Si queremos que la profesión médica sobreviva con dignidad en América Latina, habrá que reconfigurar por completo su entorno ecológico.
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Igual lo digo porque estoy en caliente pero esta ha sido una de las mejores primeras partes que he visto en los años que llevo viendo este deporte. Partidazo de ambos equipos con una intensidad altísima. Ni me he movido del sofá y estoy cansado viendo este partido.
#HurricaneHelene damaged the factory responsible for manufacturing over 60% of all IV fluids used in the US, leading to a major national shortage.
As clinicians what can we do to about the #IVFluidShortage and how can we prevent this crisis from happening again?
A thread 🧵
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