No estoy diciendo que el médico tenga que hacer magia.
No puede sacar un ultrasonido de la bolsa de la bata.
Pero sí puede y debe dejar rastro:
solicitarlo, reportarlo, documentarlo, escalarlo, pedir apoyo, justificar la urgencia y dejar constancia de las alternativas consideradas.
Hay médicos increíbles y que no tienen cuentas grandes de redes sociales.
Hay médicos buenisimos que no saben editar un reel, no tienen tiempo para publicar, no les gusta exponerse, trabajan en hospitales saturados, priorizan consulta, investigación, vida personal, etc.
Un buen médico no necesariamente es un buen divulgador y viceversa.
En mi opinión, el número de followers no debería ser importante para decidirte por un médico.
Lo que debería ser la colaboración científica
En una época donde la inteligencia artificial puede escribir artículos, los telescopios ven el universo temprano y los laboratorios producen órganos en miniatura, la ciencia enfrenta un dilema silencioso: ha olvidado cómo colaborar.
Durante décadas, la colaboración científica fue sinónimo de intercambio intelectual: ideas que cruzaban fronteras, debates apasionados en pasillos de congresos, cartas entre mentes que discrepaban con elegancia. Hoy, sin embargo, la colaboración se ha burocratizado. Los correos rebotan entre comités, los nombres se inflan en los encabezados y las métricas reemplazan al asombro.
La colaboración verdadera no consiste en sumar afiliaciones ni en firmar un paper conjunto. Es un acto de confianza. Implica vulnerabilidad: mostrar datos imperfectos, admitir dudas, compartir fracasos. Significa reconocer que el conocimiento avanza no cuando alguien gana, sino cuando todos entienden un poco más.
Las mejores alianzas científicas nacen de la fricción. De un físico que discute con un biólogo molecular, de un médico que escucha a un ingeniero, de una bióloga que se sienta con un matemático. No se trata de uniformidad, sino de diversidad intelectual; de la mezcla que genera las chispas que iluminan descubrimientos.
En tiempos donde los incentivos académicos promueven la competencia y la autoría fragmentada, colaborar es un acto casi subversivo. Requiere resistir la tentación del crédito y recuperar la curiosidad compartida.
La ciencia necesita volver a ser conversación, no carrera. Necesita menos protocolos y más preguntas. Porque al final, el progreso no se mide en publicaciones ni en patentes, sino en la capacidad de mirar juntos lo desconocido y decir, con humildad: todavía no lo sabemos, pero busquémoslo juntos.
Soy parte de una generación que se formó creyendo en la promesa de que la ciencia mexicana podía ser motor de cambio. Estudiamos, publicamos, competimos, nos doctoramos aquí o en el extranjero, convencidos de que al volver encontraríamos un espacio donde nuestras ideas tendrían sentido. Pero el 2025 nos enfrenta con una realidad menos romántica: la academia nacional parece diseñada para conservar, no para transformar.
No es que falte talento; lo hay, y en abundancia. Lo que falta es un ecosistema que lo aproveche. Los concursos de plazas suelen estar escritos para candidatos predeterminados. La evaluación, más que medir la relevancia social de la investigación, premia la obediencia a indicadores que poco dicen de los problemas del país. Y cuando alguien intenta pensar fuera de esos márgenes, se le recuerda rápidamente que el sistema no tolera la disidencia.
Al mismo tiempo, seguimos atrapados en la fascinación con lo extranjero. Muchos de mis colegas viven con la ansiedad de acumular publicaciones en revistas que tal vez nunca leerá un estudiante mexicano. El reconocimiento parece venir siempre de afuera, como si aquí no existiera un público capaz de valorar o cuestionar lo que hacemos. Así, la ciencia mexicana corre el riesgo de convertirse en un reflejo tenue de agendas ajenas, antes que en un espacio creativo capaz de responder a nuestros propios retos.
Lo más frustrante es la distancia entre la ciencia y la vida cotidiana. En las aulas enseñamos a las y los estudiantes sobre biología molecular, sobre física de materiales o sobre neurociencia, mientras afuera la población enfrenta sistemas de salud saturados, carencia de medicamentos y una economía que apenas logra sostenerse. Producimos artículos con temas de frontera, pero seguimos sin resolver cuestiones tan elementales como el acceso equitativo a la educación científica.
Sin embargo, no todo es derrota. Veo brotes de cambio en colectivos de jóvenes investigadores que deciden construir redes propias, en laboratorios que trabajan con comunidades rurales para desarrollar soluciones locales, en académicos que se atreven a hablar con voz crítica frente a la complacencia institucional. Esa es la ciencia que me hace permanecer aquí: una ciencia que se piensa desde México, con conciencia de sus desigualdades y potencialidades.
En este 2025, la pregunta no es si tenemos científicos capaces —porque los hay—, sino si tenemos la valentía de transformar el sistema que los contiene. La autonomía universitaria, en lugar de ser refugio de camarillas, debe ser garantía de libertad intelectual y responsabilidad social. Y la evaluación académica debe dejar de ser un ritual vacío para convertirse en un proceso que premie la creatividad, la honestidad y el impacto real en la sociedad.
Como joven investigador, no tan joven, no espero milagros, pero sí exijo coherencia: que la ciencia mexicana deje de simular modernidad y asuma, por fin, el reto de pensarse y construirse a sí misma. Porque de lo contrario, nuestra generación no solo heredará problemas, sino también el desencanto de haber creído en una promesa que nunca se cumplió.
Publicar un artículo científico en México es, ante todo, un acto de rebeldía.
Rebeldía contra la precariedad, contra la burocracia, contra la idea ingenua de que la ciencia sólo florece en condiciones ideales. Cada artículo que logra ver la luz aquí es testimonio de una obstinación: seguir adelante a pesar de los límites, de los retrasos, de la escasez.
Un artículo científico nunca es perfecto, y en nuestro contexto esa imperfección es inevitable. No porque falte disciplina o rigor, sino porque se trabaja con presupuestos que apenas alcanzan para lo básico.
Los estudiantes aprenden a dosificar reactivos como si fueran oro, midiendo gota por gota para que alcance hasta el final del semestre. Los investigadores dedican más horas a llenar formularios, solicitar permisos y justificar gastos que a diseñar experimentos. Y los laboratorios funcionan con equipos tan viejos que, en otro país, ya estarían guardados en una vitrina de museo. Bajo esas circunstancias, lo sorprendente no es la imperfección de nuestros artículos, sino que existan.
Y, sin embargo, el sistema sigue demandando excelencia absoluta: inglés impecable, gráficos que compitan con los de los laboratorios más ricos del planeta, métricas internacionales que rara vez reconocen el peso de nuestras limitaciones. Se nos pide perfección con recursos mínimos, como si la creatividad y la vocación pudieran sustituir la infraestructura.
Pero la ciencia nunca ha sido un monumento acabado; es un proceso que se construye con aportaciones parciales, provisionales, siempre abiertas a la corrección. En México, esa provisionalidad se vuelve virtud: publicar es dejar constancia de que seguimos empujando el conocimiento un poco más allá, aunque las condiciones digan lo contrario.
Así, cada artículo no es sólo un resultado académico: es una declaración de resistencia. Y quizá ahí radique su verdadero valor, no en ser perfecto, sino en existir a pesar de todo.
¿Alguien interesado en mi cuenta? , Miles de intentos por tratar de entrar .... les interesa @alexrend contáctame mejor ..y deja de bloquearme por multiples intentos fallidos .
26 May at 14:00 CEST: Safety culture in the ED.
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Se supone que las barras de error expresan la incertidumbre en un gráfico, pero las de este documento eran letras T ¡pegadas para apariencia!
Se publicó en Advances in Materials Science and Engineering.
Ya la retiraron los editores 😰
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...Los hospitales deberían tener el grado de innovación de Apple, el compromiso de seguridad como la NASA y el servicio al cliente como Ritz Carlton ..... tomado de : https://t.co/Wh7BUFSoA4